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Damián Lobo, 43 años, técnico en mantenimiento y adicto al porno asiático, ha quedado cesante. Pero su soledad y desocupación son sólo aparentes, pues él vive dos vidas al mismo tiempo: una en el mundo real, donde no es nadie, y la otra en un estudio de televisión, donde un sagaz entrevistador le pregunta a cada momento por lo que está haciendo en el mundo real. En esa segunda dimensión, que sólo existe en su cabeza, Damián es un fenómeno de masas. Y él ya ha asumido el precio de la fama, al punto de prestarse para exagerar su patetismo ante la audiencia con tal de subir el rating y transformarse en trending topic.

Este penoso devenir cambia de rumbo cuando, por una mala jugada, Damián se ve obligado a encerrarse en un viejo armario que es vendido a una familia madrileña con él adentro. Sortea la mudanza sin ser descubierto, pero llegado el momento de escapar, la falta de motivos para regresar a su casa lo tienta a hacer del escondite su nueva morada. En la mañana, cuando el matrimonio y su única hija salen de la casa, él toma posesión de ella y se encarga de mantenerla. Cuando regresan, se dedica a espiarlos con el oído pegado a la puerta. Poco a poco asume su épica condición de fantasma y su vida se transforma en algo mucho más importante que un show televisivo. A partir de un cierto momento, de hecho, ya sólo concede entrevistas a un programa de cable, donde la conversación es más elevada.

Que “Desde la sombra” se lea como una alegoría de la soledad y el exhibicionismo de estos tiempos fue un efecto secundario, cuenta Millás. “A mí me seguía esta idea de alguien que se queda a vivir en un armario, y cómo hacer eso verosímil. Ya después me di cuenta de que esa peripecia narrativa se convertía en una metáfora de otra cosa. Es la condición de toda buena novela, ¿no? La literatura siempre ha servido para hablar de una mientras parece que estás hablando de otra”, comenta.

Algunos han visto en esta novela una crítica al actual capitalismo.
–Decir eso ya sería una simpleza, pero sí es la vida de alguien a quien esta estructura económica y social empuja hacia los márgenes. Y termina tan en los márgenes que acaba viviendo en un armario.

Pero sí está muy retratado el tipo de soledad que ha emergido últimamente.
–Sí, porque en esos márgenes hacia los que esta maquinaria expulsa a la gente están todos los aspectos propios de la soledad no elegida, que es la peor: la falta de pertenencia, de articulación con los otros. Las grandes ciudades están llenas de gente que vive sola, aislada, y que ya sólo se relaciona con ese sucedáneo que es el ordenador o el teléfono móvil. Ya hemos visto que, cuanto más aumentan los medios para comunicarnos, más sola está la gente. Y lo que pasa con este hombre es que sufre esa soledad impuesta, pero la acaba haciendo suya. Sin salir del armario, sale de la situación en la que se encuentra.

¿Es cierto que se inspiró en un caso real?
–No, es mentira. Lo que ocurrió es que, cuando se publicó esta novela, un periodista me dijo “oye, parece que en Japón hubo un caso así”. Lo busqué en Google y, efectivamente, hace algunos años salió la noticia de una japonesa que vivió durante un mes en el armario de un desconocido. Este japonés vivía solo, se iba por la mañana a trabajar, volvía tarde, y empezó a notar cosas raras: faltaba comida en la nevera, cosas así. Entonces puso cámaras y descubrió que cuando se iba a trabajar, salía del armario una japonesa que vivía en su casa. Yo no conocía esta noticia cuando escribí el libro, pero en una entrevista que di en México conté esto mismo y al periodista le debió parecer más eficaz decir que estaba basada en un caso real.

En todo caso, Damián Lobo se refugia en la soledad, pero como estrategia desesperada para saciar su necesidad de reconocimiento.
–Claro, este hombre está atrapado entre esos dos polos: la pulsión de la soledad y la del reconocimiento absoluto. Es alguien que a lo largo de su vida que no ha conseguido ocupar un lugar claro en ninguna parte: ni en su familia, ni en su trabajo, en ningún lado. Y compensa eso con estos delirios de que es entrevistado permanentemente en un programa de gran audiencia.

El detalle es que cualquier lector honesto reconocerá en esos delirios algún rasgo de los propios, de esos tan ridículos que no nos confesamos ni a nosotros.
–Sí, porque hay muchas cosas que pensamos y las censuramos inmediatamente, para no obligarnos a tomar conciencia de ellas.

Parece que usted es un observador muy atento de las técnicas de autoengaño de los demás.
–¡Y de las propias! Con esas ya he tenido un buen arsenal.

Tendemos a patologizar esos desdoblamientos, como si fuera una anomalía llevar dos personas adentro.
–Todo el mundo está hablando consigo mismo todo el rato: en el metro, en la calle, en su casa, sólo que la mayor parte del tiempo no somos conscientes de la forma en que lo hacemos. La literatura ha intentado reproducir algunos modelos de este monólogo interior, y hasta los ha creado. Esa obra cumbre del siglo XX que es el “Ulises” de Joyce generó un modelo que ha estado vigente durante mucho tiempo. Hasta que empezó la influencia masiva de la televisión, que nos ha proporcionado otros modelos de hablar con nosotros mismos, y uno de ellos es la entrevista. Yo no había notado esto antes de publicar la novela, no pensé que estuviera dando en el clavo. Simplemente quería evitar el modelo clásico porque ya está muy agotado, se usó mucho en la novela del siglo XX y no siempre con fortuna. Entonces se me ocurrió que el personaje inventara a un locutor de televisión que lo entrevista. Pero desde que publiqué la novela, no pocas personas me han confesado que así hablan ellas consigo mismas: imaginan que les han invitado a un programa de televisión y les están entrevistando.

Justamente le iba a contar que pocas semanas antes de leer el libro, un amigo, que no es un megalómano ni mucho menos, me contó que hace exactamente eso para articular ideas. Pero pensé que era un caso extraordinario.
–¿Te das cuenta? Yo tampoco lo sabía, pero con los testimonios que he recibido me di cuenta de que éste ya es uno de los modelos de monólogo. La primera vez que hablé de esta novela públicamente fue en un programa de radio para el que yo trabajo aquí en Madrid, que es el programa de más audiencia. La conductora me estaba entrevistando y, en uno de esos momentos estupendos que se dan en la radio, confesó que ella a veces llena la bañera, se mete adentro, apoya los brazos en los bordes e imagina que es una nadadora que acaba de ganar un campeonato y la están entrevistando al borde de la piscina, ¡ja, ja, ja! Y luego más gente me ha confesado lo mismo que te contó este amigo tuyo. Lo que pasa es que no cualquiera es capaz de confesarlo, por miedo a confesar un deseo de notoriedad, ¿no? Pero es posible que mucha gente que va silenciosa en el metro, en el autobús, esté concediendo en ese instante una entrevista.

Otro efecto curioso de la novela es que Damián espía a una familia totalmente normal, incluso aburrida, pero es como si descubriera el mundo de Alicia.
–Es que no hay vida más fascinante que la del vecino. No hay un espacio más misterioso que la normalidad. Si pudiéramos esconder una cámara en la vivienda de nuestros vecinos y quedarnos viendo sus idas y venidas por la casa, estaríamos enganchados a la pantalla todo el día, aunque su vida fuera igual a la nuestra. No hay cosa que nos guste más que mirarnos a nosotros mismos.

SÁLVESE QUIEN PUEDA

Retomando el trasfondo social de la novela, ¿salir adelante en la vida se ha vuelto difícil para un español? ¿Vivir cuesta más que antes?
–Sí, es un momento muy difícil. Sobre todo porque habíamos dado por hecho que determinadas conquistas ya no tenían vuelta atrás. Y estamos comprobando que sí había vuelta atrás. Es muy difícil ver que se rompe una norma que dábamos por hecha: que los hijos siempre estarían mejor que los padres. Entonces hay un malestar general que es una combinación de miedo al futuro y de resignación, y eso hace que se resientan valores como la solidaridad. Vivimos en una especie de “sálvese quien pueda”. Por lo general, lo que producen la inseguridad y el miedo es mezquindad.

¿La sociedad española es más mezquina hoy que hace veinte o treinta años?
–Sí, sí. Porque no hay esa ilusión que había entonces, esa sensación de progreso, de que se conquistaban espacios que ya eran irrenunciables. De un día para otro todo eso se ha ido al carajo. Seguramente era una ilusión poco basada en datos reales, pues la historia demuestra que esto ha pasado continuamente. Pero era una sociedad que había salido de una dictadura más o menos bien, y que empezaba a ver un horizonte muy esperanzador. Y de repente todo eso como que en 48 horas se ha ido a la mierda. Esto crea un estado de confusión tremendo. Porque además, esta situación ha cogido a la sociedad inerme, debilitada, sin reflejos. Quizás como consecuencia, precisamente, de que ya creíamos que se podía bajar la guardia.

Ese pesimismo ya lleva unos años, ¿todavía no empieza el rebote hacia arriba?
–Al contrario. Ahora mismo estamos sumidos en una confusión… Llevamos casi un año sin gobierno, sin ser capaces de estabilizar la situación. Recién se ha abierto el camino para no tener que realizar unas terceras elecciones, pero al precio de darle el gobierno a un partido que está corrupto hasta las cejas [el PP]. Los jóvenes tienen que emigrar, el paro juvenil es superior al 50%. En fin, yo no veo ese repunte del que algunos políticos hablan.

A mediados de los 90, usted patentó en una columna la frase “fundamentalismo de la moderación” para describir un statu quo político que censuraba cualquier crítica que pudiera sonar radical. ¿Cree que ese fundamentalismo ha perdido terreno?
–No, ha ganado. Nuestros políticos son extremistas de la normalidad. Pero de una normalidad que es atroz, ése es el problema. No hay más que examinar cómo está la Unión Europea, cuánta gente muere en el Mediterráneo tratando de llegar a Europa. En España, en los últimos años, tres millones de personas han caído de la clase media a la pobreza. Ahora que aquí empieza el frío, mucha gente no podrá encender la calefacción. Y esto va en aumento. Los ricos son cada vez más ricos y los pobres cada vez más pobres. Esa es la normalidad que parece irresponsable cuestionar.

¿Qué se le podría reclamar a la clase política española? ¿Más desprendimiento?
–No: más talento. Hay una ausencia de talento político tremenda, no sólo en España. Mira alrededor y dime el nombre de un líder fascinante en el mundo. No hay ninguno.

Y en su calidad de periodista, ¿cómo ve el momento de la prensa?
–Bueno, todo se ha dispersado mucho, ¿no? Antes de Internet todo estaba muy concentrado y ahora está muy disperso. Ya es difícil encontrar, por ejemplo, suplementos literarios capaces de influir y de jerarquizar. Ahora las influencias y la jerarquización, o la falta de ella, vienen por otros lados, lo que les ha quitado mucho poder a los medios que tradicionalmente lo tenían. No hay referencias muy sólidas.

¿Echa un poco de menos el orden que daban esas referencias?
–Bueno, yo vengo de ese mundo. No sé si lo echo de menos, porque también tenía sus problemas, pero constato que es un cambio cultural de unas proporciones demoledoras. Todo un paradigma está derrumbándose estrepitosamente, o en silencio, no lo sé, mientras el otro no acaba de nacer. De ahí la crisis, ¿no? Se ha dicho muchas veces: los períodos de grandes crisis a lo largo de la historia han venido cuando un paradigma moría y el otro no acababa de nacer. Un libro que fue muy importante para nuestra generación, “La estructura de las revoluciones científicas”, de T.S. Kuhn, explica muy bien lo que es un paradigma y la importancia de tener uno como referencia. Hasta el punto de que cuando un paradigma envejece o muere, pero no ha nacido otro, hay que seguir viviendo con el muerto, porque no se puede vivir sin paradigma. Es preferible vivir con un paradigma muerto.

Aunque no quiera sonar catastrofista, ha dicho que en las nuevas generaciones, estudiantes de periodismo incluidos, advierte una desnutrición cultural más o menos dramática.
–Bueno, eso es muy evidente. Es que las humanidades son el engrudo que articula todo lo demás, y esa base humanística está desapareciendo a pasos agigantados.

¿Nota en los jóvenes una falta de referencias culturales básicas?
–Absolutamente. Están atrapados en la era de los datos, esta cultura que ya lo ha impregnado todo donde sólo existe lo que es contante y sonante, lo que se puede cuantificar. Por eso en España ya se ha suprimido la filosofía de los planes del bachillerato, porque esa sabiduría no se puede cuantificar.

Y la pregunta de rigor, ¿qué le pareció el Nobel a Bob Dylan?
–Yo he oído sus canciones porque formaron parte de mi juventud y me gustaban. Pero no sé inglés, así que no tengo modo de saber si es un poeta genial o no.

Y si un cantautor ganara el Cervantes, ¿le parecería bien?
–Mmm… es un debate que me da un poco lo mismo. Pero pienso en cantautores nuestros tan grandes como Serrat o Sabina, y creo que ellos no lo necesitan, que no deberían entrar en ese juego.

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DESDE LA SOMBRA
Juan José Millás
Seix Barral, 2016, 206 páginas

Juan José Millás conversará en la Filsa con Roberto Careaga el miércoles 02 de noviembre a las 20:00 hrs., en la Sala Pedro Prado (Estación Mapocho).