ricardo larrain

¿Qué sensación te deja la partida de Ricardo Larraín?
–Un enorme dolor. Se trata de un gran amigo, y con el cual compartimos una experiencia extraordinaria filmando “La Frontera”, una película tan importante para la cinematografía chilena. Ricardo fue una gran personalidad de la cultura por lo que significó esa película: el primer testimonio de las atrocidades de la dictadura militar recién pasada. Además de ser una de las primeras que trascendió las fronteras del país y del continente.

¿Cómo lo conociste?
–Lo conocí el año 88, en una exhibición de la película argentina “La Historia Oficial”, que en Chile estaba prohibida. La dieron en el cine El Biógrafo en una función privada, casi clandestina. Y afuera, en la calle Lastarria, se me acerca un muchacho joven de rulos y me dice: “Señor Contreras, yo quiero hacer una película con usted”. Era Ricardo Larraín. Me sorprendió la manera en que me ofreció protagonizar una película, de forma tan fresca y extemporánea. Yo pensé que era otro más, como nos suele ocurrir a los actores cada cierto tiempo, que jóvenes cineastas tienen la ambición de hacer su primer largometraje con actores de cierta experiencia, proyectos que generalmente quedan en veremos. Hasta que un año y medio después, me llamó Jorge Goldenberg, coguionista de “La Frontera”. Me dijo: “Pato, estoy terminando de escribir un guión con un chileno, se llama Ricardo Larraín”.

Al leer el guión, ¿imaginaste el éxito que iba a tener?
–Sí, porque era un guión extraordinario. Es una historia tan conmovedora, tan humana, tan llena de humor en esas circunstancias… No un humor para las carcajadas, sino uno que mostraba el carácter de los chilenos prototípicos de las provincias, de las autoridades provinciales, la seriedad caricaturezca de quienes tienen que cuidar del relegado… una cantidad de cosas que hablan de nuestro país. Después de leerlo, le dije a Jorge Goldenberg: “¿Por qué no mandás ese guión al concurso del Festival de La Habana?”. Lo hizo y fue premiado con dinero, algo que hizo viable la filmación de la película.

Los críticos de cine apuntaron que “La Frontera” iba un paso más adelante en lo narrativo y en lo técnico para esa época en el cine chileno.
–Sí, tiene buenos movimientos de cámara y una escritura moderna que hasta hoy, 26 años después, permite ver la película con frescura. Años atrás la vi por el cable y no ha envejecido.

¿Cómo recuerdas el rodaje? El clima era adverso.
–Nos cagamos de frío. Aunque también el buen tiempo nos jugó en contra, porque tuvimos varios días con un sol esplendoroso que no convenía a la película. Recuerdo que para la escena de la balsa hubo que inventar unos humos por ahí, para poner un poco de clima dramático, porque el tiempo acostumbrado en la zona no se dio. Otra escena complicada fue en una pequeña ceremonia con el buzo. Me tuve que desnudar totalmente y hacerlo en la playa, de madrugada, en Puerto Saavedra… no se lo recomiendo a nadie, estaba azul. De lo morenito que soy, adquirí un preocupante color azul. Era muy complicado todo, pero se mantuvo un espíritu de grupo muy fuerte. En este tipo de empresas tan colectivas, con grupos tan variados y numerosos, el humor y el talante de quien conduce es determinante para la buena relación.

¿Y cómo era tu relación director-actor con Larraín?
–Yo miraba con mucha atención lo que él hacía y proponía. De repente me permití sugerir alguna cosa, él escuchó con atención y respeto, pero hizo lo que él quería, ja, ja… Me di cuenta de que era un hombre que la tenía muy clara y no necesitaba que nadie le dijera lo que tenía que hacer. Rápidamente advertí que tenía muchas certezas. Pero tuvimos una relación artística impecable, nunca hubo una discusión o punto de vista que no pudiera ser resuelto. Como él estudió teatro antes de estudiar cine, sabía mucho del trabajo con el actor, entendía muy bien lo que le decía y viceversa.

¿Qué quería ver él en tu interpretación de Ramiro Orellana?
–El personaje es excluyente en su protagonismo, en más del 90% de los planos está en pantalla. Por eso el personaje casi guía la mirada del espectador, no dialoga mucho, no tiene un discurso. Entendí muy bien la consigna de Ricardo, de que en la mirada de Ramiro Orellana estaba todo lo que él quería revelar de esta historia de Chile.

¿De dónde crees que provino esa convicción de Larraín para llevar a cabo un proyecto tan ambicioso para la época?
–Él tomó el rol de ser el primer artista en narrar la tragedia que recién había acontecido en Chile. Y creo que eso fue así porque era un hombre de convicciones éticas y morales muy profundas, de las cuales no hacía ostentación. Yo creo que tenía una poderosa, íntima y pudorosa vida interior, que él cultivaba con mucha laboriosidad. Él se animó a hacer esta película como si un deber moral le hubiese sido dictado: empezar a dar cuenta lo que había pasado en Chile. Para mí es difícil decirlo, siendo el protagonista de la película, pero creo que su importancia política y artística es innegable. Yo también tuve la fortuna de participar –con el mismo rol: profesor– en “La Historia Oficial”, la película argentina que ganó el Oscar en 1986, y ambas fueron, en sus respectivos países, el primer testimonio que se daba de la atrocidad recién vivida. Esta noche voy a ver a Luis Puenzo (director de “La Historia Oficial”), quien quería mucho a Ricardo y comparte con él ese misterioso privilegio.

Mirando hacia atrás, ¿qué significó “La Frontera” para tu trayectoria artística?
–Significa mucho, no sólo en lo artístico. Primero, fue el regreso a mi país de una manera enormemente generosa, con un protagónico en una película tan señera que ya pertenece a la historia. Me halaga que Ricardo me haya elegido para ese rol. En lo humano, tiene una enorme importancia en mi vida, por haber conocido a Ricardo y haber compartido con tantos queridos compañeros esa aventura. Y en lo profesional fue un golazo, porque nuestro trabajo fue reconocido en un montón de festivales y muestras internacionales.

¿Cuándo fue la última vez que viste a Ricardo?
–El último encuentro fue una invitación que me hizo a su casa el año 2013, un día que yo estaba trabajando en Chile. Estaba con toda su familia, hijas, nietos, su pareja. Me abrió las puertas de su intimidad familiar y yo lo tomé como un enorme gesto de cariño y de amistad. Ese domingo preparó una rica paella, porque era un gran cocinero. Era capaz de generar un clima muy especial, creaba comunión, al igual que en la dirección de sus películas.