El caso de Kathy, la niña que todos conocimos su historia a través de los medios de comunicación, visibilizó una dolorosa realidad: la alta cifra de suicidios que ocurren en nuestro país. Es difícil hablar de este tema, sobre todo, cuando uno ha vivido y sufrido la pérdida de un ser querido en estas circunstancias.

En estos días se cumple el primer aniversario de la partida de mi hermana, Francisca, y creo que es primera vez que me atrevo a compartir algo tan personal tras su suicidio. ¿Por qué lo hago? Pues como periodista, siento y creo, que tengo un deber social de informar y de generar un espacio de debate, de reflexión en torno a este tema, el cuál pareciera sigue siendo un tabú. Además, algunos hechos que han acontecido en las últimas semanas, me han impulsado a escribir estas líneas desde la vereda de quiénes sufrimos el doloroso proceso de vivir un duelo de un ser querido que ha decidido partir por su voluntad.

Cuesta hablar del suicidio y cuáles son las motivaciones que inciden en una persona para tomar una decisión tan drástica, no soy una especialista experta en el tema. Lo que sí sabemos, es que en muchos casos, preponderan algunas patologías mentales, como fue el caso de mi hermana. La Fran vivió muchos años tratando un cuadro de bipolaridad – detectado tardíamente – medicándose a diario y asistiendo a terapia, sin embargo, sus esfuerzos y ganas no fueron suficientes para quitarle esas tristezas y dolores que solo ella dimensionó, y partió a los 34 años.

Hace algunas semanas, en el clásico entre Universidad Católica y la Universidad de Chile, se difundió la imagen de un tipo con una máscara de Raimundo Tupper – caso que todos conocemos – en la barra de la U, como burla hacia los simpatizantes cruzados. Una forma cruel y cobarde de mofarse de la muerte de una persona. Ese tipo y sus cómplices no fueron capaces de ponerse en el lugar de la familia de Raimundo, que seguramente siguen viviendo un duelo doloroso, tampoco pensaron que esa imagen ofendía a otras familias que han perdido a un ser querido en similares circunstancias. La imagen de esa máscara, con lágrimas, duele, pues representa esa caricatura que muchos hacen de los suicidas; de personas débiles, cobardes por tomar esa decisión.

Este año me enteré que el hermano de una amiga partió; hace algunas semanas, un compañero de colegio de mi hija, un chico de 16 años y que cursaba tercero medio; el caso de Katherine del Nido de Águilas; el año pasado el caso de Gonzalo de la Alianza Francesa; se suman a estos ejemplos el de otros más que no sabemos ni sus nombres ni sus historias. De acuerdo a cifras que maneja la Fundación Todo Mejora, cada dos días se suicida un niño o adolescente en el país. Por supuesto, que es para alarmarse.

La situación en Chile es bastante desalentadora: nuestro país tiene la mayor incidencia de enfermedades mentales de Latinoamérica y está entre los primeros del mundo. El 23% de enfermedades son de origen mental y somos el segundo país de la OCDE que más ha aumentado la tasa de suicidios durante los últimos 15 años, solo superados por Corea del Sur. Somos los únicos en el mundo donde la tasa de suicidio, particularmente de niños y adolescentes, aumenta todos los años, y es la principal causa de muerte en los rangos entre los 15 y 19 años. Llama la atención que el presupuesto destinado para salud mental en el país es de solo el 2,4%.

Ya es tiempo de hacernos cargo de estas patologías, de que exista un mejor acceso a tratamientos, de actuar de forma proactiva antes de que estas cifras siguen aumentando ¿Qué hace el Estado y autoridades con respecto a las enfermedades mentales? La verdad es que se ve muy poco, no ha habido un compromiso real de las autoridades, y por lo visto, no lo consideran una prioridad. Si bien existe cobertura GES para 4 patologías mentales como son la esquizofrenia; dependencia de sustancias; la bipolaridad y la depresión (las últimas dos solo para mayores de 15 años) lo cierto es que las listas de espera son eternas y existen muy pocos profesionales del área mental en el sistema de salud público, por lo que no se abarca la mayor parte del problema. En resumen, si no tienes los recursos para pagar un tratamiento combinado farmacológico-psiquiátrico-psicológico, prácticamente, estás jodido.
Hay muy poca inversión para lo que realmente se necesita, y ni siquiera existe una Ley de Salud Mental en nuestro país. El año pasado se lanzó el Tercer Plan Nacional de Salud Mental del Ministerio de Salud, que recoge los principales desafíos que deben abordarse entre los años 2017 y 2025 para dar respuesta a las necesidades de salud mental de la población ¿Avances? Ninguno. No se le ha tomado la importancia real a este tema, considerando que cobra más vidas al año que los accidentes automovilísticos.

Es cierto que el Ministerio de Salud tiene un Programa Nacional de Prevención de Suicidio, sin embargo, de acuerdo a las cifras que están a la vista, el efecto de dicho programa ha sido escaso, por no decir, nulo. Es hora de que todos podamos aportar para disminuir esta tasa, y de todos nosotros también depende. ¿Cómo? Tener mayor empatía, humanizarnos, de tener respeto por el otro, de tratar de acoger. Por ejemplo, terminar con actos como lo que cometieron esos tipos de la barra de la U, no utilizar un hecho tan triste como motivo de burla, de no pensar en las familias que viven la pérdida de un ser querido de esta forma, donde hemos tenido que aprender a vivir de nuevo.