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18 de Agosto de 2016

Columna de Tal Pinto: Literatura + amor + enfermedad = literatura

“Química y Nicotina es un libro que consigue imponerse a los prejuicios. La intimidad, ese monstruo que se nutre de cursilería, es narrada con aplomo".

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María José Viera-Gallo (Química) y Maori Pérez (Nicotina) son escritores que se mueven, con distinto éxito, en las arenas movedizas del mundillo literario local. Ella es una escritora con un par de novelas en el cuerpo y una colección de cuentos. Él, un escritor prolífico de apenas treinta años que se ha granjeado la fama de raro. Se conocieron, se emparejaron. Decidieron reunir tres meses de correspondencia y publicarla. De eso, se supone, trata “Química y Nicotina”. De un amor entre una mujer que ha vivido en París y Nueva York y un treintañero que vive con su madre. De asimetrías de clase y capital social. Un estilo de romance que hoy explotan nuestros guionistas en sus teleseries.

A pesar de que la premisa parece invitar a cierta clase de lector, el libro es perspicaz. Por ejemplo, ambos, pero sobre todo ella, hacen notorio su malestar con el estado de cosas de la narrativa actual. Identifican algunos de los manierismos de la época: “Me pasa con la nueva-nueva narrativa chilena que me aburre o irrita […] es tan políticamente correcta, por no decir temerosa, asexuada, infantil. ¡Sufren por tan poco!”. Sin embargo, él, un escritor que ha cultivado la figura del artista desaseado, determina que uno de los aspectos de su personalidad no es posible de ficcionar: “ahí donde yo veía un material literario, él veía dolor. Al revés de ciertos escritores que se auspician como sufridos y se victimizan en sus novelas autobiográficas por dos episodios tristes de infancia, él jamás pensó en autoficcionarse. No quería escribir de soledad y de psiquiatras”.

La enfermedad de Pérez envuelve, como una sábana dominical, el discurso amoroso. La rutina de sus días está hecha de píldoras; la de sus meses, de inyecciones quincenales de Modecate. En tiempos de tregua, la condición es objeto de una fina ironía, que tiene por resultado la mejor oración que ha escrito, en la que funda las bases para la construcción del género del “delirio amistoso”: “La enfermedad es muy disfrutable. Tengo siempre de compañía las voces de una gente, a la que he terminado conociendo, y con la que hablo mentalmente cuando estoy solo”. Pero para Pérez su enfermedad también es una especie de pesada égida que usa tanto para guarecerse como para intensificar su relación con el mundo. Como sea, su actitud lo hace más humano y apreciable, distinto, mejor sin duda, del autor de “Diagonales” y “Oceana”. Su más notorio defecto –el color chillón de su escudo– es su voluntad de descubrir lo que hace latir las cosas, que por lo general se manifiesta en observaciones sin importancia o, peor, equivocadas: “Me dijiste: nunca me gustaron los artistas, tienen una mirada demasiado estética hacia el mundo, los escritores en cambio solo quieren contarte una historia”.

Por su parte, María José Viera-Gallo demuestra, una vez más, su sostenido crecimiento como narradora. Aunque muchas de las ideas que informan su proyecto, y que ha dado a conocer en las entrevistas a propósito de la publicación de este libro, sobreestiman el valor de la verdad en la literatura, el resultado de sus aventuras intelectuales es digno de mérito. Cada vez más precisa en el uso del lenguaje: “El fin de un matrimonio es, después de todo, un logro muy poco reconocido”, o, en momentos de crisis, cuando la voz de Pérez comienza a sonar impostada, ella lo desarticula de golpe: “No me hables más en tu idioma. No lo entiendo. Es más: me molesta”.

“Química y Nicotina” es un libro que consigue imponerse a los prejuicios. La intimidad, ese monstruo que se nutre de cursilería, es narrada con aplomo. Estas cartas representan un paso más en la evolución de Viera-Gallo y una oportunidad imperdible para que Pérez reformule su proyecto narrativo.

Química y Nicotina
Maori Pérez y María José Viera-Gallo
Hueders, 2016, 162 páginas

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