Adelanto: Confesiones de una soltera de Paola Molina

Adelanto: Confesiones de una soltera de Paola Molina

Esta semana llega a las librerías, Confesiones de una soltera, libro de Paola Molina, creadora de la FanPage que ya tiene más de 160 mil seguidores y es todo un fenómeno en redes sociales. Su protagonista, Solte, es una veinteañera que se anima a repasar los momentos más significativos de su infancia, adolescencia y juventud. Acá, adelantamos el capítulo #Test.

#Test

Las paredes están rayadas. «Zurdos culiaos» a un lado, «liberación mapache» al otro. Con corrector, un «Lily te amo» sobrevive a medio descascarar, casi invisible sobre el blanco de la puerta del w.c. Quizás a Lily ya no la aman, o soy muy pesimista porque mi amor dura lo que sobrevive intacto un mensaje en la pared. Me bajo el calzón. Afuera me espera la Nacha Díaz. No somos tan amigas, pero es la única mamá de nuestra generación mechona, así que supongo que sabe de estas cosas. Cuando le dije que en volá estoy embarazada, me preguntó si tenía las tetas duras y me las tocó debajo del peto. Cuando me las vio, se asomó con personalidad ese pelo negro revoltoso que aparece casi al lado del pezón. Se rio. —Aunque hayan pasado pocos días, si una está embarazada el test te saldrá positivo altiro —me dijo. Fuimos a comprar dos pruebas de embarazo cerca de la facultad y nos encerramos en el baño. Si es niñita le pondría Luciana. Para mí era obvio que estaba preñada porque no me cuidé y, además, porque siempre las cosas malas me pasan a mí: un pelotazo en la enseñanza media me dejó tirada en el patio delante del compañero que me gustaba; un andante

me dejó plantada en plaza Italia y, cuando lo llamé para saber si llegaba, me dijo que «juntarnos el viernes a las cinco» había sido un decir; me robaron un celular donde tenía fotos cochinas mías y estuve tres años revisando portales porno por si me pillaba; fui vestida de huasa al colegio el día equivocado; entré a un cumpleaños ajeno a los once y me di cuenta solo cuando cantaron cumpleaños feliz a una señora de cincuenta y cinco; fui al colegio un día que no había clases y tuve que jugar en inspectoría con lápices a pasta hasta las cinco de la tarde; me quebré la nariz haciendo carreras de nado con los ojos cerrados estrellándome contra el otro extremo de la piscina… Podría seguir, pero la suma de todas esas minicosas, parte de mis vergüenzas ocultas, no superaban el quedar embarazada de una persona que no recordaba si se llamaba Eduardo o Edgardo. Si es hombre le pondría Lautaro, o algún otro nombre indígena. Googlié nombres alacalufes a la una de la noche, pero eran difíciles de pronunciar, así que me incliné por los diaguitas y mapuche. Postularía a todas las becas y bonos del Estado, trabajaría de empaque y haría menos ramos en la universidad. La Nacha Díaz me decía lo maravilloso que era ser mamá con unas ojeras de cinco metros. Me da risa cuando los antiaborto dicen «¿Y si ese niño hubiera sido Einstein?», y, puta, podría haber sido el Cizarro también…, sobre todo viniendo de mí. Yo soy muy inmadura, inestable, caliente y postadolescente para cuidar a otro ser. Si sale mujer no le pondría aros siendo guagua porque atentaría contra su decisión e individualidad y le enseñaría a masturbarse. Si sale hombre, me jotearía a sus amigos

cuando fuera mayor de edad. Si quiere ser de derecha lo llevaría a mi villa natal, donde las horas del trabajo asalariado y el sueldo remunerado no alcanzan para gozar. Si sale delincuente creo que sería mi karma por las nutellas que el Jumbo me ha regalado. Y si sale misógino lo daría por adoptado. No, no puedo ser mamá. Supe de una excompañera de la media a la que le llegó la regla hasta el tercer mes de embarazo. O sea que ni menstruando me puedo sentir segura. En este país ya no se respeta nada. También vi en el cable a una señora gorda con retorcijones que fue a hacer caca y le salieron dos guaguas. El programa se llama No sabía que estaba embarazada, por eso ya no lo veo. Ese docureallity me da más pesadillas que la autopsia extraterrestre. La Nacha Díaz, afuera de la puerta del baño, me dijo que cuando estaba culiando supo altiro el momento en que se embarazó. Yo no supe nada, el único momento épico de esa peligrosa cacha, fue cuando antes de entrar a su casa nos afirmamos en un auto estacionado. El resto fue misionero puro y duro. Si fuera a quedar embarazada, por lo menos lo hubiera dado todo, así mi descendiente se llamaría «Paja Rusa», «Por ahí no, bueno, ya sí», «Más fuerte», «Conchetumadre, me voy a ir». —¿Te fuiste adentro? —No, no sé. —¿Y el condón? —Se salió hace un rato. —Puta la hueá. Me fui a lavar y se me olvidó el tema hasta dos semanas después. Parecía que el espíritu del posible cigoto me

andaba penando porque en la micro se sentaban todas las embarazadas a mi lado. Comencé a mear unos chorritos sobre el test; otros chorritos sobre el papel higiénico flotante de la taza de tres turnos anteriores. Hay que esperar un momento. Me chorrié un poco la mano. En quince minutos más tengo entrega de taller. Hice el trabajo sola porque mi compañera dejó la carrera a la tercera semana y, en vez de avisarme, me dijo que estaba enferma y que de todas maneras ella haría su parte. Se venía mi segundo rojo consecutivo en el mismo ramo. En segundo medio me pusieron un 4.5 en Lenguaje porque no entendí el libro Demian y me puse a llorar. Ahora, en la U, llevo rojo en todos los ramos. No brillo, pero me como a todos mis compañeros. De ser invisible a popular te cambian las prioridades para mal. Soy la mechona Kardashian, paso demasiado tiempo preocupada del cómo me verán. A veces, incluso, cuando estoy sola y lloro, parto corriendo al baño, me paro frente al espejo y sigo llorando en mi mejor ángulo. Pasaron los minutos. Le pasé por debajo de la puerta el test a la Nacha Díaz. Yo seguía innecesariamente a potopelao sentada en el trono. Me subí la panty y el pantalón. Estaba ansiosa. No había entrado gente al baño hasta ahora. Una persona de Converse rojas rotas —vi en el espacio que queda debajo— me preguntó si me faltaba mucho porque el w.c. de al lado estaba tapado. Me lo imaginé tapado por un feto. Salí y Nacha me miró con decepción. Negativo. Mis horas googleando síntomas a las cuatro am me parecieron desperdiciadas. De repente, un poquito embarazada no estaba tan mal, sobre todo si mi crío o cría iría a ese colegio artístico-libertario que no sabía si existía.

—Igual, hueona, no sabís si te pegaste otra hueá del hueón y la hueá, ¿cachái? —agregó la Nacha, para alargar mi paqueo mental. Así que esa semana me sentí sidosa, hepatítica, sifilosa, clamidiosa, ladillosa, cistítica y gonorreosa. Pero pasé mis ramos, pasé las ITS sicológicas y seguí abriendo las patas con forrito hasta que, en otra ebriedad cualquiera, me volví a descuidar… Y les contaría la vez que me hice el test en un aeropuerto, pero la historia termina igual.

Confesiones de una soltera Paola Molina 134 Pág. Plaza Janés
Comentarios
Sabía ud que... LOS MÁS SUPERSTICIOSOS SON LOS CARPINTEROS PORQUE ESTÁN TODO EL DÍA TOCANDO MADERA. -------------------------------- Sabía ud que... JOAQUÍN LAVÍN JR PASÓ DE SER UN ENTUSIASTA A UN ENTUSIESTA. -------------------------------- Sabía ud que... NO SOY NI DEL SEXO DÉBIL NI DEL SEXO FUERTE, SOY DEL “SEXO, POR FAVORCITO”. -------------------------------- Sabía ud que... CUANDO HANNIBAL LECTER LEE UN LIBRO DE COCINA, PARTE POR EL ÍNDICE. -------------------------------- Sabía ud que... A VECES CANTO ODAS, OTRAS VECES SOLO ALGUNOS MINUTOS. --------------------------------