Los elogios de Gabriela Mistral a la educación yanqui

Ensayos, artículos de prensa, discursos y entrevistas son lo que trae “Por la humanidad futura” (La Pollera Ediciones), antología política de Gabriela Mistral que se nutrió en buena parte de su legado inédito. Es el caso del texto que aquí adelantamos, escrito al calor de la Segunda Guerra y donde la poeta, en su estilo inconfundible, resalta las virtudes de la educación y la cultura estadounidenses a partir de su propia experiencia en ese país. Que los gringos son menos sexistas y más vitales, que no dejan botado al alumno del montón, que se muestran como son y no se van por la tangente, son algunos de los piropos que podrían resumirse en esta provocadora frase: “El yanqui es un demócrata puro”.

gabriela mistral

Estas impresiones de los estudiantes americanos no son frescas ya que arrancaron del año 30. Sin embargo, yo me las tengo por actuales, pues la juventud de Nueva York que conocí, y que oí llamar con el mote de “futurista”, corresponde exactamente a la actual generación, a los dueños de la guerra y de la post-guerra y a los autores de la libertad que de ello estamos esperando día a día. Hojear, revisar, voltear sus imágenes es para mí grato y dulcísimo, y me es saludable declarar que tuve complacencias viviendo entre un pueblo diferente e incluso opuesto al mío, así en las líneas físicas como en las espirituales.

Los opuestos me levantan un caliente interés; son los que se aferran a mi memoria como por una garra metálica; son como los tejidos de colores fuertes que se me quedan indemnes por años y años en mis baúles de viaje.

Sabía muy bien que era toda una aventura ir a enseñar en país sajón, sin llevar el manejo suelto de la lengua y estando hecha de una substancia sudamericana absoluta y acérrima, que nada tiene de aleatoria, de aceptadora, de fácil.

“SINCERIDAD PERMANENTE”

Diré más de las mujeres que de los hombres, sin reteñir mucho sus distingos. Así como la educación sudamericana pone un énfasis enorme en separar los sexos, hasta que lleguen a parecer el uno súper-vegetal y el otro ultra-zoológico, los americanos parecen haberse empeñado en desmoronar el muro divisorio del cal y canto.

Fue mi trabajo con aquella juventud extranjera lo que me consoló y lo que me afirmó las vigas de vida, que yo llevaba a punto del derrumbe, por la pérdida recentísima de mi madre; fueron ellos quienes me hicieron tolerable el mal invierno, la comida tan forastera al paladar, y la costumbre, tan lejana como la estrella Sirius.

Pienso en que, si recibí todo ese bien, es que hay en el americano a pesar de sus angulosidades y sus levaduras ásperas, unas anchas virtudes de liberalidad, de convivencia aceptadora.

La juventud americana de los Colleges, deslumbra al Profesor más o menos latino, cuando se le presentan en masa. (…) Aquellos escuadrones de carne próspera, cortada en lo alto por unos ojos masculinos que miran con un coraje de pájaros del mar o que saludan en una mirada femenina precisa y experta, que no tiene la vaguedad de la nuestra, aquel bastión corporal rayado por unos ademanes rápidos y ejecutivos, son sin duda el cartel mayor del élan vital con que cuenta el mundo a estas horas.

Por el año 31 tal equipo americano que yo llamaría solar, aunque sea tan terrestre, nos parecía un exceso de fuerza, un rojo chorro de sensualidad que sobrepasaba las necesidades de lo industrial y lo comercial. A las gentes latinas, y no realmente greco-romanas, a nosotros, desdeñadores de la corporalidad, desnutridos por miserias artificiales y voluntariamente morosos en el ritmo vital, el espectáculo de un desfile de estudiantes, o la vista de cualquier stadium yanqui, nos daba una impresión de entrenamiento superlativo de trop-plein nacional. (Aquí yo digo nos por solidaridad; realmente a un chileno estas maratones le alegran los sentidos marítimos y andinos que son los suyos).

No preveían, no adivinaban franceses, italianos ni iberos que estaba cerca y tanto la hora en la cual Europa necesitaría de ese metal humano, de esa valla de carne explosiva, para salvar sus instituciones y el orbe entero de su cultura.

Después de la toma de contacto del Profesor con las paradas leoninas de los Colleges viene la aproximación individual, en el aula, la cual siempre será delicada de manejar por seres antípodas. Pero sabemos que esta prueba resulta sorprendentemente llana con el americano. Dicen que el yanqui resulta fácil por elemental; y alguno asegura que el acceso inmediato del extraño al alma americana es el mismo de la máquina que no conoce oposiciones ni rechazos.

Cada cual cuenta a sus guías, cada uno da el testimonio lateral de los camaradas que le tocaron en suerte; los míos fueron allí principalmente profesores. Estos me parecieron unas curiosas y bellas criaturas que en consecuencia de su oficio y por fuerza de él, adoptaron la mentalidad y el método que facilitan hasta el último término la relación gremial y añadamos que la relación humana tout court. Por otra parte, yo tengo a los maestros americanos como aristocracia moral de la nación; y creo que ellos valen para reemplazar en su patria esa clase, allá mínima o inexistente. Hay en esos profesores el deseo de dejarse deletrear de inmediato, de anticiparse a la averiguación que deseamos hacer sobre ellos, de suprimir la espera, y de ofrecerse sin reservas, tal como se ofrecen sus rutas al turismo. Saben muy bien que la sencillez es la mejor política hallada hasta hoy para un comercio espiritual, y les fatiga y empalaga el barroquismo de las viejas sociedades europeas, retorcido y dorado. En mis discípulas mozas de Vassar College y en los alumnos-profesores de mi curso de verano en Vermont, había una clara voluntad de dar y recibir la confianza y de madurar la amistad, según maduran allí fruta remolona, con una presión doblada del calor.

Como su rascacielos enorme y elemental, el americano quiere ser visto y entendido de inmediato, da libre tránsito a su alma y se le pide al colega lo mismo que al consorcio comercial. Anda en esto algo de su prisa, o anda su lealtad, que él tiene en condición normal y cotidiana y no en virtud lujosa.

Después del resplandor corporal y de la sencillez rasa del trato, yo quiero hacer hincapié en la veracidad, en la sinceridad permanente de aquellos alumnos míos.

El hombre vascongado nos dejó en Chile el hábito de una verdad cruda. Los indigenistas solemos decir que las únicas utilidades de la conquista son el cristianismo y el reemplazo del carácter emboscado del indio por el veraz del soldado español. Recobrar esta franqueza como quien recupera el clima patrio tenía que causarme alegría.

Desde la primera hasta mi última clase de Estados Unidos, yo gocé un gran alivio: no me movía dentro de un matorral de intenciones embozadas, sino sobre un gran despejo de veracidad, por donde podía caminar sin cuidado, como el que marcha por meseta o pampa abierta. A mis preguntas, en la clase o fuera de ella, sobre asunto escolar o no escolar, agradable o ingrato de responder, así se refería a defectos americanos, mis alumnos me respondían sin escabullir el bulto de la pregunta ni el riesgo de la respuesta. Este hábito salubérrimo de verdad, en sus diversos grados y modos, llámese derechura moral, llámese honestidad, o llámese confianza, crea en la sala de clase una holgura gratísima, ahorra los rodeos y allana la relación entre maestros y alumno. Tal situación bastaría por sí sola, para crear el éxito en el trueque de las almas que llamamos enseñanza y para dar eficacia a la manipulación íntima que nombramos clase.

“IGUALITARIOS DE TOMO Y LOMO”

Otra característica de la enseñanza yanqui me parece que sea la voluntad decidida de habilitar y valorizar al individuo común, aunque ello tenga que cumplirse con el sacrificio de los niños geniales. Las democracias, mientras más genuinas son, más verticalmente protegen al hombre medio que Mr. Wallace ha indicado como el que dominará el siglo venidero.

Los Estados Unidos estiman a esa masa de ciudadanía gris, porque la ven como la red inmensa de los canales de regadío cuya utilidad ellos creen mayor que la de los tipos súper-dotados a los que tal vez miren como unas pocas cascadas lujosas y excesivas. El yanqui es un demócrata puro, un igualitario de tomo y lomo, y ha querido obtener del alumno mediano una cosecha tan fértil que equivale al rendimiento que los latinos sacamos de un tipo superior.

Esta voluntad deliberada de valorizar al estudiante corriente, y hasta el inferior, se hace allí palpable en el repertorio infinito de métodos, de vías, de malicias técnicas, con que ellos ayudan al flaco y excitan al inapetente. La pedagogía, al igual de la agricultura americana –y Mr. Wallace es un técnico agrícola– vive inventando teorías y trucos, ideas y andaderas, hasta procurar un rendimiento que tal vez ningún pueblo haya alcanzado nunca del niño y de la tierra pobres. Como alguien que rastrease y hurgase en todas las materias terrestres para arrancar de ellas las sales calcáreas, el humus y las cenizas dobladoras de las cosechas, la escuela americana ensaya y adopta los métodos que le valgan para esta dominante y casi excluyente finalidad. Por exagerada y pintoresca que suele parecer su empresa, hay que declarar esto: ella logra bastante, promoviendo al alumno medio desde una parda suficiencia a una decorosa capacidad y aun cierto brillo. Debemos celebrar el fondo de ética profesional y de impulso generoso palpables en tal programa, que por desventura no fue el nuestro sino en Sarmiento. No me acuerdo de un solo alumno de Barnard College, el colegio más democrático donde enseñé, que pareciese un ángulo muerto del aula o la oveja negra del curso. El llamado nivel de la clase resultaba siempre honorable, y no me dejó nunca desalentada al final de la hora ni me llevó a la boca el dejo amargo de la corrección de los trabajos escritos cuando estos resultan deplorables.
Yo no quiero decir con esto que los Estados Unidos sean una mesocracia, según afirman otros: toda la llanura levanta aquí y allá grande robles o anchas encinas; en todo lugar se produce, a Dios gracias, y contra viento y marea, el hombre magistral, el arquitecto de las cosas que ya se crearon y de las que deben seguir creándose. (…) En todo caso, es curioso observar cómo los hombres representativos de los Estados Unidos que el mundo les da por símbolos, no corresponden a la llanura y nada tiene de mesocracia. Las letras mayúsculas que siguen constituyendo el índice americano se llaman Lincoln, Washington, Edison, Poe, Emerson, Whitman y Thoreau. A ninguno de ellos podemos meterlo en el cubo del hombre estándar que el americano actual escoge, talvez por política electoral como bandera.

Ellos son geniales por el intelecto o por la volición, y traen el rango estampado sobre sus potencias.

Pero la originalidad del genio americano, consiste en que la índole de su “aristos”, al revés del “aristos” griego, romano, inglés o español, consiste en que los altos limos que se desprenden de sus alturas geniales se gastaron siempre en servir a su opuesto, a la multitud desvalida de contorno, a la masa que siempre será débil por inorgánica y porque vive sobre el peligro de su pulverización.

“AMORPROPIOSAS”

Se dan los juicios más dispares sobre la rebosada satisfacción de sí mismo que habría en el norteamericano. (…) Querría decir solamente que mis muchachas yanquis me parecieron amorpropiosas, nada orgullosas y nunca soberbias. La propia estimación que les vi, se las hallé salubre, útil y justa. Aquel estudiantado, lo mismo que la masa obrera y los empleados yanquis trabaja en serio, y a veces con dureza. No hay como trabajar así, rudamente para sobreestimar lo que se hace y exigir a los maestros la consideración del esfuerzo y las buenas calificaciones.

Cuando llamo amorpropiosas a mis alumnas, indico cierta satisfacción y un decoro subido del propio trabajo que, como las especias en la comida, yo tengo por útiles pues sirven de acicate a la voluntad o al paladar.

Los criollos que suelen envidiar los altos salarios o los ascensos descomunales en los empleos yanquis, poco saben del trabajo especializado, recio y tiránico que se paga con esos salarios y esas promociones. En nuestros pueblos, la jornada es larga, pero blanda y aun lánguida, y las promociones suelen venir de industrias o malicias político electorales. La muchacha de Barnard College, tanto como la millonaria de Vassar College, no piensa en hacer chacota con la clase o con los “deberes”, porque no se le ocurre burlarse de sí misma y quemar sus dineros en vano pues bastante cara es la enseñanza en EE.UU.

En lo que se refiere a su atención a las clases y al respeto hacia el Profesor, el alumno va hasta demasiado lejos. Por ejemplo, él registra, anota o escribe cuanto escucha, y todos sabemos que tratándose de un oficio tan gárrulo como el nuestro, siendo el magíster una fuente destapada y abundantísima, no deberá nunca cogérsenos el chorro oral sino esperar los semillones que lleva de arrastre y nada más que esos núcleos.

Pero por vicio de escrúpulo, por exageración de celo, el colegial americano resulta un recogedor tremendo de notas. Y por esta misma fidelidad él trabajará un tercio de noche en sus mazos de información aceptándolo todo, sin espíritu crítico, porque desconfía de su juicio personal y sobreestima al Maestro hasta el punto de aceptarle entero el rodado de piedra de los datos áridos y sueltos; más le fatigan que lo nutren por su falta de unidad vertebrada.

Mucho más tarde este alumno se libertará de apuntes, de textos, de todo, y se descargará por quedar en sí mismo; pero sólo en el día de la liberación, de justa venganza y de buena hoguera, se abrirá su mayoría de edad intelectual.

POR LA HUMANIDAD FUTURA
Antología política de Gabriela Mistral
Investigación y edición: Diego Del Pozo
La Pollera Ediciones, 2015, 319 páginas

The Clinic Newsletter
Comentarios