Es cierto que el Verbo Divino (donde yo estudié), como dice Nicolás Eyzaguirre, está lleno de idiotas con plata. La plata les viene por la cuna, las redes, y todas esas injusticias de base que conocemos bien, mientras que la idiotez, al igual que para todos los idiotas del mundo, en una versión que me convence más, es un logro de la prepotencia. Idiota, en realidad, es el incapaz de descubrir la inteligencia de los otros. No se trata de un problema aislado. La cultura en la que estamos envueltos fomenta con entusiasmo este tipo de estupidez. En la lógica de la competencia, el que gana es más inteligente que el que pierde, y los idiotas de turno lo aplauden y admiran embobados, sin prestar ninguna atención a la sabiduría obtenida por el más lento en el camino. ¿Puede escuchar un corredor obsesionado por el triunfo la discreta corriente de un arroyo? Difícil, porque todos sus sentidos están puestos en la meta, donde un manantial de aplausos satisfará con creces sus necesidades. Es posible que ese arroyo sólo pueda escucharlo quien se sabe perdedor de antemano en la carrera prefijada, y mientras seca su transpiración inepta con ese hilo de agua, vaya uno a adivinar qué maravillas descubre mientras se refresca. ¿Y si hubiera pepitas de oro en ese arroyo? Supongo que este es uno de los puntos centrales que deberá atender nuestra mentada reforma educacional. ¿Qué entenderemos por calidad en la educación? ¿Solamente el rescate y la promoción de los talentos que conocemos –esos que clasifican en la categoría de excelencia- o también el respeto y la curiosidad por los saberes de los rezagados? ¿Y si la inteligencia que cultiváramos consistiera en concentrarnos de tal manera en el interlocutor, que solo un tonto no llegara a descubrir la inteligencia del prójimo?

Sebastián Piñera, ex alumno del Verbo Divino, comenzó su administración haciendo alarde de que con él llegaban al gobierno los más dotados, es decir, los que habían rendido más. Actuaba, entonces, como un idiota de ese colegio particular –“inteligentonto”, le llamaría Nicanor-, algo de cuya idiotez también subyace bajo las declaraciones en apariencia justicieras de Eyzaguirre. Su plan de gobierno descartaba toda emoción. Su banda la compondrían los mejores, los primeros de cada curso, los vencedores. Pero la política, quizás el arte más humano de todos, no funciona así. No es una ciencia de conocimientos fríos. Ahí los mejores no son necesariamente los empresarios triunfantes, ni los científicos iluminados, ni los posgraduados. La lealtad, por ejemplo, puede ser un valor más caro que la excelencia; la capacidad de oír al otro, un talento harto más rentable que la de imponer las propias conclusiones; y la intuición -esa extraña y misteriosa manera de llegar a las respuestas incorporando múltiples percepciones y desconociendo el mecanismo de los cálculos-, una fuente de genialidad invaluable. Una vez le pregunté a Lagos Escobar quién de los políticos que había conocido a lo largo de su carrera era el que admiraba más, y me contestó, sin dudarlo mucho, que Bill Clinton. La razón que me dio fue la siguiente: “conversando con él, me hizo sentir el hombre más inteligente del mundo”. Clinton, al parecer, entendía que relevar la inteligencia del otro rentaba harto más que lucir el brillo de la propia. En el ocaso de su gobierno, supongo que Piñera podría contarnos que los mejores ya no son los que creía al comienzo de su mandato. Apostaría, incluso, que aprendió a admirar muchas de las cosas que alguna vez despreció. Hoy su tropa no la constituyen los mejores de la clase. No se fueron de RN, para seguirlo, un piño de iluminados. Un afecto común, del que nunca antes hubiera hecho alarde, ha reemplazado en la jerarquía de sus preferencias a esa idiota obsesión por la inteligencia. El país entero parece estar dando un giro al respecto. No se trata de despreciar la ciencia ni las mentes superdotadas, pero si no entendemos esto, difícilmente comprenderemos el sentido profundo de la democracia.