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En el año 1943, el fallecido escritor argentino Ernesto Sabato, autor de las novelas -entrelazadas entres sí- “El túnel”, “Sobre héroes y tumbas” y “Abaddón el exterminador”, optó por dejar definitivamente su promisoria carrera como científico para entregarse de lleno a la literatura. Su decisión implicó partir, junto a su mujer y su primer hijo, a una casa en un lugar de la provincia de Córdoba, donde no tenía agua ni luz.

Hace dos años atrás, en un arranque existencial a la altura del que tuvo el autor del ensayo “La resistencia”, el ex ministro del gobierno de Ricardo Lagos, Eduardo Donckendorff, parado en la ventana de su departamento en Providencia se hizo, acaso, las mismas preguntas y decidió irse. Se llevó un piano y, al igual que Sabato más de medio siglo atrás se lanzó a la aventura de escribir.

Hoy vive sin agua, sin luz, sin gas, sin isapre ni AFP. Se define como “feliz”. Acá la historia contada en La Segunda.

“¿Cómo me encontraron? porque acá sólo me visitan los pájaros”, dice el extitular de la Segpres a los periodistas que llegan para retratar su historia.

De entrada, cuentan, les ofrece una cerveza helada, las que mantiene de esa manera gracias al agua que llega de una vertiente.

Dockendorff vive en una cabaña a 10 pasos del lago Ralco desde donde sólo se escuchan el ladrido de su pastor alemán llamado “Ronco” y las notas de su piano cuando interpreta a Brahms o Bach.

Vive sólo con su mascota, tiempo atrás se separó de su esposa en Santiago, y la casa se aprecia cargada de libros de distintas temáticas como filosofía, historia y política.

Como no tiene luz, se alumbra con velas, por lo que -junto con una lámpara colgante- el lugar se encuentra atestado de candelabros.

Tampoco tiene agua potable. En el baño hay un pozo, y ocupa el agua que le hiela las cervezas, y que baja, fresca, desde la cordillera.

Tiene una cocina a leña, pero no la usa, pues cada dos semanas baja a Los Ángeles para abastecerse. Compra botellas de agua, lácteos y embutidos.

“Me da lata lavar, así que todos los días como un contundente desayuno con huevos o paltas y el resto del día como frutos secos”, cuenta.

La casa del ex secretario de Estado tampoco tiene señal de telefonía por lo que su desconexión es total.

“Siempre tuvo tendencia a la soledad, le gustaba leer y escuchar música”, recuerda el DC, Aldo Cornejo, a quien asesoró en Valparaíso.

El giro

Cuenta Dockendorff que la decisión de dar un giro a su vida llegó en el año 2013, mirando por la ventana del departamento ubicado en la calle Eliodoro Yáñez al que llegó después la separación de Isabel, la madre de sus cuatro hijos.

Dice que pensó en su jubilación, que se vio sentado en una plaza dando de comer a las palomas. La imagen no le gustó y fue cuando determinó que debía partir.

Arregló su salida de la Universidad de Chile, tomó su piano, sus libros y se fue rumbo a su casa en el Alto Bío-Bío.

En la partida, regaló cuanto pudo para desprenderse de cosas materiales que no tendrían espacio en su retiro al sur.

Con el finiquito, tras arreglar su salida de la Casa de Bello, pagó deudas y armó su viaje a su parcela en Ralco.

En esta nueva vida, el exministro no sólo no paga cuentas básicas, sino que tampoco tiene AFP ni isapre.

Sus amigos, confiesa, le insisten que no puede vivir sin cobertura de salud, que puede enfermar.

“Yo les digo que no lo necesito, porque perdí el miedo a enfermarme, a perder el trabajo, a quedarme sin casa. Todos son fantasmas que sólo viven para enfermarnos”, asegura.

Al ser consultado por el tiempo que piensa quedarse, responde con contundencia… “no lo sé, pero por ahora no tengo ganas de volver. Soy feliz acá”.