La noche del incendio en Valparaíso, Romanné Román estaba en su casa en el cerro Las Cañas. Estaba lista para la noche. Había guardado en un bolso dos trajes de odalisca que usaría en la función que daría más tarde, en el mismo cerro, con su circo travesti “Romanné Román”. Estaba haciendo hora cuando la llamó asustada su sobrina Deisy, que estaba terminando su jornada laboral, que quedaba en los sectores bajos del puerto, y había escuchado en la radio que el incendio cada vez se acercaba más a su casa. Como Romanné estaba en el cerro, la llamó para avisarle. Pero Romanné no pescó mucho. Le dijo que le estaba dando color y la trató de loca. “Pensé que estaba leseando, porque era obvio que no llegaría el incendio hasta aquí, porque era en el camino La Pólvora, allá lejos, así que no le creí”. Incrédula, igual le hizo caso y manguereó el techo de la casa por si acaso. Luego, subió al cerro con su cámara para grabar imágenes del incendio.

Pero su sobrina tenía razón. Pasaron los minutos, y el incendio se extendió hasta llegar cada vez más cerca de la casa de Romanné y también a la de ella misma. Cuando Romanné quiso volver a su casa, ya estaba la escoba y su casa ardía en llamas. Había muy poco que hacer. “Era tremendo. Un infierno. Se me quedó grabada la explosión de los tubos a gas. El primer piso de mi casa era de ladrillo. Imagínese, lo tremendo que fue que no quedó ningún muro parado. Yo justo el día antes había comprado tres tubos de gas. Y los tres estaban juntos. Fue como una bomba que destrozó toda la casa”, dice Romanné en el mismo terreno baldío donde antes estaba la casa de su sobrina y la suya de dos pisos que estaba colgada en el cerro. Y continúa: “Mire, usted acá no ve nada, pero antes acá estaba lleno, lleno de casas lindas, de esas que salen en las postales. Y ahora esto parece campo de concentración”.

En cosa de minutos, el sueño de la casa propia quedó reducido a cenizas. No pudo salvar nada. Se le quemaron sus dos plasmas y una lavadora que había comprado hace poco. Y también su celular. Lo único que se salvó fue su bolso con sus dos trajes de odaliscas. “Ahora los cuido como hueso santo. Es el único recuerdo de mis 40 años en el circo. Todo lo demás se hizo cenizas”, dice resignada.

A Romanné no sólo se le incendió su hogar. También las casas de tres de sus hermanos y la de dos sobrinos. Todos eran vecinos. “Sólo se salvaron mis hermanos el Lucho, la Rosa y la Cecilia que viven por otros lados”.
También, se le quemó su joyita más preciada: su circo travesti “Romanné Román” que la hizo famosa en los cerros de Valparaíso. “Tenía la esperanza que a la carpa no le pasará nada. Pero la mala cueva de una, es grande. Además que dicen que la tercera es la vencida. Porque a mi circo lo intentaron quemar dos veces mucho tiempo antes, por el hecho de ser un circo de travestis, pero el nochero llegaba justo para impedir que se propagara, pero ahora fue terrible. Nada se pudo hacer. Se quemaron las luces, las pelucas, los trajes, las sillas patas cortas, las sillas patas largas, la mesa de sonido, todo. Quedé de brazos cruzados”, se lamenta.

NACE ROMANNÉ

“A la Romanné siempre le ha gustado el circo”, dice su hermana Fabiola: “A los tres años, te pescaba paraguas viejos y te hacía un circo chiquitito con trapecios y todo, le quedaban lindos”. A Romanné le gusta el espectáculo por su papá que trabajó en el Timoteo. “Cuando parecía colador con tanto hoyo que tenía la carpa”, agrega entre risas Fabiola. Él era trompetista de la orquesta que tocaba en vivo mientras payasos, acróbatas y travestis hacían sus show en el escenario. Romanné alucinaba viendo a su papá y también a su tío que brillaba en el trapecio.

Romanné siempre fue buena para la chacota, pero no quería ser solo payaso: su sueño era ser vedette. A los seis años, le sacaba a escondidas la ropa y los tacos a sus hermanas. Y, vestida como mujer, bailaba frente al espejo. “Yo no sé de dónde sacó tanto desplante éste”, dice Fabiola. Romanné quería ser como Maggie Lay. A ella le admiraba todo: su desplante, su humor, sus trajes de odaliscas, sus brillos, sus plumas. Pero ese sueño se veía lejano. Su papá no estaba ni ahí con los travestis. Y su mamá tampoco. Eran estrictos. “Era de palabrearlos y gritarles cosas feas”, afirma Romanné. Pero a Romanné poco le importó. Y antes que cumpliera la mayoría de edad, le contó a sus papás que quería dedicarse al transformismo. Y, para su sorpresa, sus papás aceptaron orgullosos.

“No sé qué les pasó, pero se alegraron y me aceptaron tal cual. Después hasta traía a amigas travestis a la casa y nunca dijeron nada”, cuenta.

Una vez que la aceptaron, Romanné buscó trabajo en circos del puerto. Y al poco andar se hizo conocida por sus doblajes a divas como Ana Gabriel y Vicky Carr. “Ese show era hueveo y le puse el show de las Hermanitas Viagra”, dice Romanné. Su hermana Fabiola, la interrumpe, y se agarra la guata para no reírse tanto: “Ese show era pa’ re cagarse de la risa. Las Hermanitas Viagra se agarraban a combos en el hocico en el escenario. Quedaba la cagá. Métale pa allá, métale pa acá, era divertido”. Romanné también hizo el show de la loca de la cartera, mucho antes que Arturo Peña, del Timoteo, que según ella le habría copiado la rutina y para no seguir peleando él habría terminado haciendo la loca de la guagua. También hacía el show de Las Pandoras. “Todo con doble sentido pal que cacha, cacha”. Pero el que más le gustaba -y le gusta hacer todavía- es el de la Gloria Trevi, su ídola de siempre. Con ella se luce en el escenario. Le aflora lo salvaje y termina desplazándose por el suelo como una gata en celo.

Romanné no quería trabajar para otros. Su sueño era tener su propio circo, pero exclusivamente de travestis. Juntó plata y levantó carpa -como le gusta decir con picardía- por primera vez hace 36 años. Eran tiempos de dictadura, con toque de queda incluido, pero nunca tuvo problemas con nadie. Incluso, cuenta, era común que entraran a su función uniformados de civil o gente de la Armada. “Los pacos alucinaban- y lo siguen haciendo- con los show de las travestis. Antes, en dictadura, los pacos hasta me hacían propaganda en los furgones. Y cuando terminaba la función, se quedaban a beber un trago. A mí los carabineros me quieren. Cuesta imaginárselos en el circo, pero son igual que uno…”.

A su circo le puso Romanné Román. La razón es simple: en la vida real se llama Ramón y cambió el orden de las letras a y o: “O sea, Ramón es Román, ¿cachai?”, acota. Y Román solo era muy fome. Así que se le ocurrió agregarle una n y una e final: Romanné. Fabiola cuenta que el nombre Romanné se ha hecho famoso en el cerro y que no falta la niñita que se llama así por su hermano. De hecho, cuenta: “La hija del Kike, mi cuñado, que vivía acá al frente, se llama Romanné”.
Romanné conoce, como la palma de su mano, los cerros de Valparaíso. “Me he dado vuelta los 42 en total no sé cuántas veces con mi circo. A mí me quieren en los cerros. Mi circo es humilde pero tiene buena reputación. En los lugares que nos instalamos, dejamos buena impresión. Nunca hacemos carretes ni tomateras. Además que llevo un espectáculo bueno. He llevado a los cerros a la Patty Cofré, a Pinto, Paredes y Angulo, a Eduardo Thompson. A Los de Pipiripao. Hasta Américo, cuando tenía doce años y cantaba tan lindo, pasó por mi circo”. Con el incendio, se le quemaron los afiches y las fotos con la gente que ha transitado por su circo.

El circo de Romanné, según cuenta, ha sido semillero de travestis circenses, y enumera: “Acá pasó la Fabiola Taylor, la Fabiola Luján, la Yajaira Martínez, la Eugenia Duval, la Cristina. Todas famosas. A todas les enseñé a hacerse sus propios trajes, a doblar los temas, a tener desplante y no tenerle miedo al micrófono”.

Cuando se dio cuenta que había que tener más repertorio que los travestis, contrató show de payasos, cantantes, trapecistas, bailarinas y números de cumbia en vivo, como la presentación de los Cumbia Ji, que eran infaltables semana a semana con sus canciones al estilo Amerikan Sound. Casi toda la familia de Romanné trabaja en su circo. Su hermana Fabiola corta los boletos, otra tía vende palomitas, una sobrina baila, otro sobrino las oficia de payaso, otra sobrina canta charros. El número que más gustaba a grandes y chicos era el de los perritos amaestrados. “El Bigotes, el Champei, la Niña, la Micaela, la Perla, el Coke, el Súper ocho y el metiche- que estaba viejito y cieguito- se lucían en la pista bailando sound, dominando la pelota o aullando, como si estuvieran cantando, cuando le ponía música bailable”. Casi todos murieron en el incendio. Sólo escaparon de la llamas el Bigote y la Micaela.

LOS ABUELITOS Y LOS PERROS
Mientras el cerro Las Cañas ardía, Romanné se acordó de sus trece perros que habían quedado en la casa. Y, desobedeciendo las órdenes de los pacos de no acercarse, bajó el cerro como pudo. El humo no la dejaba respirar. El suelo estaba caliente y se le achurrascaron las zapatillas. Pero daba lo mismo. Romanné sólo tenía en mente salvar a sus mascotas. Cuando llegó a su casa, el panorama era desolador: no quedaba nada que recordara lo que había sido su hogar durante más de 50 años. “Estaba todo al rojo vivo: todo prendido, brasas por todos lados y explosiones”, recuerda.

Romanné, en ese minuto, estaba sola. Sus vecinos habían arrancado cerro abajo mientras ella buscaba a sus perritos. Ahí fue cuando encontró a los dos que se salvaron: Bigotes y Micaela. Estaban asustados y con pequeñas quemaduras en el lomo. Los tomó en brazos y se armó camino entre el humo y las llamas. Luego, volvió nuevamente a tratar de salvar a sus otros canes. Pero no pilló nada. Romanné cuenta que subió y bajó el cerro unas doce veces esa noche. No estaba tranquila sin sus perros. En uno de esos viajes, según cuenta, casi se muere. “No podía salir por el fuego y el humo. Pensé que moriría. En un momento, pensé en entregarme y morir quemado con mis perros. Pero me acordé que la Micaela la había dejado en el camino y pensé que la podían atropellar. Por ella quise salir y en verdad no sé cómo salí del fuego. Ahí fue cuando me quemé la cabeza, el cuello, la espalda”, dice Romanné y de paso muestra sus heridas.

Romanné hace una pausa en su relato para tomar aire y recordar lo que la tiene sin poder dormir tranquila todas estas noches. Esa noche del incendio, cuando andaba buscando a sus perritos, vio una escena que hoy la paraliza y la mantiene en shock: la imagen de dos abuelitos quemándose vivos. “Estaba la cagá, todo se quemaba, y de repente se me ocurrió mirar para la casa de mis vecinos de toda la vida, la Juanita y el Manolo, y los veo que se estaban quemando vivos. Es una imagen tremenda, que no se la doy a nadie. Justo cerca mío estaba un vecino, el Juanito, y le grité qué hiciéramos algo para salvar a los abuelitos. Pero el Juanito se asustó y arrancó cuando los vio ardiendo en llamas. Yo les tiré agua para tratar de apagarlos, pero fue en vano. Los vi morir abrazados y me da pena de no haber hecho nada más. Yo esa tarde hablé con ellos, como a las siete, y les dije que arrancaran de su casa por el incendio que se venía. Pero no quisieron salir de su casa. Lo único que me dijeron es que eran muy viejitos para empezar de cero. Y se quedaron en la puerta y se despidieron”, se lamenta.

Romanné asegura que vio más muertos tras el incendio. Cuenta que pilló los cuerpos de tres vecinos mientras buscaba a sus perros: “Encontré al panadero, con su señora y su hijo el Ñurdo. El caballero usaba silla y el hijo también. Me los pillé ahí, en la quebrada”. Romanné a veces confunde a los perros del cerro con los que perdió en el incendio. “Todos me dicen que la corte, que no siga buscándolos más, porque ya sabemos que están muertos, pero a mí me cuesta todavía admitirlo”, dice.

Tras el incendio, Romanné no quiso ir a ningún albergue, como sí lo hizo la Grace Jones, otra travesti del puerto. Temió que la discriminaran por su apariencia. Se refugió en Laguna Verde en la casa de un amigo y por las tardes vuelve a cuidar su terreno. No quiere recibir ayuda del Estado. Y no se conforma con una mediagua. Dice que ella no está para eso y no quiere que después se la saquen en cara. Tampoco quiere tener más perros. “Para qué. Uno se encariña y después se mueren”, reflexiona.

Romanné guarda una espina. Lamenta no haber hecho el show con su circo para semana santa que viene haciendo interrumpidamente hace 22 años en el cerro Las Cañas. En esos días, guardaba la carpa y sacaba las butacas a la calle. Llegaban más de dos mil personas a ver los payasos, cantantes y travestis. Pero la guinda de la torta, sin duda, era la quema de San Judas simbolizado en un muñeco de trapo. “Eso me da pena, el que se haya quemado antes del show”.