Valeria-Flores-foto-alejandro-olivares

foto: alejandro olivares

“Soy maestra de primaria desde 1996 en escuelas públicas de la ciudad de Neuquén, mayormente en sectores pobres, y en la década del 2000 formamos el primer grupo de lesbianas feministas en Neuquén, “Fugitivas del desierto”. Así que en paralelo al trabajo docente tenía un espacio de activismo, más allá de que yo considero que el propio trabajo docente es un espacio de activismo, un espacio político de intervención. Entonces fui haciendo cruces entre mi visibilidad lésbica en el espacio público y a su vez dentro del aula.

Cuando lo planteé en Dirección, dije: si los chicos y las chicas preguntan si tengo novio, no voy a mentir, voy a decir que tengo novia. Por más que tuviera o no, era una estrategia política para visibilizar. Cuando apareció la pregunta el impacto en los chicos y en las chicas fue distinto. Hubo varones que reaccionaron con un silencio absoluto y durante varias clases seguían preguntando si era cierto que tenía novia, como una negación constante. Hubo chicas que dijeron: ¡que bueno, señó! Y se habilitó un diálogo más fluido y ameno. Mis alumnos me decían la maestra tortillera, jajaja. Y lo usé como forma de empoderamiento. Una va construyendo ese posicionamiento con pequeños gestos, no diciendo que voy a hacer la revolución, sino instalando dentro del aula pequeñas modificaciones que habilitan otras posibilidades. Te va a generar conflicto, pero cuando uno lo explicita está la posibilidad del diálogo.

Las mamás venían a preguntarme si era verdad que les había dicho eso. Una mamá decía: ‘yo no discrimino a nadie, total, lesbianas, gays, travestis y chorros hay en cualquier lado’. Chorros son los ladrones, entonces había una criminalización de todas esas identidades.
Los papás que nunca iban a las reuniones aparecían después que yo decía que era lesbiana, y con una actitud bastante violenta. Un padre me increpó, que yo no tendría que haber dicho mi ‘enfermedad’. Me dijo: ‘yo le enseño a mi hijo cómo tiene que ser un varón, lo llevo en el camión y le digo que le tiene que chiflar a las chicas’. Todas esas pedagogías informales de la masculinidad. Después me explicó que tenía amigas lesbianas y que hacía fiestas con ellas, pero que yo como maestra no lo podía decir. Está esa idea de que el espacio del aula tiene que ser asexuado, pero en realidad no es asexuado, es heterosexualizado, y no hay una posibilidad de cuestionar la heteronormatividad.

También tenía conflictos con otros profes. En una clase, había un aro de básquet que solo tenía el tablero porque el aro se había roto y el otro estaba en condiciones. La fila de chicos estaba en el aro completo y las chicas tiraban al cuadrado. Yo justo paso y le digo al profe: supongo que vas a cambiar, porque si no obviamente las chicas nunca van a aprender”.

Desmantelar las jerarquías

“En Neuquén teníamos una ley provincial de Educación Sexual, aunque en el Consejo Provincial de Educación no había una decisión política de implementarlo. Así que empiezo a trabajar educación sexual en el área de Ciencias Naturales, que es la postura clásica. Empiezo con talleres básicos, que parten de las experiencias personales y después, en mi caso, se va complejizando desde la mirada feminista, desde la perspectiva queer. Luego traté que la educación sexual fuera transversal a las otras áreas, que empezara a cuestionar la heteronormatividad. Pero no es un programa, la educación sexual tiene que ver con una perspectiva situada. Primero tienes que hacer una cartografía de los conceptos circulantes dentro del grupo, conocer a los chicos y las chicas con los que estás trabajando y en función de eso ver las posibilidades de intervenir.

La perspectiva de los talleres estaba mezclada con las materias. En Lengua trabajábamos el texto biográfico, tomé biografías de cantantes mujeres y una era lesbiana. En Matemáticas se trabaja sobre problemas, que el albañil necesita tantos ladrillos para hacer una casa, entonces invertí los roles en los ejercicios poniendo mujeres. Todos los espacios son posibles de intervenir, lo que necesitas es la mirada.

En el taller había situaciones hipotéticas, por ejemplo: “Federico está con su grupo de amigos en una esquina y pasan varias chicas, entonces deciden no solo chiflarlas, sino tocarles el culo. Federico queda en una contradicción”. ¿Qué piensa el grupo de esto? También trabajamos: ¿cómo se le llama a la vagina, al clítoris y al pene? Anotamos en el pizarrón todos esos nombres. Eso hace que vos habilites otro lenguaje, que no es el moralizador de que tenés que decir pene. Tenés que saber que existe la palabra pene, pero hay una infinidad de modos de nombrar. Muchas veces se trata de una manera acartonada y moralizadora, que empieza a ver esta cuestión solo en términos de victimización, como que uno no puede hablar del placer. Es fundamental la articulación de un discurso del placer. Porque, ¿cómo entra la sexualidad a la escuela? Siempre como peligro, cuando las chicas quedan embarazadas, cuando hay casos de violencia. Hay que habilitar el diálogo de cómo la pasamos bien, charlemos de eso.

Se piensa que hay que incorporar al currículum a las lesbianas, gays, trans y las distintas identidades sexuales, pero eso puede ser una formulación que quede escrita en algún lugar en términos folclóricos, cristalizados en identidades fijas y me parece más interesante pensarlo en términos de producción colectiva de conocimiento. Que en la escuela se creen las condiciones para que haya un espacio donde no solo los estudiantes, sino que las maestras y profesores, puedan empezar a charlar de sus propias biografías sexuales. Trabajar sexualidad de género y cuerpo en la escuela no es un tema más, implica repensar la práctica docente. Me parece que desmantelar las jerarquías del saber también tiene que ver con la posibilidad de interrumpir la heteronormatividad dentro de la escuela. Porque si no, parece que se cambia de contenido, pero las estructuras siguen siendo las mismas”.