profesores
El paro de los profesores del sistema público me recordó a una profesora que una vez conocí en una escuela de La Reina. Llevaba poco tiempo trabajando allí, cuando me dio un consejo: “no te calentís la cabeza, ponle puros siete, si al final vamos a tener que pasarlos igual”, me dijo. Su receta era la misma de varios de los que trabajaban allí. Había otro que llegaba a la sala de clases con guías que bajaba de internet, y a las que ni siquiera les borraba el nombre del colegio al que se las había copiado.

No dejo de pensar en estos profesores cuando veo al gremio con el pliego de peticiones económicas bajo el brazo.

Parto por aclarar que estoy de acuerdo con que los sueldos de los educadores deben mejorar, independiente de si se desempeñan en la educación pública o en la particular. Yo trabajo 64 horas mensuales en un establecimiento subvencionado y gano $368.000. Es decir, me pagan a $5.750 la hora, demasiado poco. Sin embargo, lo económico no es lo único que debería movilizarnos.

La semana pasada, los profesores llegaron a un acuerdo con el gobierno que no contenía ninguna letra sobre la calidad de la educación, menos sobre lograr más bienestar dentro de la sala de clase. Los profesores que adhirieren a la Confepa tampoco plantean algo muy distinto. La mala educación es transversal al sistema.

En mis casi 15 años de experiencia como educador me he encontrado con malos profesores en ambos sistemas. La diferencia está en que en los privados los malos no duran mucho, porque siempre son descubiertos; en los municipales –por el estatuto docente- se eternizan, y lo peor que te puede ocurrir si lo haces mal, es que te reubiquen en otro colegio.

Creo que en este debate medio ciego que se ha planteado desde los distintos sectores –a favor y en contra de la reforma-, los profesores debemos tomar las banderas de la calidad. Lo primero es empezar por nosotros. Luchemos por mejores sueldos, pero también con la misma fuerza capacitémonos y sometámonos a una evaluación seria. Los profesores deberíamos ser profesionales integrales: el de matemáticas tiene que saber escribir sin faltas de ortografía, el de música saber dividir, y así con todos. Lo segundo es dar la pelea por bajar el número máximo de alumnos por sala. No hay vocación que aguante una clase con 45 niños y un moco de sueldo.

En este momento, todos los cursos que tengo superan los 40 alumnos por sala. Tal cantidad es la piedra de tope para que los cambios sean eficientes. Por ejemplo, ¿qué pasa si un pendejo no va porque le sacan la chucha en la casa?, ¿cómo evalúas distinto a este alumno si tienes 44 más de los cuales preocuparte? No te puedes dedicar y esto termina siendo muy cruel para los niños. ¿Qué dice hasta ahora la reforma sobre esto? Nada.

En esto del número de alumnos he visto de todo. Una vez estuve en un colegio que en primero básico no tenía asistente. Imagínate en una sala con 45 cabros chicos: que uno se cagó, otro se puso a llorar, que se meó, y hay veinte que se portan bien. ¿Qué hace ese profe? Nada. Sin ir muy lejos, el otro día me tocó clases en un tercero básico donde un niñito lloró las dos horas y hasta los mismos compañeros reclamaron que el llanto los desconcentraba. Hace poco, también, me tocó un curso de 47 alumnos. Allí, los dos niños que sobrepasaban el máximo legal ni siquiera aparecían en la lista. Al final del año, el director los incluyó igual en el balance y en el ministerio ni siquiera cacharon. Ahí te das cuenta que tampoco nadie fiscaliza.

La mejor experiencia que he tenido, paradójicamente, fue en un colegio subvencionado que se estaba cerrando. Tenía 12 alumnos, porque nadie quería educarse allí: el sostenedor no pagaba las imposiciones, las salas tenían hoyos en el techo, y los cursos de tercero y cuarto medio no tenían autorización del ministerio para dictarse. Aún con todas esas carencias, el trabajo que hicimos con esos 12 niños fue tremendo. Había disciplina y también libertad, que es lo más importante en la educación. Esto último es quizás una de las cosas que más importan cuando hablamos de calidad pedagógica. Menos disciplina y más creatividad es esencial en la educación moderna. La única forma de lograrlo es con menos alumnos por sala. Quizás 25 por aula es un número ideal y allí deberíamos poner nuestros esfuerzos. Menos alumnos es mejor calidad laboral y educacional. Esta también debería ser nuestra bandera de lucha.