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Tanta gente como en la hora punta del Metro, personas que te derraman piscolas sobre la ropa, que te tratan de ordinaria, guardias que te revisan hasta la raja al entrar, botellas de agua mineral a tres lucas y una ganas locas de agarrarse a combos.

Esa es parte de la experiencia de una cronista de Pousta que se internó en una fiesta rave en La Dehesa, específicamente en la Hacienda Santa Martina, sin saber que en el fondo era un habitual carrete de zorrones.

La mujer relata que iba en busca de un “Rave”…  “espacio de comunión social, una instancia donde las diferencias sociales/culturales se diluyen y se comparte la emoción del baile sin violencia ni prejuicios. Es un espacio de libertad, donde la gente privilegia el baile ante cualquier cosa. Bailar y bailar sin parar“, pero que al llegar se encontró con otra cosa.

“El lugar estaba tan lleno que nadie tenía más de un metro cuadrado para bailar. Era como estar en el metro en hora punta. No sólo era imposible moverse, sino que era imposible escuchar. Me cuesta entender a qué chucha van los zorrones a estos carretes. Se paran al lado del parlante a conversar y gritarse entre sí. Es casi imposible concentrarse en la música porque siempre pasa alguien empujando, hay una mina chillando a tu lado o una pareja comiéndose y botando todo su copete encima tuyo”.

Dice que su misión era llegar al parlante, instalarse y comenzar a bailar tranquilamente en el lugar, pero no, “el lugar era tan chico que estábamos todos hacinados y el parlante sólo fue un sueño lejano. Me tuve que quedar de la mitad hacia atrás si quería tener espacio para levantar siquiera una pata”.

“Fue todo tan terrible que estuve a punto de pelear en público por primera vez en mi vida. Estaba bailando cuando una cabra se pone al lado mío y me empuja. La miré sin entender nada pero intenté seguir bailando y volvió a empujarme más fuerte. La miré y le dije “¿tenís algún problema mierda?” y solo atinó a abrir los ojos, darse vuelta y decirle al perkin que tenía al lado “ay, ¿qué onda esta ordinaria?”, recuerda.

Revive que en el lugar pasaban personas “empujando con su piscola de 6 lucas gritándose “perro”, “maquina”, “zorro”, cosas que yo pensé eran un estereotipo pero son reales. Hueones totalmente heteronormados que no pueden creer que una mujer esté bailando sola y no quiera ser molestada”.

La cronista afirma que “no había agua potable en todo el recinto, y vendían botellas de 500 ml. a $3000 pesos. No sólo es ilegal, sino que una gran irresponsabilidad de los organizadores, sabiendo que va a estar lleno de gente drogada con estimulantes y alucinógenos que obligan a consumir mucha agua para evitar la deshidratación”.

“Cada segundo que pasaba me daba más rabia que los organizadores del evento se atrevieran a llamarlo un Rave, una fiesta “underground””, sostiene.

En fin, al terminar la fatídica experiencia, cuenta que “nos fuimos como 20 minutos antes de que terminara porque no nos queríamos ir con todos los curados que más encima iban a manejar en bajada un cerro lleno de curvas. Al día siguiente me metí al facebook del evento y los buses que habían contratado y que costaban la no módica suma de 6 mil pesos nunca habían llegado. Ahí quedaron tirados 4o personas a las 5 de la mañana con menos de 5 grados, sin tener forma de salir de ese cerro infernal. Y habiendo ya gastado la plata del bus, tuvieron que juntar más plata aún para poder llegar a un lugar cercano a la civilización”.

“Hay gente que con tal de alejarse del resto de la civilización es capaz de romper cerros y destruir la flora y fauna de un gran sector. Se alejan del resto de la población como si nosotros le hubiésemos hecho algo, cuando creo que la historia ha sido un poco al revés. Pero allá se van, a significarle la muerte a miles de conejitos que hace no tanto tiempo corrían libres de ser atropellados por jeeps, zorrones jaleros y mamás pasadas a vino blanco y alprazolam. Y por allá es dónde tuvo lugar el último “Rave””, reflexiona al cerrar su escrito.

La publicación original acá.