La historia de cómo los nazis empepaban a la gente para mantener la euforia del III Reich

Una crónica del diario El País cuenta cómo se fabricaban toneladas de anfetas para que los alemanes rindieran ante la exultante expectativas que despertó el nacionalsocialismo.

Documental Hitler

Una crónica del diario El País de España, titulada “‘Breaking bad’ en la Alemania nazi”, cuenta cómo el régimen totalitario que encabezó Hitler mantenía drogada a la gente para exaltar la supuesta euforia que había despertado, a través de la propaganda y otras técnicas de comunicación, el nacionalsocialismo.

Todo parte a fines de la década del ’30 y antes de que la Alemania nazi se lanzara a la frustrada conquista del mundo. En Berlín, existía la fábrica de medicamentos Temmler. En ésta, entre las paredes que hoy no son más que ruinas, “se prensaban millones de comprimidos de pervitina al día”.

“Estos muros albergaron en su día el laboratorio del doctor Fritz Hauschild, jefe de Farmacología de Temmler entre 1937 y 1941 y buscador de un nuevo tipo de medicamento, una “sustancia potenciadora del rendimiento”. “Esta es la cocina de la droga del III Reich (…) donde nacía la metanfetamina”, reseña el artículo.

El periodista y escritor alemán, Norman Ohler publicó una investigación, basada en archivos históricos, en donde “detalla el uso masivo de metanfetamina en la Alemania nazi, donde era consumida por los ciudadanos, y sobre todo por los soldados”.

Los hechos constatados Ohler derriban de alguna manera el mito de que en la época, el que era el pueblo más alfabetizado del mundo,  se había dejado seducir por Hitler.

“Era una época en la que parecía que el esfuerzo volvía a merecer la pena, pero también una época de exigencias sociales: había que subirse al carro y había que triunfar —aunque solo fuera para no generar desconfianzas—. Al mismo tiempo, el auge generalizado alimentaba la preocupación de no poder mantener un ritmo tan acelerado, mientras que la creciente esquematización del trabajo también planteaba nuevas exigencias al individuo, convertido ahora en un engranaje necesario para el buen funcionamiento del motor. Cualquier ayuda — incluida la química— era bien recibida para animarse”, contextualiza El País.

Fue así entonces que la pervitina hizo más fácil para el ciudadanos alemán poder subirse a esa euforia que prometía el Tercer Reich.

“La metanfetamina se encargó de mantener despierto al país. Enfervorizada por un funesto y embriagador cóctel de propaganda y principio farmacológico activo, la gente cayó en un estado de dependencia cada vez mayor”.

 

Se cita, por ejemplo, que las dueñas de casa que, en plena menopausia, “engullían pastillas como si fueran bombones”.

Lo mismo pasaba con las madres primerizas que, durante el período puerperal, tomaban metanfetamina para combatir la depresión posparto.

“Como, desde el inicio de la guerra, hasta el café era difícil de conseguir, la metanfetamina solía sustituirlo en los desayunos”.

 

Pese a que en 1939 el Servicio de Salud del III Reich intentó frenarlo, el consumo siguió a destajo, afirma la publicación.

“Muchos farmacéuticos tenían manga ancha ante la nueva norma e incluso servían a sus clientes envases con contenido de uso clínico sin necesidad de receta. Cada vez era menos problemático conseguir hasta varias ampollas de pervitina inyectable al día o adquirir de golpe varios cientos de pastillas en las farmacias. Entre los soldados tampoco cambiaron las cosas, ya que la obligación de presentar receta médica estaba limitada a la población civil”, cierra la publicación.

El artículo original acá.

 

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