nelly andrade
Imagen: Nelly (con el megáfono) se enfrenta a partidarias de Labbé en la Corte de Apelaciones de San Miguel luego que se le concediera la libertad bajo fianza.

“Yo fui detenida el 27 de enero de 1974. Fui sacada desde la casa de mis padres alrededor del mediodía por agentes de civil. Mis padres vivían en la población Las Rejas y mi mamá se había ido a la playa. Estaba con mi hermana mayor, mi abuela y mi padre. Él había sido exonerado, el mismo 11 de septiembre lo suspendieron de sus funciones y lo echaron. Hacía trabajos en forma particular como electricista. Me fueron a buscar dos veces. La primera hablaron conmigo y me mostraron una carta dirigida a Valeria y firmada por Juan. Esa carta decía ‘compañera, ponga en contacto a estos compañeros con los contactos que usted sabe’. Una cosa bien rara. Yo no reconocí letra y le dije: ‘Sabe que yo no me llamo Valeria ni conozco a ningún Juan’. Se fueron y mi padre me pregunta qué había pasado. Me dijo que tuviera mucho cuidado y me dijo: ‘Me parece muy bien que les haya dicho que no conocía a nadie’. Y él salió porque tenía que ir a hacer un trabajo.

Estos tipos volvieron como a los 20 minutos y ahí me llevaron. Felizmente mi papá no estaba porque sino, no hubiese permitido que me sacaran y a lo mejor estaríamos los dos desaparecidos a estas alturas.

Tenía 20 años. Me subieron a un vehículo de color amarillo que era un mini que sólo tienen la puerta del conductor y del acompañante. Entonces me metieron en la parte de atrás del auto y al subir vi una metralleta. Llegamos hasta Las Rejas con la Alameda y ahí detuvieron el vehículo y me vendaron la vista. Me pusieron scotch primero y sobre eso una venda; luego encima un par de lentes que según ellos eran oscuros. Eran para disimular que yo iba vendada. En todo momento ellos se hicieron pasar por “compañeros”. Decían que venían de parte de mi compañero, mi pareja, que es un detenido desaparecido que se llama Gerardo Rubilar y que “el jefe” necesitaba hacerme algunas preguntas. Decían que me vendaban la vista por seguridad. Yo nunca les creí porque vi la metralleta y los vi que andaban muy bien vestidos: de traje y pelo corto. No tenían nada que ver con la gente con la que yo acostumbraba a conversar, con mis compañeros.

Yo era militante del partido socialista, todavía lo soy. Me empezaron a hacer preguntas: que cómo veía yo la cosa, que cuánto tiempo le daba a los milicos en el gobierno y que los íbamos a derrocar. Yo les decía: ‘Bueno, difícil porque nosotros no podemos pelear con piedras y palos contra las metralletas que ellos tienen’. Trataban siempre de sacarme información, que nombrara gente, que dijera quiénes eran mis contactos, que con quiénes se contactaba mi compañero, quiénes eran sus amigos. Y yo les decía que no tenía idea porque ‘él hace su vida y yo hago la mía’.

Entonces llegué a Londres 38. Yo no reconocí nada, supe cuando llegué a Tejas Verdes por Margarita, que había sido detenida dos días después que yo y que éramos amigas de antes porque era vecina de mi compañero. Cuando llegamos a Tejas Verdes ella me dijo que habíamos estado en la calle Londres en una casa que era sede del Partido Socialista. Ella vio unas baldosas blancas con negras, porque le pusieron sólo una venda, entonces por debajo veía el suelo.

En Londres 38 me trataban de compañera siempre. Yo les preguntaba cuánto rato iba a estar ahí, porque tenía cosas que hacer y me tenía que ir. Entonces me dijeron: ‘No compañera, si estamos esperando que llegue el jefe’. Me tenían sentada en una silla y me dicen que me iban a hacer unas pruebas para ver si yo era confiable o no. De repente me pasan en la mano un par de cables con electricidad y me dieron la corriente. Yo los tiré lejos y ahí eso fue como la confirmación de que efectivamente yo había sido secuestrada. Ahí no me quedó ninguna sola duda.

Después me hicieron pasar a una sala y me sacaron la ropa. Me colgaron y me hicieron el Pau de Arara: me amarraron las muñecas a los tobillos y me pasaron un fierro por el hueco que quedaba en las rodillas. De ahí me suspendieron, quedé en el aire, como un cordero. En esa posición comenzaron a ponerme corriente en la vagina, en los pezones y en los ojos. Y comenzaron a darme golpes con ambas manos en los oídos. Después supe que a eso le llamaban “el teléfono; te provocaba sordera, te dejaba con un ruido que no escuchabas nada. Y me preguntaban cualquier cosa, que quiénes eran mis cómplices, que si acaso conocía al Miguel, al Manuel, al Juan. Yo decía que no los conocía, a todo respondía que no sabía. Fui torturada durante día y noche, nunca recibí alimentación, solamente un poco de agua que podía tomar cuando iba al baño y nada más. Ahí fue la primera vez que fui atacada sexualmente. Primero eran manoseos, me agarraban por todas partes, me metían los dedos por todos lados y después fui violada.

Ahí estuve hasta el primero de febrero y fui trasladada a Tejas Verdes vendada en una camioneta que sentíamos que era una cosa cerrada. Le llamaban La Paloma. Después supimos que eran de la Pesquera Arauco, tipo frigorífico, de color blanco. Al que la conducía lo apodaban El Palomo.

Ahí fui trasladada junto a muchos detenidos, como veinte. Iban muchos vecinos de mi compañero, gente de La Legua. Iba Margarita con su papá Don Lucho. Iba Jorge Poblete que era un chico de 15 años que vendía diarios porque su abuelito tenía un kiosco, también iba Sigfrido Orellana que a su único hermano lo habían matado ahí en Londres 38 para la Navidad del 73. Iba Nieves Ayress Moreno, que fue la persona que estuvo más tiempo detenida en el país. Iba su papá don Carlos Ayress, su hermano, y otras personas más. Iba una señora que se llamaba Geraldina y otros que no recuerdo sus nombres. No sabíamos hacia dónde íbamos, estábamos todos muy delicados, muy torturados. De repente empezamos a sentir el olor típico al mar: esa frescura marina. Al pasar por los puestos de controles nos hacían callar. Porque iban hablando, preguntando: ‘Papá, ¿estás bien?’ Otros conversaban de que iban a ir a jugar un partido de fútbol y justo los habían sorprendido antes, entonces decían: ‘Pucha compadre, ¡tan lejos que queda la cancha!’. Calladitos pasábamos los controles.

Al llegar a Tejas Verdes nos bajaron de la camioneta y nos dejaron un rato esperando. Después llegó una persona que nos fue preguntando los nombres, al parecer los registraban, y nos preguntaban de de qué ciudad del país éramos. Después de un rato proceden a sacarme la venda, y no vi nada más que una pieza de madera que no tenía ventanas, tenía una puerta y nada más. Me dijeron: “Tú vas aquí”. Había una señora sentada sobre un chal de lana en el suelo. Nos pasaban una frazada y nos hacían dormir sobre una bolsa que le llamaban payasa: un saco relleno con viruta. Ahí nos tenían todo el día encerradas, ese era el lugar de los incomunicados.

Cuando me llevaban a torturas era un lugar húmedo, frío, chico. Después supe por los soldados que estaban cuidando el campamento, los que hacían guardia, que era el Casino de Oficiales del regimiento Tejas Verdes. La primera vez que me llevaron a tortura me preguntaron cuál era mi nombre y que por qué me habían llevado para allá. Les dije que ellos me habían llevado, por lo tanto ellos tenían que saber porque yo no tenía información. Me decían: ‘¿A qué grupo pertenecí? ¿Qué andabai haciendo?’. Entonces ahí me di cuenta que no sabían qué preguntarme. A las finales me trataban de que era una puta tal por cual, que si no hablaba iban a ir a buscar a mi familia, a mi papá, a mi mamá, a mis hermanas. Que iban a traer a Gerardo para que viera como me torturaban y me violaban.

Nosotros no estábamos en el regimiento, sino en un espacio que habían habilitado para transformarlo en un campo de concentración. Después supimos que ahí guardaban materiales. Ahí estuve un mes. Nos sacaban en La Paloma con una capucha. Pasábamos por un puente viejo de madera que había antes cruzando el río. Se notaba por el ruido que hacía el vehículo al pasar. Nos llevaban al regimiento, al Casino. Me enteré en Tejas Verdes que Gerardo había caído preso. Se lo dijeron a Margarita en la sesión de tortura. Le dijeron que había caído y le dijeron una frase que nunca se me ha olvidado: “Solito se puso la siga al cuello”.

En una de las sesiones de tortura me sacaron la capucha y me dijeron que si habría los ojos me iban a matar, pero que había alguien que tenía que verme. Entonces me la sacaron y dijeron: ‘¿Viste que está aquí? ¿Viste que es ella?’. Y me volvieron a poner la capucha. La persona a la que traían se notaba que era alguien que venía muy mal porque como que lo arrastraron, no venía caminando por sus propios medios. Yo creo que esa persona era Gerardo, pero nunca pude saber si efectivamente estaba ahí.

En el campo de prisioneros habían cuatro torres en las cuatro esquinas. Y en la parte de abajo de las torres permanecía gente que estaba en muy malas condiciones físicas, para que el resto no los viera. Y los soldados hablaban de que ahí tenían a los peces gordos. Yo creo que Gerardo era uno de los que estaba ahí porque nunca lo vi yo ni ninguno de sus vecinos que llegaron a Tejas Verdes. Él era del departamento juvenil de la CUT y estaba encargado de la alimentación de los balnearios populares.

Desde el Golpe él fue detenido en el Estado Nacional y después de 16 días fue dejado en libertad. Él salió de ahí con la convicción de que iba a luchar hasta derrotar la dictadura. Entonces yo creo que por eso era considerado un pez gordo. Lo detuvieron el día 25 de enero del ’74, un día viernes. Ese día temprano fue a la casa de mi madre y me dijo que me quedara allí esperándolo porque iba a hacer un trámite por el fin de semana. No me dio más explicaciones y le insistí que me dijera para dónde iba, porque yo no podía quedarme tan tranquila. Entonces me dijo que iban a una escuela para recibir instrucción militar. Le dije que iba con él y me dijo: “No, yo voy primero para ver qué tan seguro es, porque yo no te voy a exponer. Porque yo no quiero que ningún hueón te toque ni un pelo”. Él era comunista y tenía 25 años. Nos conocimos en el verano del ’72, llevábamos dos años juntos cuando nos detuvieron.

A Labbé lo vi en Tejas Verdes, en el campo de prisioneros, porque a nosotros nos sacaban a formación en las mañanas. Entonces fuimos conociendo a los que mandaban. Por ejemplo estaba el Jara Seguel, había un teniente de apellido Quintana, había un cabo de apellido Retamal, el suboficial Carriel, otro señor de apellido Carranza, el Manuel Contreras, el Álvaro Corvalán. Y ahí estaba en ese tiempo el teniente Labbé que andaba de buzo. A veces aparecía por ahí, no iba todos los días. Carriel en cambio vivía en ese recinto, tenía una casa atrás. A él lo veíamos siempre, y a Jara Seguel que era el que la llevaba ahí. Cuando no estaba Manuel Contreras estaba él.

En las torturas siempre estábamos con la vista vendada, entonces lo que más nos quedaban eran las voces. Y después podíamos relacionarlos con las caras cuando los veíamos. Teníamos la precaución de preguntarle después a los soldados cómo se llamaban. Reconocí la voz de Manuel Contreras cuando me estaban torturando, de Labbé, y de Jara Seguel. Tal vez ellos no torturaban. A lo mejor es verdad lo que ellos dicen, pero estaban presentes, estaban ahí. En Londres 38 fue la primera vez que escuché a Manuel Contreras y a Álvaro Corvalán.

Yo siempre fui como muy mala para hablar ante los jueces. Contaba poco acerca de la tortura porque se me ocurría, dentro de la ignorancia que uno tiene, que cuando uno habla de tortura, los jueces tienen que saber a qué se está refiriendo uno. Tampoco nunca había hablado de que había sido violada. Y después aparece en la investigación declarando un exagente de la DINA y él dice que vio cuando me violaban con lujo de detalles. Entonces me llama una de las abogadas y me dice: ‘Nelly, ¿por qué nunca lo has mencionado?’. Yo le dije: ‘La verdad es que es un tema tan fuerte que no lo quiero asumir’. Para mí estaba demás porque ya todos lo habían dicho, por lo tanto caía de cajón que había pasado. Entonces lo mismo pasó con el tema de Labbé.

De Tejas Verdes salí los primeros días de marzo. Así como no te explicaban por qué te llevaban, tampoco te explicaban por qué te dejaban en libertad. Yo siento que ellos se dieron cuenta de que no me podían sacar ninguna información porque yo negaba todo siempre, no pudieron quebrarme nunca. Y también yo pienso que mi compañero siempre debe haberles dicho que yo no sabía nada. Yo estoy segura que él siempre dijo que me dejaran libre porque yo no sabía nada ni estaba metida en nada, para protegerme. Yo siento que él siempre dijo eso, a pesar de lo que le hayan hecho”.