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Para la comunidad de la parroquia Ascensión del Señor, el arribo de un nuevo sacerdote siempre había sido motivo de celebración. En marzo de 2013, sin embargo, la llegada del “padre Diego” sembró dudas: “El padre Diego llegará como huésped. Él puede hacer misa, pero no puede confesar en solitario, ni tampoco trabajar con jóvenes”, dijo el párroco Moisés Atisha durante una reunión con los feligreses. La comunidad, inquieta por conocer detalles de la vida del nuevo cura, comenzó a investigar, pero la presencia de Diego se convirtió en un enmarañado acertijo: ¿Qué había detrás de un cura sin apellido y con tantas restricciones?, se preguntaban los coordinadores de las cuatro capillas que pertenecían a la parroquia.

En la comunidad de la capilla Cristo Resucitado no hay certeza sobre la fecha en que descubrieron que Diego Ossa era uno de los más cercanos discípulos de Fernando Karadima, pero aseguran que todo partió cuando una señora leyó el libro “Karadima, el señor de los infiernos”, y se dio cuenta que el “padre Diego” y Diego Ossa eran la misma persona. El rumor se esparció rápidamente y los coordinadores citaron a una reunión con urgencia. Acordaron pedirle explicaciones a Atisha. Las principales inquietudes surgieron de los jóvenes.

-Atisha nos quería hacer creer que él estaba sano, pero era una persona inestable. Nos decía que los jóvenes éramos parte del proceso de sanación de Diego Ossa, pero ninguno de nosotros quería que él llegara. Las únicas que estaban contentas eran unas señoras antiguas, que le llevaban el amén en todo –recuerda Felipe Osorio, coordinador de la pastoral juvenil de la capilla Cristo Resucitado.

Osorio se dio la tarea diaria de leer todo lo que apareciera sobre Karadima y Ossa. Comenzó por los reportajes, luego los libros y posteriormente llegaría a leer incluso parte de la investigación judicial hecha por el fiscal Xavier Armendáriz. El asunto captó todo su interés y el de una gran parte de los feligreses de la capilla. Tanto, que a las pocas semanas de su llegada, los jóvenes llamaron a una asamblea, y allí decidieron echarlo. Se formaron cuadrillas para juntar firmas y se instalaron con una mesa afuera del templo.

-A Moisés Atisha le propusieron hacerse cargo de Diego Ossa en una reunión en la casa de Ricardo Ezzati donde además estaba el vicario de la zona Poniente, Héctor Gallardo. Antes de eso, habían tratado de meterlo en una parroquia en Huechuraba, pero allá el vicario de la Zona Norte convocó a un consejo decanal y los curas se opusieron –recuerda un coordinador.

Lo que más indignó a los feligreses fue el comportamiento de las autoridades de la Iglesia. Se sintieron pasados a llevar, usados.

-La Iglesia se aprovechó de la desinformación y el poco nivel educacional de la gente. Acá hay muchas personas mayores de edad que ven a la Iglesia como intocable. Ezzati jamás lo hubiera mandado a una parroquia de Las Condes, Vitacura o Lo Barnechea, y creyó que acá iba a pasar piola, pero se equivocó –agrega Osorio.

Allí comenzó la rebelión.

DIEGO OSSA

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Diego Ossa tenía 29 años cuando se ordenó sacerdote. Había entrado a la parroquia de El Bosque en la década del 80 y durante todos esos años vivió al alero de Fernando Karadima, su guía espiritual. Su primera destinación como sacerdote fue en la Parroquia El Señor de Renca, lugar donde estuvo desde 1993 a 1996. Allí conoció a Óscar Osbén, un joven que se preparaba para la confirmación y a quien nombró como su secretario personal.

Osbén se pasaba todos los días en la parroquia. Allá cocinaba, hacía los mandados, mantenía el aseo en las dependencias, y ayudaba a recolectar el dinero en las misas. Parecía un religioso más, al punto que una vez le permitieron oficiar un responso en un funeral. Ossa se convirtió en su guía espiritual y lo llevó a la Parroquia Jesús Carpintero, donde se cambió, y posteriormente lo presentó en la Parroquia El Bosque. Fue en ese período que –según dice- sufrió un abuso sexual. El 9 de julio de 2010, declaró ante el fiscal Xavier Armendáriz, que llevaba la investigación contra Karadima. Le dijo que al ver en la televisión el testimonio de James Hamilton y Juan Carlos Cruz, revivió el abuso que sufrió en febrero de 2003 por parte de Diego Ossa. Osbén confesó que un día se había quedado a dormir en la casa parroquial y que durante la madrugada el cura le había pedido que se acostara junto a él: “Le dije que no, que ni loco, me repitió que lo hiciera, hasta que me acerqué y me puso la mano en los genitales, y me empezó a masajear el pene, lo que me provocó una erección y lo hizo hasta que eyaculé”, le dijo al fiscal.

Osbén declaró, también, que pudiendo haberlo apartado –tenía 24 años y era maceteado- no lo hizo, porque no supo cómo reaccionar. Luego de eso dejó de verlo por un tiempo, pero a los pocos meses se puso en la buena. Dijo que en septiembre de 2005 el cura lo casó y que pagó parte de la fiesta del matrimonio. A partir de ese año, nuevamente dejaron de verse. Osbén se radicó en Linares y mantuvo contacto con él a través de correos electrónicos. En ellos le contaba cómo le iba en su vida y aprovechaba de pedirle dinero cuando se veía muy apretado en las finanzas. En uno de esos correos, le dijo que iba a ser padre por segunda vez y que estaba deseoso de que fuera un niño: “Ojalá sea hombre, para que sea su secretario”, le escribió.

En abril de 2010, ambos retomaron la correspondencia. Esta vez el tono fue distinto. Luego de que estalló el caso Karadima, Osbén redactó un mensaje para pedirle dinero. Le recordó el episodio de aquella noche de 2003 y le detalló un listado de deudas urgentes que debía cubrir. Le pidió 100 millones de pesos para pagar un crédito hipotecario, uno de consumo, uno automotriz, diversos préstamos informales, y un excedente de más de 50 millones que usaría como capital de trabajo para reinventarse. Ossa dejó la negociación en manos del abogado Juan Pablo Bulnes, quien canceló cerca de 10 millones de pesos y le dijo que en adelante hablarían de “ayuda” y no de compensación.

El relato coincide con la carta que el Cardenal Francisco Javier Errázuriz le escribió el 18 de julio de 2010 a Diego Ossa, y cuyo contenido se conoció la semana pasada en The Clinic online. Allí queda claro que Errázuriz le entregó sugerencias sobre cómo abordar el tema y que él fue el de la idea de dejar todo en manos del abogado Bulnes: “Seguramente recuerdas mi proposición para hacer más verosímil tu versión: que el dinero entregado era una obra de misericordia y no una medida para acallar a un denunciante”, dice la nota.

El plan, sin embargo, no resultó. La operación era seguida de cerca por Carlos Espinoza, sacristán de la parroquia a quien Osbén le había confesado todo. Ante el fiscal Armendáriz, Espinoza ratificó su testimonio y agregó que Karadima era el que mandaba, y Ossa, el segundo a bordo. Dio a entender, también, que ambos tenían una extraña relación, y que algunas personas que trabajaban en la parroquia habían visto varias veces al párroco manoseando al cura.

Luego de eso, Diego Ossa presentó todos los correos a la fiscalía. A pesar de reprobar la conducta de Ósben, no quiso hacer un reclamo en su contra. En su declaración defendió a Karadima: “Las acusaciones mismas me parecen absolutamente increíbles y sin fundamento… El padre Karadima es una figura intachable y que ha formado tantos matrimonios cristianos, miles de jóvenes que sirven hoy a la iglesia y a la patria, y 50 sacerdotes, entre ellos cinco obispos”, le dijo.

A comienzos de 2011, el recién asumido arzobispo de Santiago Ricardo Ezzati, comenzó a desmantelar la Pía Unión, agrupación de la cual Karadima se había apoderado para contener a los curas y obispos que fueron formados bajo su mando. Allí empezó el peregrinaje de Ossa.

LA REBELIÓN DE PUDAHUEL

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A comienzos de 2013, Diego Ossa llegó a vivir en una casa ubicada en las intersecciones de la calle Corona Sueca con Avenida Las Torres, en la comuna de Lo Prado. Allá también residía Moisés Atisha y el ex párroco de San Francisco de Sales, Marcelo Gálvez, que había sido destinado allí en castigo por humillar a la modelo Lucila Vit, luego que en plena misa en recuerdo de su hermano, la reprendiera por ir a la iglesia con falda: “Señor, esto es una falta de respeto. Soy un ser humano y también se me van los ojos”, le dijo a los feligreses.

Quienes conocen esa casa dicen que lo que se ve por fuera es muy distinto a lo que hay adentro: “Las paredes están todas rayadas, parece una casa precaria, pero adentro viven como reyes. A Diego Ossa le hicieron un departamento aparte de la casa, y el cura Gálvez cambió la ducha por un shower Door e instaló máquinas de ejercicio en su pieza”, cuenta un cercano a los sacerdotes que ha estado allí.

Bajo el mismo techo, Moisés Atisha se convirtió en un acérrimo defensor de Ossa. Usó toda su autoridad para acallar el levantamiento de laicos de la capilla Cristo Resucitado. Su primera medida fue la ley del hielo con los jóvenes. La segunda, fue llamar a terreno a las autoridades de la zona. Para eso convocó a una reunión entre los coordinadores de los templos y el obispo auxiliar de Santiago Galo Fernández. Se juntaron el 23 de abril de 2013 y le exigieron explicaciones: “No he tenido el ánimo de ocultar nada, no somos quién para juzgar a una persona que aún no se le comprueba ningún delito”, les dijo el obispo escuetamente.

-Nos acusaron de revolver los ánimos y nos dijeron que Diego Ossa era una víctima y no un abusador. Galo Fernández le bajó el perfil a todo, hasta entonces él era un cura bueno, progresista, que se preocupaba de los jóvenes, pero desde ese momento perdió todo nuestro respeto –explica Felipe Osorio, coordinador de la pastoral juvenil.

El respaldo de Fernández le dio a Ossa cierta autonomía. Comenzó a hacer misa en las otras capillas de la parroquia y el decanato lo consideró dentro la programación de actividades en la comunidad. Los feligreses, en tanto, acudieron al vicario judicial Jaime Ortiz, quien llevaba la investigación contra Juan Esteban Morales, ex párroco de El Bosque que se había convertido en la persona más cercana a Karadima. Según cuenta un coordinador, Ortiz fue el único que se puso en el lugar de las víctimas: “Nos dijo que Ossa era una persona dañada y que no debía estar en una parroquia”, recuerda.

Los jóvenes también se movilizaron. Contactaron a José Andrés Murillo para que fuera a dar una charla sobre abusos sexuales, y de paso confirmaron todas sus sospechas: “Tuvimos que juntarnos en un colegio, porque Moisés Atisha no quiso pasarnos la parroquia. Fueron como 30 jóvenes y hasta llegó el alcalde Johnny Carrasco”, cuenta Osorio, organizador del encuentro.

La visita de Murillo provocó el quiebre entre el párroco y la comunidad. La apatía de Atisha hizo que los laicos se alejaran del templo y las misas comenzaron a celebrarse con menos de quince personas. A sus más cercanos, el párroco les decía que había perdido el feeling con los jóvenes, hasta el punto que en el 2014 nadie se inscribió para la confirmación. El 1 de abril de ese año, el movimiento en contra de Diego Ossa obtuvo su victoria: el cura había sido reubicado en la Parroquia Cristo de Emaús, bajo la tutela de Marcelo Gálvez. Una de las últimas actividades que realizó en Pudahuel fue oficiar de profesor del curso de Cristología II, durante la escuela de verano del decanato.

El triunfo fue tomado con cautela por los jóvenes. Si bien habían logrado sacarlo de la comuna, Ossa seguía viviendo en la misma casa parroquial. Tampoco iría tan lejos. Marcelo Gálvez comenzó a llevarlo a sus misas en Lo Prado.

-El fallo de Karadima dice que formaba súbditos sicológicos y Diego era uno de esos. Él es un tipo que compartió 30 años con un pederasta, de manera que tiene una alta probabilidad de repetir el patrón. Fue súper negligente que la Iglesia lo mandara para acá a sanarse –agrega un feligrés.

El 21 de noviembre de ese mismo año, Moisés Atisha fue nombrado obispo de Arica. En la capilla Cristo Resucitado, muchos leyeron ese gesto como un pago por haberse hecho cargo del problema.

VICARIO EN LO PRADO

El día en que los feligreses de la parroquia Cristo de Emaús se enteraron que Diego Ossa era cercano a Fernando Karadima, fueron en masa a hacerle una encerrona al párroco Marcelo Gálvez. Lo abordaron a la salida de una misa en la capilla San Alberto Hurtado.

-¡Usted fue deshonesto con nosotros, fue chueco! Nos instaló al Diego acá y no nos dijo que era uno de los más cercanos a Karadima -le gritó con molestia Patricia Agurto, catequista de la parroquia, apenas lo vio en la sacristía.

Marcelo Gálvez, que odiaba las aglomeraciones, dejó perplejo a todos los presentes con su respuesta.

-Quería que aprendieran a conocerlo, que supieran que es una buena persona –habría dicho el cura.

La reunión –según cuenta Patricia- terminó a los gritos, con los feligreses tratando al párroco de “patrón de fundo” y con Gálvez argumentando que “la prensa le quería hacer daño a Diego, y que los buenos cristianos no cuestionaban a sus pastores”. Un asistente a la reunión recuerda que el sacerdote los despidió con una oración: “Dijo, Señor, se aproxima tu nacimiento, has nacer en nuestros corazones la fraternidad y el entendimiento. Acogemos a los que están complicados”. Luego de eso, todos entendieron que el cura apoyaba a Ossa.

A esa altura, Diego Ossa trabajaba hace ocho meses en la parroquia, hacía misas, responsos, confesaba niños, y también había salido a unas actividades con los jóvenes. Había asumido protagonismo luego que a fines de 2013, Marcelo Gálvez sufriera un problema al corazón, poco tiempo antes de que se decretara oficialmente su nombramiento como vicario y dejara de cumplir funciones en Pudahuel. Al principio, su arribo fue un salvavidas para la comunidad.

-Al Marcelo Gálvez no le interesaba trabajar con los jóvenes, pero llegó el padre Diego, que demostró tener gran cercanía con ellos. Yo no sabía quién era, por eso lo encontré espectacular –recuerda Patricia.

La cercanía con Karadima, sin embargo, cambió completamente las cosas. Tal como ocurrió en Pudahuel, los primero que hicieron en la capilla Cristo de Emaús fue recopilar antecedentes. Se juntaron en la casa de un coordinador y en un proyector comenzaron a estudiar cada uno de los antecedentes del caso. Se contactaron con los disidentes de Pudahuel y se enteraron que Ossa también había tenido un arribo frustrado en Huechuraba. Los nuevos datos, sin embargo, no impidieron que Gálvez lo nombrara como catequista. Fue una clara demostración de poder hacia el grupo opositor, que amenazó con hablar en la prensa y volantear en la feria el prontuario del cura. Por segunda vez, el obispo auxiliar Galo Fernández se hizo cargo de la situación. Esta vez fue más tajante: “Galo dijo que iba a prohibirle al Diego que tuviera contacto con niños y jóvenes, pero que no iba a pasar lo mismo que había ocurrido en Pudahuel, porque él estaba en un proceso de mejora”, cuenta Patricia.

Durante la primera comunión de ese año, Ossa no estuvo presente. La disidencia interpretó eso como una victoria, pero en los días posteriores Marcelo Gálvez se encargó de desactivar cualquier otro intento de rebelión. Le dijo a los feligreses que las personas que buscaban sacar a Diego eran los culpables de la baja asistencia que tenían las misas. También contactó a algunos laicos de la parroquia San Francisco de Sales para convertirlos en benefactores de los jóvenes que habían quedado en la universidad. Luego de eso, nadie volvió a molestar a Diego Ossa.

-Marcelo nos echó. Yo voy igual a misa, pero no recibo nada de él: me corro, no lo saludo, ni tampoco comulgo.
Antes, cuando nosotros teníamos las comuniones, había seis grupos de formación, y ahora con suerte hay uno. La llegada de Diego Ossa dejó a la parroquia sin jóvenes –concluye Patricia Agurto.

*Nota de la redacción: hasta el cierre de esta edición intentamos contactar a Diego Ossa, pero no hubo respuesta a nuestros llamados.