“Chilenos somos” se titula la columna que escribe Oscar Contardo para el aniversario 67 de La Tercera. El escritor hace una especie de radiografía del Chile de las últimas décadas. Ese que le puso tarjetas de crédito a la manos de quienes siempre vivieron en la carencia. Ese que cambió la palabra pobreza por desigualdad. Acá algunas de sus consideraciones.

“La generaciones de chilenos nacidas hasta los años 70 habían vivido su juventud y su infancia en un mundo distinto. En el país que ellos conocieron -que conocimos- la desnutrición infantil era un mal crónico y los niños se morían de diarrea y tifus. En esa época la pobreza significaba deambular descalzo mendigando pan duro (…) En ese universo las aspiraciones eran discretas. La noción de “éxito” relacionada con los talentos y el trabajo individual era un discurso inusual. Quien escalaba socialmente solía ser un individuo considerado sospechoso, tildado de arribista o siútico. El éxito económico de la transición sacudió ese discurso y lo encarnó primero en la imagen del empresario. Pero esa era una figura demasiado lejana para la gran mayoría. Además, rara vez representaban la historia de un ascenso real, sino más bien solo una variación en sus condiciones de riqueza y privilegios preexistentes. Quienes sí encajarían con la aspiración de ascenso fueron los nuevos héroes deportivos”, dice, y pone como ejemplos a la Sub 17 del 93, al “Chino” Ríos, Iván Zamorano y Marcelo Salas.

También recuerda cómo los cronistas hablaban de los chilenos durante el siglo anterior -grises, parcos, inseguros-; descripción que fue mutando con la prosperidad económica. Como ejemplo de esto, trae a la memoria cuando “el cura John O’Reilly bendijo en una ocasión una automotora argumentando que era la marca de autos que usaría Dios- y el mercado irrumpió proveyendo de nuevos símbolos de estatus para los más acomodados y acceso al crédito para sectores que nunca antes lo habían tenido”.

“El poder de la tarjeta de crédito se extendió como las alegorías discursivas en torno al nuevo lugar de Chile en la región. El imperio de los rankings de todo tipo -crecimiento, probidad, competitividad- devolvían el reflejo más que de un país en todas sus diferentes dimensiones, el de una economía que se ilustraba en gráficos”, dice.

Entonces fue que “la timidez y la falta de aplomo endémica fueron compensadas por una especie de pachorra reactiva, a veces avasallante y en ocasiones iracunda, que se presentaba sobre todo en los viajes a países vecinos en donde todo era peor que en casa”, afirma.

Por eso es que -argumenta- “la huella del fracaso, que servía como contrapunto al éxito, comenzó a ser dibujada en la figura del flaite, una nueva manera de aludir a quienes vivían en la miseria sin compasión ni culpa. Hombres y mujeres -choznos del roto y la china, tataranietos del gañán- con un acento ininteligible que circulan amenazantes como el recordatorio de que algo desconocido hierve en las periferias. Hay libertad total para burlarse de los flaites, repudiar su forma de vida y temerles. Los flaites son la última frontera a la que el resto no quiere acercarse, su mundo es el coto de caza de nuestra ferocidad”.

Para cerrar, Contardo se pregunta si es que acaso ¿somos más liberales? y dice que “tal vez algunos, quizás muchos, pero sin la influencia política y económica necesaria para provocar cambios importantes. Quizás se trate solo de un arco impreciso de sensibilidades que prefieren abrazar causas puntuales en lugar de militar, alzar la voz en marchas en lugar de votar (…)  Buena parte de lo que somos es lo que aspiramos a ser en el futuro. Eso pensé mientras recordaba ese pasado reciente y todas las cosas que alguna vez soñamos llegar a ser.