El caso bombas mapuche peaje quino

“El primer prejuicio consiste en creer que se pueden comprender los procesos de comunicación estudiando solo los medios, cuando lo que los medios hacen, lo que producen en la gente, no puede ser entendido más que en referencia a las transformaciones en los modos urbanos de comunicar, es decir, a los cambios en el espacio público, en las relaciones entre lo público y lo privado que produce una ‘nueva’ ciudad, hecha cada día más de flujos, de circulación e informaciones, pero cada vez menos de encuentro y comunicación. (…) Enfrentar el segundo prejuicio nos lleva a plantear que no podemos comprender el sentido y la envergadura de los nuevos miedos refiriéndolos únicamente al aumento de la violencia, de la criminalidad y la inseguridad en las calles. Pues los miedos son clave de los nuevos modos de habitar y de comunicar, son expresión de una angustia más honda, de una angustia cultural”.
– Jesús Martín Barbero, Entre miedos y goces, Caracas, 2000.

Nadie puede desconocer que las bombas detonadas en este último tiempo en algún sector de la capital no sean algo inquietante. Nadie puede tampoco desconocer el temor que tales hechos infunden de por sí en nuestra sociedad. Pero tampoco nadie, podría obviar el hecho de que en los últimos años, un miedo profundo y extendido –desde el temor a ser asaltado hasta lo nefasto que sería que el gobierno tomase tal dirección en sus reformas- a todo se ha apoderado probablemente de todos nosotros. Ciertamente, su agente o catalizador no es el delito o lo que hoy muchos especialistas y, sobre todo, opinólogos califican derechamente, sin ruborizarse, como terrorismo encarnado en un difuso enemigo que sería esta vez el anarquismo.

Evidentemente lo que tenemos más a la mano son los episodios de las bombas detonadas. Y los tenemos en nuestra retina porque la prensa escrita y televisiva han explotado una parte relevante de nuestro imaginario social contemporáneo: aquel que tiene al miedo social, al miedo al otro amenazante como clave de lectura para que nos conduzcamos en la realidad. El discurso del miedo es efectivo para la prensa concentrada ideológica y económicamente, pero también para un ethos político-económico que tiene como prerrogativa que la sociedad se mantenga en un statu quo o en un inmovilismo que nos haga desear que no se cambie mucho. No vaya a ser que efectos indeseables se reviertan sobre nosotros. Se trata, ciertamente, de profecías autocumplidas.

En cualquier caso se trata de explotar, sin mayor contexto o juico crítico, la veta del miedo. ¿Y qué es el miedo? ¿De qué se trata? Una entrada posible es aquella que señala la investigadora mexicana Rossana Reguillo, quien señala: “Se acepta que se trata [el miedo] de una fuerza esencialmente perturbadora y que ella obedece a la presencia de un mal posible, sea éste real o imaginario, y que al producir una alteración del juicio, se le considera una fuerza irruptiva y negativa para el orden social”. (2006: 26).

Los miedos comportan un doble carácter: son siempre una amenaza y un espacio de frontera; no pueden ser reconvertidos en nada positivo (como las crisis), son paralizantes, configuran de forma compleja, en el tiempo y en el espacio, discursos, prácticas, relatos, procesos y figuras que vuelven difícil fijarlos y explicarlos. El miedo está siempre poniendo en jaque nuestras nociones de orden y control. Y algo aún más importante: nos conducen desorientadamente en la toma de decisiones en la vida cotidiana, en los ámbitos, políticos y económicos, también.

La gravedad de difundir un miedo exacerbado está dado por su propia naturaleza: siendo una experiencia que se vive y padece individualmente, es socialmente construido y sancionado. Los efectos que el miedo tiene en la economía y el orden social son claros: por ejemplo, la proliferación de discursos punitivos que ven el castigo severo a los delitos como la quintaesencia de la política de seguridad pública, sin comprender –pues es más caro y complejo- que quizás sean la consecuencia de un sistema profundamente desigual con grandes bolsones de marginalidad. Se trata en cualquier caso de travestir la consecuencia (el delito) como si fuese la causa. Y esto, claramente, tiene un correlato en las políticas públicas que enarbolan mediáticamente slógans como la “tolerancia cero”, “la puerta giratoria” y todo un diccionario de términos ad hoc que hoy se toman distintos paisajes sociales como la política contingente y la economía.

¿Por qué observar los miedos sociales desde los medios de comunicación? Porque desde esta agencia es factible conocer el pulso del país, desde aquí estamos habilitados para ver, escuchar y leer los discursos que desde las instituciones, desde los sujetos (políticos y de a pie) se despliegan como mecanismos y procedimientos que intentan conjurar el miedo, aislarlo, y someterlo en alguna medida. Tal noción de “conjurar el miedo” no debe entenderse como su desaparición de la faz social. Por el contrario, si seguimos algunos titulares de algunos diarios vespertinos y algunos reportajes televisivos, se trata de ofrecer todo un arsenal de pautas que castiguen la delincuencia, inhiban la transformación del sistema educativo y económico de modo distinto al consensuado ya no se sabe cuándo, pero ha sido naturalizado como el único orden de cosas posible.

Evidentemente, los miedos se administran desde distintos ámbitos del sistema, si ocupamos una caracterización funcionalista de la realidad. Lo que harían los medios sería una especie de correlación entre las fuerzas que componen el sistema, vigilarían el entorno de las amenazas que suponen los que son tachados como tal apuntando a todo grupo o individuos que supongan una anomalía. Tal vez la reacción más inmediata de nuestros medios concentrados económicamente es “advertirnos” que entraremos en una espiral desestabilizadora si seguimos tal o cual directriz económica, como si el guión estuviese previamente acordado y sancionado en un consenso que no incluye a las mayorías.

¿Cómo podemos llamar a tal régimen mediático que incorpora en sus repertorio representacional el discurso del miedo consumiendo lo social? Proponemos el nombre de “administración mediática del miedo” para aquellos mecanismos periodísticos que crean, modulan y amplían las incertidumbres sociales. Aquellos mecanismos (como entrevistar fuentes oficiales, desplegar coberturas prejuicios y descontextualizadas) repetitivos y acríticos (como nombrar a cualquier grupo antisistema bajo el mote de anarquista) que suponen una cobertura mediática “tipo” promueven el miedo al delito, el miedo a la gente, y el miedo a la discusión de las bases en las cuales se sustentan nuestros actuales acuerdos de convivencia social. Lo interesante de estas operaciones de administración del miedo es que nos conducen por caminos interpretativos fundamentalmente emocionales y, por tanto, difíciles de controlar por parte de los individuos. Padecer el miedo como vivencia dificulta su control –a la vez que paraliza nuestras reacciones-, máxime cuando los medios de comunicación, en buena parte de ellos, sobreabundan el espacio público con noticias alarmantes de un supuesto caos social sin sentido, sin explicación.

La administración mediática del miedo moviliza una particular y trágica trinidad contemporánea constituida por la incertidumbre, la inseguridad y la desprotección (que no se produce solo por la amenaza del delito). Es más, la seguridad de los ciudadanos estaría bajo permanente amenaza y los medios, cual sacerdotes del sistema, serían los encargados de nombrarla, explicarla, mitigarla. La pregunta que cabe hacernos aquí es ¿por qué, por ejemplo, frente a la desprotección de los ciudadanos ante los cobros abusivos de las empresas de la salud o de la seguridad social, sólo por mencionar algunas instituciones, no actúan de la misma manera que con el delito y con la delincuencia común? La respuesta es obvia y de índole económica y política, dirán algunos. Sin embargo, una composición del miedo como la que tenemos en nuestra sociedad chilena contemporánea tiene varias consecuencias para nuestra vida: la más visible es el repliegue en el ámbito privado de las personas (ese metro cuadrado se puede controlar mejor, es la creencia); la más significativa, sin embargo, es aquella que impide los cambios en un sentido positivo para nuestras sociedades, promoviendo más bien el estado actual de las cosas, o sea un cambio controlado (gatopardismo) que, en realidad, no transforma nada. Lo interesante y trágico de esto, es que los verdaderos agentes del miedo no entran en la cuadrícula y administración que los medios hacen. Claro, es más fácil, económico y rendidor mantener el estado “natural del mundo” azuzando el peligro contingente y cotidianos de la delincuencia u otros males afines.

Bibliografía

-Martín Barbero, Jesús. “La ciudad: entre medios y goces”. En: Ciudadanías del miedo. Caracas, Nueva sociedad, 2000.
-Reguillo, Rossana. “Entre miedos y goces. Comunicación, vida pública y ciudadanía”. En: Entre miedos y goces. Comunicación, vida pública y ciudadanía. Bogotá, Editorial Pontificia Universidad Javeriana, 2006.

*Claudio Salinas es profesor del Instituto de la Comunicación e Imagen de la Universidad de Chile.