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Caza recompensas. Es la propuesta del senador Alberto Espina (RN) para La Araucanía. Así lo reconoció al presentar un proyecto de Ley que busca dar incentivos económicos a quienes entreguen información para ayudar a resolver delitos al sur del Biobío. “Serán bienvenidos”, subrayó respecto de los Django chilenos. “Me parece estupendo que haya gente que se dedique a colaborar con la justicia (…) acá lo que se quiere es pillar a quienes cometen delitos y si el Estado cuenta con recursos, bienvenido sea”, agregó, muy serio.

Los caza recompensas fueron el camino que transitó el Estado chileno paralelo a la “Pacificación” de la Araucanía. Se llamaban Los Trizano, por el apellido de su jefe, Hernán Trizano Avezzano, y eran policías rurales que, Winchester en mano, perseguían bandoleros y mapuches en los no tan pacificados campos del sur. Compuesto por mercenarios de diversa calaña, entre aventureros buscavidas y veteranos de la Guerra del Pacífico, sus tropelías pasaron a ser leyenda. Durante más de una década asolaron el sur.

Sus fusilamientos legales se sucedieron a un ritmo de 50 personas al año, consignan los historiadores. Mapuches, sobre todo, los fusilados. Jorge Pinto, Premio Nacional de Historia 2012, se refiere en uno de sus libros a Los Trizano como “seres andrajosos, sin uniforme, solamente reconocibles por su aire insolente y un quepis blanco, azul, rojo o negro… cuando uno se retrasaba en la noche al volver a su casa, debía preparar el revólver y cambiar de acera cuando divisaba a uno de ellos”. Flor de ciudadanos.

Pero no seamos tan duros. Lo importante, como bien apunta el senador, es que haya gente que se dedique a colaborar con la justicia. Como Julius Popper en Magallanes, otro contemporáneo de Los Trizano. Ingeniero rumano, explorador y buscador de oro, uno de sus pasatiempos favoritos era colaborar con la justicia. Y lo hizo literalmente “cazando” indígenas selknam para tranquilidad de los colonos y de las ovejas de los estancieros ingleses en Patagonia. Se desconoce la cantidad de selknam que asesinó en sus expediciones, pero las pruebas de su participación son concluyentes.

Y es que a Popper también le gustaba la fotografía. Y fotografiarse cazando. En una de ellas aparece un selknam herido en el suelo, con su arco en una mano, y detrás Popper y sus hombres apuntando con sus fusiles a otros indígenas que huyen por la pampa. Popper mismo, en 1887, mostró la foto en una exposición en el Instituto Geográfico Militar de Buenos Aires, orgulloso. Otras del mismo tenor fueron regaladas por Popper al presidente argentino de entonces, Miguel Juárez Celman. Hoy dicha colección se encuentra disponible en el Museo del Fin del Mundo en Ushuaia. Miles de turistas se maravillan allí con los servicios de Popper a la pacificación austral. Él y muchos otros, habría que precisar. Y es que Popper ante todo era un emprendedor. Y un motivador nato. Transformó su hobby en un próspero negocio. Ocho libras llegó a pagar el Museo Antropológico de Londres por cada cráneo de indígena asesinado. Una libra, en tanto, pagaban las estancias ganaderas. A estos últimos les bastaba con las orejas.

Trizano y Popper. Dos servidores públicos, qué duda cabe. Colaboradores de la justicia, como Batman o Capitán América. ¿Cuántos seguidores tendrían en La Araucanía de aprobarse el proyecto del senador Espina? “Estas normas existen en mucho países del mundo y creo que es legítimo, justo y necesario que cuando se comete un delito y resulte difícil obtener información del autor, que se establezcan estos estímulos económicos”, explicó Espina hace poco.

Razón tiene el parlamentario por Malleco: estas normas existen. En Birmania, me cuenta un amigo politólogo, hasta 1.000 dólares paga el régimen militar por información que lleve a la captura de delincuentes prófugos. Si además de delincuentes resultan casualmente ser opositores al gobierno, mucho mejor: la recompensa aumenta al doble. Estados Unidos, que aplicó el mismo incentivo económico en su avance hacia el Lejano Oeste, lo sigue haciendo en Medio Oriente. Veinticinco millones de dólares ofreció por la cabeza de Saddam Hussein. Otro tanto por la de Osama Bin Laden, su lugarteniente, y así hasta llegar al encargado de repartir los sándwiches en Al Qaeda. El sistema, obviamente, generó todo un mercado de trabajo para mercenarios, paramilitares y sicarios provenientes de todo el planeta. Hasta chilenos, ex miembros del Ejército, acudieron al llamado internacional del “Se Busca” de los gringos. ¿Cuántos de ellos cruzarán a futuro las aguas del río Biobío?