Columna: Si yo fuera pico

peneok

Tal como hay muchos hombres que desearían tener vagina por una día o experimentar un orgasmo femenino, existen también miles de mujeres –por no decir todas– que pagarían por saber cómo se siente poseer entre las piernas un trozo de carne que tiene vida propia, se llena de sangre, exhibe su deseo sin pudor y piensa casi de manera independiente. La herramienta externa cuya fisonomía constituye un culto universal para hombres y mujeres. Un falo. Un obelisco. Un pene. Una pija. Una verga. Un miembro.

Me pregunto cómo sería el mío, y esto me obliga a enfrentar algunas de las más profundas interrogantes existenciales: ¿Lo tendría grande o lo tendría chico? ¿Usaría preservativo o me manejaría a fierro pelado? ¿Se me pararía bien o lo tendría medio fofo? ¿Sería pichula loca o conejo de una sola cueva? ¿Me habría pegado ladillas, herpes, clamidia, condilomas, chancro, verrugas, gonorrea? ¿Lo tendría siempre limpio o a veces con bufanda del cóndor? ¿Sería medio pajero, pajero a secas o entero pajero? ¿Practicaría el orgasmo seco como propone el Tao o expulsaría siempre el “líquido dañino”? ¿Me aventuraría en las profundidades del coprofílico y majestuoso sexo anal?

Entro a buscar consuelo y respuestas al “templo del éxtasis”, una pequeña capilla porteña que no se dedica a la religión sino a la venta de juguetes eróticos. El lugar es estrecho y oculto como una vagina, pero lleno de falos de diversos colores y materiales. Me mareo entre tanta pichula colgando, hasta que encuentro un “órgano sexual femenino”. Es una goma negra bien poco atractiva, con un agujero para introducir el pene, aplicando un lubricante. “Mete tu dedo”, me dice con rostro sexualoide el dueño del peculiar almacén. Lo hago y queda como atrapado en la oscura cavidad. Juego un rato a meterlo y sacarlo y percibo la mirada torcida del regente sobre mí. Pruebo con dos y luego con tres. Siento placer. Parte de mi mano se vuelve pico y experimento un poco la desconocida emoción.

Tener pirula debe ser entretenido, me digo mientras camino y huelo mis dedos. El pene constituye por sí mismo libertad sexual. Es la que cuelga. No hay que escudriñar para encontrarlo, tocarlo, lavarlo, masturbarlo. Permite mear parado y sin usar papel de Matte, ya que con tres sacudidas basta (más de eso es paja). Pienso en todo esto y me dan unas ganas tremendas de ir al baño. Entro al de la pérgola de flores y meo leyendo una y otra vez “pico y zorra se aman”. Me seco, y al ver la sangre en el papel entiendo por qué ando tan compleja. La ingrávida menstruación me alivia cuerpo y mente y buceo de nuevo en mis fálicos desvaríos.

Mi miembro, si tuviera, seguro no sería tan grande, ya que nada es voluptuoso en mi cuerpo de mujer. Lo metería muy fuerte y profundo en mi amada por años o suave y sin hacer daño en la “novedad” femenina (o viceversa). No creo en el “orgasmo seco” del tantra, por lo tanto inseminaría con mi esperma óvulos, caras, tetas, ombligos, culos y otras delicadas superficies femeninas. Penetraría sin asco todo orificio. Adoraría que me lo chuparan. Usaría preservativo si tengo o si algo me dice que lo haga, aunque le dejaría mucho a la ocasión y la intuición. Pero, por sobre todo, estaría pensando de forma constante cómo hacer para recuperar mi dulce, tibia, añosa, penetrable, siempre húmeda y a estas alturas no tan apretada vagina.

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