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Los resultados de la PSU, cada año, nos refriegan nuestra dolorosa desigualdad socioeconómica y un modelo educativo donde el que tiene más plata se compra una mejor educación. Un sistema donde la meritocracia no tiene cabida. Sin embargo, otra lectura que desnuda brechas y vergonzosas inequidades se da en coordenadas de género.

Este año, el colegio que obtuvo más puntajes nacionales correspondió al Instituto Nacional, emblemático liceo de varones cuya tradición no sólo ha sido consagrar resultados académicos, sino cerrarse a la posibilidad de incluir a mujeres entre sus alumnos. Una modalidad –replicada en varios liceos emblemáticos– que va contra toda tendencia hacia la inclusión, reconocimiento y relación entre sexos y géneros.

Al analizar el listado completo, aparecen otros números abrumadores: cuatro de cada cinco puntajes nacionales son obtenidos por varones. Dato curioso si consideramos que durante toda la enseñanza las estudiantes obtienen mejores resultados. ¿Por qué entonces fallarían en esta prueba? Según reveló el informe Pearson en el año 2013, la PSU contendría un sesgo de género que impediría a las mujeres lograr mejores puntajes, opinión compartida por expertos en educación.

Sin embargo, el sexismo en educación no descansaría sólo en la PSU. La prueba no es más que dimensión de un sistema educativo que padece agudas brechas de género. Brechas que comienza desde la infancia, cuando enseñamos en la casa y en el jardín infantil que las niñas se visten de rosado y deben ser princesas risueñas y delicadas, para luego seguir en el colegio, cuando se les dice que no son tan buenas para las Matemáticas como sus pares varones.

¿Realmente no somos tan buenas? Las cifras señalan que no hay diferencias significativas en Matemáticas entre niños y niñas si nos fijamos en el Simce de Cuarto Básico. Cuatro años después, aparecen diferencias en el Simce de Octavo, ¿qué pasó entremedio?

Muchas cosas. Pasó el llamado currículum oculto, esa enseñanza informal e invisible, muy presente en el colegio y en la familia, que empuja a los niños a estudiar “carreras de hombre” –bajo la premisa de que deben ser bien remuneradas para mantener una familia– o que limita el desarrollo físico motor de las niñas a través del vestuario, coartando su capacidad de juego al imponerles la falda y el jumper, permitiéndoles usar pantalón sólo cuando hace frío.

Pasó que sus libros escolares –tanto del ministerio como los del resto de las editoriales– les enseñaron a aprender a partir de ejemplos en los que las mujeres son constantemente invisibilizadas y, cuando aparecen, lo hacen encasilladas en el espacio doméstico o en situaciones pasivas o como personajes secundarios. Pasó que a ellas se les valoró más por su belleza física que por sus habilidades intelectuales.

No es de extrañar, entonces, que menos del 10% de las universitarias tituladas el 2012 lo hicieran de una carrera ligada al ámbito de la tecnología, o que sólo un 1,5% de las estudiantes ingresara a una carrera relacionada con las ciencias. Estas cifras representan sólo el final de un largo camino que se inició desde la cuna, cuando las expectativas de una niña, por el sólo hecho de haber nacido mujer, fueron distintas.

De esta manera, la PSU sólo viene a coronar esta historia con un halo de objetividad y mérito que no es tal. Los puntajes de la PSU son una versión distorsionada de la realidad: sabemos que segrega socioeconómicamente, permitiendo que alguien que ha pagado un preuniversitario caro se le considere “buen estudiante”, digno o digna de entrar a la universidad. Algo que hasta hace unos años no era cuestionado, pero que hoy incluso es denunciado por uno de los propios puntajes nacionales (“Creo que tiene más mérito alguien de un municipal que haya obtenido 700 puntos”).

Sigamos abriendo el debate hacia otros grupos postergados y discriminados por la PSU, como las mujeres o quienes estudian en establecimientos técnicos. Esto debería escandalizarnos y dolernos tanto como las brechas socioeconómicas. Si este año el Cruch tomó una de las recomendaciones del informe Pearson –eliminando el descuento por respuestas malas– esperaríamos que en los próximos procesos de admisión se velara por una prueba sin sexismo. Partamos por aquí. Las y los jóvenes de Chile lo necesitan.

*Arelis Uribe y Myriam Aravena son parte del equipo de la Fundación Educación 2020