El chileno Cristián Jiménez vuelve al Festival de Cine de San Sebastián, esta vez a la sección oficial, con su tercer largometraje, “La voz en off”, una película que habla de secretos familiares, pero sobre todo de la marabunta interior que se organiza cuando no se dicen las cosas.

“Siempre pensé que ‘La voz en off’ trataba de la incomunicación y de los códigos que mutan, pensando que las cosas han cambiado tanto en Chile en tan poco tiempo que las nuevas generaciones y las antiguas tenían pocos puntos en común”, reflexiona el cineasta en entrevista con Efe, celebrada en el marco del Festival de Cine donostiarra (norte).

Pero, “a poco -dice el joven realizador-, fui entendiendo que en realidad hay algo que ocurre cuando las cosas están ahí, presentes, pero no están dichas, no se nombran: esa es la importancia de lo que cuenta esta cinta, que aquí ocurre algo y es importante que lo nombremos aunque nos moleste”.

Jiménez recurrió a un estudio hecho sobre las relaciones entre hermanas, que le dio algunas pistas importantes para trabajar, como que “el nivel de pasión que se vive entre hermanas no existe si son hombres y mujeres, o solo hombres”.

Cosas como “la rivalidad o la necesidad del otro, la complicidad”, que le fueron muy útiles porque le ayudaron a dar “un pulso vital más intenso” a su trabajo.

Explicación que viene al caso porque “La voz en off” es un conjunto de pequeñas historias entrelazadas con un eje central, Sofía, el personaje que interpreta Ingrid Isensee, “una mujer que necesita entender, escuchar y ordenarse para poder seguir avanzando”, señala la actriz a Efe.

Sofía es vegana, está separada y es madre de dos niños; a la vez, es hermana de una mujer muy distinta a ella, sólida, independiente y resuelta, Ana (María José Siebald), e hija de unos padres muy especiales: Matilde (Paulina García), que no acaba de creer que su marido la abandone, y Manuel (Cristian Campos), que quiere una segunda oportunidad.

Y todo ello sucede “fuera del cuadro”, como “esa voz en ‘off’ de las películas”, explica Jiménez, quien advierte que, tras documentarse, supo que los hijos de las víctimas del holocausto tenían más estrés postraumático que los padres.

“Uno piensa -dice- que fue debido a la transmisión del problema (…), pero era por el silencio: el estrés tenía que ver con no hablar de las cosas, con no nombrar el dolor”.

Aunque aclara que “nunca” pretendió que su película se viera como una metáfora de lo que ocurre en su país. “Es cierto que la película no habla de eso, pero se puede ver perfectamente desde ahí -opina Isensee-, la necesidad de no dejar escondidas las cosas, de reivindicar la memoria en definitiva”.

“Cuando las situaciones generan ruptura y son dolorosas, si las personas que lo sufren no las nombran y no se trabajan sobre ellas en el nivel del discurso, eso no dejará de producir dolor, perturbación, ruido y contaminación entre personas de generación en generación” , reflexiona Jiménez.

El director, para el que estar en San Sebastián es ya “una fiesta”, cita como referentes las películas que tienen que ver con la vida familiar, que siempre le gustaron.

Pero las que “abordan este tema sin necesariamente someterse al modelo clásico de guion, como las de los taiwaneses Ang Lee o Edward Yang o alguna película de Buñuel”, aunque también están sus “experiencias personales y familiares”. Y es que ninguna familia sobrevive sin secretos. EFE