HACIA-DÓNDE-VA-Fernando-Paulsen

Envidio a los historiadores. Porque pueden mirar hacia atrás, a épocas bastante remotas, y determinar con muy baja probabilidad de equivocarse el momento exacto en que una tecnología cambió la historia. O cuando un evento, un discurso, un liderazgo, tiempo atrás, alteraron la continuidad de esa época para transformar las cosas para siempre. El problema, con casi todo el resto, es que tenemos una gran dificultad para detectar los cambios que están ocurriendo, porque vemos esos cambios en tiempo presente. Si se trata del clima, son ciclos de altas temperaturas que han habido desde las última glaciación. Si se trata del envejecimiento de la población, para cuando nos damos cuenta de que cuatro censos vienen indicando lo mismo, no se interrumpen los discursos que señalan que Chile es un país joven. Si notamos que hace rato ya que la gente se autoconvoca en marchas y manifestaciones contra aspectos del sistema, insistimos en que lo que se requiere es una mesa de diálogo, el retorno de los consensos, y todo volverá a su caudal natural más temprano que tarde.

Un gran porcentaje de la población tiene pánico a que los cambios sean reales, porque estamos acostumbrados a la rutina convencional. Y nos da pavor tener que reaprender las prácticas de décadas, sin saber cómo vamos a salir parados en un escenario distinto al que siempre hemos frecuentado. El escritor estadounidense. Upton Sinclair, lo definió magistralmente: “Es difícil para una persona entender lo que pasa, cuando su sueldo depende de que no lo entienda”.

Lo anterior ocurre con casi todas las elites del país hoy por hoy. Ven anomalías de comportamiento de la gente y se protegen sicológicamente atribuyéndolo a ciclos, efectos temporales, nubecitas en el horizonte, nada serio y, menos, permanente. En política, las profesiones, el comercio, las relaciones dentro de la familia, los cambios son difíciles de percibir, porque hay resistencia a detectarlos. Todos esos nexos se han constituido a través de parámetros de estabilidad y tradición. Fuerzas que hacen que el ojo perciba excepciones que no alteran las reglas, cuando lo que se viene encima es un huracán donde nunca hubo huracanes.

Estamos hoy en medio de una tormenta inédita. No sólo Chile, sino el mundo. Parapetados detrás de una tecnología digital invasiva, estridente y de una masividad jamás experimentada con anterioridad, la gente se está apropiando de sus decisiones; está juzgando lo que hay y ese fallo, aquí y allá, reclama cambiar las reglas del juego desde su raíz.

La información, que siempre fue una herramienta de control de las elites, hoy se vuelca en su contra. Sabemos, como nunca antes, la forma cómo se ha financiado la política a través de los años. Conocemos, con todo detalle, los enjuagues de las jerarquías en el fútbol, en las FFAA, en las empresas que se coluden y abusan, en los medios y su manejo ideológico de las noticias del país, en la Iglesia y sus discursos piadosos, incapaces de callar historias centenarias de abusos sexuales a menores, con el conocimiento y connivencia de varios altos prelados. Todos esos casos dejaron la etapa clásica, predigital, del rumor soterrado, de lo que todos sabían pero nadie probaba. Si no se hace mucho más para sancionarlos o enfrentarlos, no es porque haya dudas, sino porque la maquinaria del sistema es lo último en cambiar. Y sigue presente, haciendo lo que siempre ha hecho, aunque ya cada movimiento bote aceite y rechine como nunca: mantener el orden y defender a sus mandantes.

La primera regla para armar un rompecabezas es que las piezas deben estar previamente desordenadas. En esa estamos. Para bien o para mal, el actual gobierno hizo una cosa muy eficientemente: desarmó las piezas del pacto social de décadas, para intentar rearmarlas en torno a reformas -pobremente ejecutadas- que cambiaran la forma de relacionarse, hacia un ideal más justo y menos abusivo.

Lo más difícil ya está aquí: la abrumadora evidencia de cómo en realidad funcionaban y todavía siguen funcionando las cosas en nuestra realidad como país. Lo que falta es corregir la mentirosa plataforma que nos sostenía a todos, y reconstruir ese pacto social, de acuerdo a las variables que hoy interpelan a los chilenos. La evidencia inhibe que afloren excusas. Cerrar los ojos no impedirá que pasen las cosas.

Ortega y Gasset decía que “asombrarse es comenzar a entender”. Salvo para quien tozudamente se resista a mirar, a Chile le ha llegado la hora del asombro.

*Periodista