BOB DYLAN

Hace pocos días, estaba disfrutando de una residencia de autor en el atragantado París. Precisamente, estaba escribiendo en el café de los cafés de París -el Café de la Paix- cuando una alarma de redes sociales me comunica un hecho bíblico que venía esperando ansiosamente: El Nobel para Bob Dylan. Para mí, en términos patéticos, es como un Nobel para Galemiri. En mi mente, yo me he ganado todos los premios: el de Cannes, el de Leipzig, y ahora el Nobel. La inconmensurable y plena sensación interior que recibí con ese anuncio, que me pasa siempre con mis hiper admirados padres espirituales -que para mí son amados padres antes que los biológicos, porque quienes me moldearon son mi ”familia cultural antes que la genital”- me llevó por un sendero incendiario interior, poderoso, como una descarga atómica. “You can call me Zimmy”, dice el gran profeta Dylan, en una de sus gigantescas canciones. Zimmy, un diminutivo de su verdadero apellido Zimmerman. Sí, “Zimmy, nos ganamos el Nobel”, dije patéticamente.

Bromista y juguetón, esta arrolladora noticia me llega en medio de un París inusualmente caluroso, hago algo que muy pronto se me hizo sistema. Respondí con más trabajo, como enseña Dylan, y como inexpugnable respuesta de “Zimmy” a este pluscuamperfecto premio: opté por el silencio. Se dice que él aún no se entera, o que no le interesa, o que simula su éxtasis. Se dicen siempre cosas geniales, chistes dylanescos. O que la Academia solo se ha comunicado con su agente y que Zimmy sigue con su gira eterna que inició en 1987 y que continúa cerca de los ochenta años sin parar. Mi mail comenzó a inundarse de correos de amigos que conocen mi pasión por el genial cisne de Norteamérica, porque así como Shakespeare, Zimmy es el cisne de Avon. Pero yo seguí con la estética espiritual de esta noticia, como “Boby”, en silencio.

Estaba, entonces, en medio del Café de la Paix, el epicentro de la intelectualidad francesa por años, mientras conversaba con una exnovia parisina, que había llegado corriendo guitarra en mano (era buena ella en eso de los covers). Y comencé a repasar con ella las puntas piramidales del enigmático Zimmy. Y el elegante Café la Paix respetó este instante de dedicación de Constance, aunque indudablemente estaba lleno de cuarentones, cincuentones y sesentones, y el ambiente se puso un poco post-hippie, lo que es un asco. Luego de esta noticia, mi obra parecía comandada por “Boby”, y de pronto Constance, me besa y yo también, un millar de lenguas en cada paladar, otro homenaje al sentido de abismo de la poesía/ musical de Dylan, el deseo, y naturalmente al final la meditación sobre la condición humana. Claro que la respuesta es el silencio. Y el honor no es para Zimmerman, sino para la Academia: hacía tiempo que ellos necesitaban un golpe “ultra sexy” a su poco desgastada institución.

Ya no nos quedan premios para el gigante magnético. ¿Presidente de los Estados Unidos?, ¿y para qué? En todo caso, Zimmy lo haría bien. Y, naturalmente, el camino de este artista, de esta especie de investigador físico, va a una velocidad crucero hacia otra dirección.

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“Te ganaste el Nobel, Boby”. ¿Qué responderá este proto-hombre? Lo que sea lo denigra. El silencio es la gran respuesta. Ese gesto, frente a este premio de la sociedad mundial neocapitalista, no tiene el significado ni la forma de cómo él lo toma. “Dios es bueno”, como dice el socarrón, pero creyente cineasta judío norteamericano Mel Brooks. Claro que Zimmy es el más alto de todos, como dice el otro gran cantautor canadiense Leonard Cohen, y seguimos su inabarcable producción como se sigue a un gran predicador. La mañana parisina arrasaba con un “a plein soleil” (a pleno sol) y seguían los franceses elogiando a quienes ellos también aman. Cuántos significados tendrá este gesto, no el del Premio Nobel, sino la respuesta como silencio. Observo a Constance “demarrer” (arrancar) “Like a Rolling Stone”. Y esta mezcla de felicidad por el padre espiritual y la presencia de tan linda exnovia en medio del Café de la Paix, son el mejor regalo de mi residencia. A partir de ahora, nada de lo que haré tendrá comparación. Quizá si me esforzara un poquito más, podría ser Constance. Al final, las mujeres siempre terminan ganando.

Ya habrá tiempo de hacerle una y otra vez el amor a esa hermosura gala en la noche, en la continuación de las celebraciones. Por ahora me vuelvo a quedar solo, como es mi marca de fábrica, y mi escrito que estaba enrevesado se comienza a limpiar y recorro las carreteras de mi propia creatividad de “celebridad menor”, como me dijo una vez una de mis exnovias entre tierna y burlona.

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Premio Nobel de Literatura para Bob Dylan y la respuesta que se da a esta disyuntiva shakesperiana, es el inconmensurable silencio.

Ahora que he vuelto a mis cafés santiaguinos (minis La Paix), mi respuesta al significado del silencio fue el sexo cabalístico con Constance. Al final, con ella averigüé que la respuesta era la pregunta ¿por qué el silencio? y penetrarla con su suave aullido de animalita: ¿Será ese el cabalístico sonido del acero del que hablaba Dylan y que todos buscamos desaforadamente?

Ahora callo. Prosigo mi vigorosa escritura en el mini café la Paix chileno -el atosigante Tavelli del ignoto Drugstore- luego de mi cómico/ existencial viaje a mi París, capital del amor y ahora de Dylan. Antes de iniciar mi vuelta, con Constance levantamos las copas y brindamos por Robert Allen Zimmermann.