Tiempo Libre
1 de Diciembre de 2025Crónica de una deslucida Filsa y el nostálgico relato de escritores (y organizadores) que vivieron el auge y la caída de lo que fue la feria de lectura más importante del país
La última versión de Filsa volvió a abrir el debate sobre el presente de lo que alguna vez fue el evento literario más importante del año, hoy venido a menos tras el quiebre de la Cámara Chilena del Libro en 2016. Autores y el exdirector de la Cámara, Arturo Infante, analizan el devenir del histórico encuentro cultural.
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El pasado sábado, el sociólogo Axel Callís publicó un posteo en su cuenta de X que tocó una fibra sensible entre lectores y autores: la nostalgia por las antiguas ediciones de la Feria Internacional del Libro de Santiago (Filsa). Con tono melancólico, contrastó el brillo de aquellas jornadas —masivas, diversas y repletas de autores— con una versión actual de la que, según admitió, apenas se enteró.
“Me enteré recién q la Feria del libro de Santiago @filchile termina mañana. ¿Y cuándo comenzó? Antes era un evento masivo, todas las editoriales juntas, venían figuras de la literatura y numerosas conferencias. Me cuentan q todos están peleados, y q hay 3 o 4 ferias. Una lástima”, escribió.
Su comentario desató una cadena de interacciones. El escritor y columnista Óscar Contardo —que acaba de publicar el libro La era del entusiasmo: Chile en los 90, otro trabajo que dialoga con la idea de un país que ya no existe— respondió directamente a Callís:
“Hace años las editoriales grandes dejaron la Cámara Chilena, que se quedó con la marca. La Filsa actual es incluso menos relevante que la de Lima a nivel internacional. En abril de 2023, en La Moneda, el gobierno se comprometió a reimpulsar la Filsa con todos los gremios. No lo hizo”, señaló.
El debate también escaló a las páginas de opinión de la prensa. “La Filsa de este año, sin duda, deja mucho que desear. Uno llega a un lugar prácticamente sitiado, lleno de vallas, encontrándose al interior con una oferta pobrísima, escribió el doctor en literatura Eduardo Guerrero en una carta a El Mercurio.
Otro que sumó su visión fue el abogado Mauricio Leiva, pero desde la resignación. “Creyendo firmemente que el libro es el objeto más valioso creado por el ser humano, no seamos tan exigentes con eventos de promoción a la lectura en un país en que llamamos ‘librería’ a comercios en los que se vende de todo, menos libros”, escribió, casi dando por perdido el debate.
Una feria “sitiada”
Antes de 2016, la Feria Internacional del Libro de Santiago gozaba de buena salud. En sus versiones como las del 2012 o 2013, convocaban más de 300.000 asistentes. En ese entonces, el presidente de la Cámara Chilena del Libro declaraba que el encuentro había sido “la mejor feria de la historia”. Entre los invitados extranjeros llegaron nombres de la talla de Juan Villoro, Ricardo Piglia, Jon Lee Anderson, entre otros. Esos serían los últimos años felices antes de la crisis.
Tras la edición de 2015, las grandes editoriales como Planeta (que maneja otras editoriales como Seix Barral, Destino, Tusquets y otras) y Penguin Random House (Alfaguara, Sudamericana, Debate, Grijalbo, Lumen)formaron la Corporación del Libro y la Lectura. La nueva corporación acusó que existían perspectivas diferentes y una división entre las editoriales y los libreros. También se criticó el carácter hegemónico de la Cámara y que sistemáticamente en Filsa se otorgaba un lugar privilegiado a sus socios y sus intereses.

Entre quienes criticaban también estaban las editoriales independientes, que acusaban que, más allá de la dirigencia, existía una forma de conducción que no entendía que el panorama había cambiado.
Efectivamente, el panorama dentro de Filsa distó de ser alentador, al menos en su última jornada, el domingo. Ese día –al igual que el sábado– la entrada costaba $4.500, uno de los puntos más cuestionados por quienes se han distanciado de la feria: pagar por acceder a una oferta que, en muchos casos, no parecía justificar el cobro.
Gran parte de los stands disponibles exhibía sobre todo álbumes de láminas, cómics y mangas. En otro sector, predominaban las lecturas de autoayuda y motivación, también los juegos de mesa. Las ediciones de clásicos y de literatura contemporánea eran, en su mayoría, descuidadas: portadas poco trabajadas, papeles de baja calidad y un diseño que parecía relegar el aspecto estético —clave para muchos lectores— a un segundo plano.
Los libros de las grandes editoriales escaseaban y solo se podían encontrar, en un catálogo acotado, en unos pocos stands de librerías establecidas. Y cuando aparecían, sus precios —en aquellos volúmenes de calidad material aceptable— no ofrecían mayores ventajas respecto al mercado habitual: comprar en la feria o en cualquier librería fuera del recinto era, en la práctica, lo mismo.
Pero quizás lo más desalentador era la falta de mística: no había rastro de esas grandes figuras de la literatura mundial –como Mario Vargas-Llosa, Isabel Allende o Salman Rushdie, por solo nombrar algunos– que Filsa alguna vez supo convocar. En esta edición, esa dimensión casi ceremonial de encuentro entre autores y lectores simplemente no se hizo presente, al menos no al nivel de antaño.
Incluso los detalles de producción parecieron diluirse. En las antiguas ediciones, la oferta gastronómica dialogaba con el país invitado, sumando una capa simbólica a la experiencia. Esta vez, en cambio, el ambiente se impregnaba con el olor de las papas fritas que emanaban de uno de los carritos instalados en plena Estación Mapocho.
La mirada de los autores
Para el escritor Óscar Contardo, el Gobierno de Gabriel Boric no cumplió con la expectativa de volver a posicionar la Filsa como un evento internacional.Según el escritor, la feira incluso ha perdido terreno con respectos a las otras instancias literarias del continente, incluso quedando por detrás de propuestas más pequeñas, pero que han logrado consolidarse como las ferias de Lima o Bogotá.
“El desafío que tenía este Gobierno, era reunir a todos los gremios y volver a darle a la feria de Santiago la importancia que se merece una ciudad que aspira a tener una figuración en términos culturales dentro del de la región. Eso no ocurrió durante estos cuatro años, y para eso no necesitaban los votos de la derecha, necesitaban voluntad, gestión y liderazgo, y no lo hubo”, dice el escritor.
Francisco Ortega, autor de Logia y de la novela gráfica Los Fantasmas de Pinochet, entre otras, dice que la parte internacional de Filsa ya simplemente no existe. “Te la venden como una feria internacional del libro y de internacional ya no tiene nada. Creo que si Chile volviera a tener una feria internacional del libro, habría que partir cambiándole el nombre, quizás a Feria del Libro de Santiago porque la marca quedó muy dañada”, dice el autor.
Ortega añade que falta una instancia que reúna a todo el circuito del libro, que incluya a las librerías independientes con las multiplicaciones y a la editorial grande. Ortega recuerda algunas instancias donde estuvieron nombres como John Grisham, Arturo Pérez-Reverte o Ángeles Mastretta.

“Me acuerdo que alguna vez tuve que presentar a J. J. Benítez en la Feria del Libro de Santiago y la feria tuvo que mantenerse abierta hasta pasadas las 10 de la noche porque la fila para las firmas era muy larga”, dice sobre tiempos mejores.
Consultados por The Clinic, desde el Ministerio de las Culturas afirma que “desde el año 2019, FILSA no cuenta con asignación de recursos asociada al concurso de proyectos y tampoco recibe financiamiento mediante la glosa de Ferias de Trayectorias. El año 2022, en el contexto del retorno de las actividades presenciales postpandemia y de fondos destinados a la reactivación sectorial, fue la última vez que el Consejo Nacional del Libro y la Lectura asignó recursos de manera directa a la Cámara Chilena del Libro para la realización de FILSA 2022, por un monto de $40 millones de pesos”.
Además, agregan que “durante los últimos cuatro años el Fondo del Libro ha destinado alrededor de $2.929 millones para festivales y ferias del libro a lo largo de todo el país, a través de convocatorias públicas anuales”.
La visión de un expresidente de la Cámara del libro
Esta deslucida versión —de la que la organización no informó cuánta gente asistió— también fue analizada por Arturo Infante, exdirector de la Cámara Chilena del Libro y fundador de Editorial Catalonia.
Infante trabajó en Filsa desde la década de los 90, en lo que él define como el inicio de la internacionalización de la feria. En esos tiempos, dice, su aporte más sustancial fue “reformular el diseño, la propuesta y la darle una mayor densidad cultural” al evento.
Sobre los conflictos internos que terminaron por disgregar a los cuatro gremios del libro que hoy existen, dice que “se fueron dando en distintas etapas de descomposición de la Cámara Chilena del libro. Primero se separaron los editores independientes y universitarios, luego se fueron los editores que hoy conforman la Corporación del Libro y la Lectura, que tienen muchos sellos y autores que movilizan lectores”.
Su análisis de las últimas ediciones no es positivo: “Filsa es hoy un espacio más para vender libros, pero con costos altos de participación y público escaso, y tampoco es una propuesta cultural imperdible, por ello muchos prefieren abstenerse de participar”.
De cara al futuro, para Infante el panorama no es auspicioso. “Es difícil que se recupera y que a ser representativa de la industria del libro en Chile”. La única salida que ve Infante es que los “cuatro gremios del libro que hoy existen se unan en una gran feria anual como la que tuvimos por tantos años y supimos consolidar entre todos”.
El exdirector de la Cámara Chilena del Libro lamenta que los lectores y autores hayan perdido un hito cultural, tal vez el más importante del año: “puede ser el momento para una iniciativa estatal, Ministerio o Gobernación, que aúne las voluntades de los cuatro gremios que se requieren para que esto se retome”, cierra Infante. (Lee la entrevista completa aquí)



