Escuché de un conocido arquitecto residente en París, de paso en Chile, decir que asistió a una conferencia de un sociólogo coterráneo en una exigente universidad gala. El motivo de la ponencia: un homenaje (otro más) a Pablo Neruda.

Nuestro sociólogo en cuestión, no quiso hacer la más mínima alusión al vate local laureado por un Nobel. Su estrategia ocupó otro carril: hablar de los defectos y las virtudes de nuestro país.

¿Los defectos? Los de siempre: malos para el deporte en general, torpes bailarines, opacos en el vestir, todo esto complementado por una identidad fundada en un himno patrio sobrevalorado, un escudo compuesto por un cuadrúpedo en vías de extinción y un pájaro andino carroñero. Además, por supuesto, de un baile nacional de estética huasa, eclipsado por los seductores ritmos provenientes de Argentina, Perú, Brasil o México.

No es necesario insistir en estos complejos de inferioridad tan caros a la historia de Chile. Y eso que no se ha consignado el nivel estético de nuestra arquitectura santiaguina en comparación a Buenos Aires, Quito, Bogotá, Oro Preto, La Habana o Ciudad de México. Pero no hay que ser tan apocalípticos, tan autoflagelantes (tan –como diría el psicoanálisis- preso de una autocrítica intensificada de tipo melancólica). Después de todo, tenemos dos premios nobeles. Y una que otra celebridad artística y cultural (y últimamente algunos deportistas henchidos de triunfos internacionales).

Malos para el deporte, el baile y la creación de ritmos exportables a nivel mundial. Sin embargo, Chile ofrece uno de los paisajes más variados y completos a nivel planetario: desiertos áridos, salares espectrales, playas a todo lo largo de su borde occidental, bosques milenarios, húmedos y lluviosos, glaciares portentosos, pampas patagónicas compuestas por ganado ovejero y plantas de coirón, y lo mejor, una inmensa escultura cordillerana que divide nuestro territorio de la vecina Argentina.

Más allá de todos estos lugares comunes, el arquitecto de paso me comentó que el sociólogo invitado a la encopetada universidad en París, le dio al asunto un giro inesperado. Puso en relieve las siguientes cosas: que pese a todo, Chile había sido el primer país en el mundo en elegir a un presidente socialista, el heroico Salvador Allende; que había sido pionero en la región en implementar una economía liberal o social de mercado, bajo la dictadura militar del Capitán General Augusto Pinochet; que había sido el primer país a nivel continental en elegir una presidenta mujer de manera democrática, y que, ahora, es posible que dispute la presidencia con otra fémina, hija de otro militar, el aviador Fernando Matthei, otrora miembro de la Junta Militar de Gobierno y amigo del padre de Bachelet. Pero también que en Chile, un dictador, execrable como todo autócrata, decidió ir a un plebiscito para ser derrotado.

Se trata de características que suelen ser exhibidas con orgullo y también con soberbia. El país ha cambiado, el chileno se ha vuelto excesivo. Se mide de igual a igual con las potencias internacionales ¿Malos para el baile? Qué importa: los públicos, en estos lares, son los más entusiastas; bailan a coro en los recitales de músicos y bandas extranjeras; usan más tatuajes y piercings que toda la humanidad junta; les encanta la proliferación de tribus urbanas; los futbolistas son flaites domesticados, más bizarros y exóticos que los cuates mexicanos, los morochos caribeños y los mafiosos temibles de Rusia aparecidos después de la Perestroika. Ahora los deportistas tienen pachorra, se mueven con soltura en el mapa televisivo e imponen a los extranjeros sus gustos musicales, lo mismo que sus autos de lujo, sus peinados punketas y sus llamativas mujeres de gusto berlusconiano, además de exhibir una candorosa sensibilidad hacia la poblada y la hinchada que impone sus términos delictuales en los recintos deportivos del país.

Por otro lado, en Chile los artistas no son los intelectuales; es la gente de la llamada farándula. No la del pasado: chistólogos, cantantes populares, vedettes. Ahora tenemos a los mozalbetes y algunos vejetes solazados con la chabacanería, el cahuín en vez del pelambre, el charchazo artero, la mala voluntad teñida de primitivo individualismo.

Frente a esto, el mencionado sociólogo se vio atrapado en una flagrante contradicción: si este actual dominio ejercido por el flaitismo criollo es cierto, cómo explicarse el desarrollo económico exhibido por Chile en estos últimos años (lo que le ha permitido sortear, con cierto éxito, la crisis económica mundial). Su respuesta: el país avanza gracias al genio y esfuerzo de unos pocos; del resto mejor ni hablar. Con eso basta.