La propuesta de un manual de buena conducta ha sido uno de los requisitos en los petitorios entregados a rectores de distintas universidades chilenas. Por cierto, en un lugar donde el machismo está tan profundamente arraigado en la cultura (y no diría que esto ocurre en Chile más que en otros países que se estiman mejor educados), un manual de buena conducta puede ser de mucha ayuda. Un profesor que interroga a una estudiante haciendo comentarios sobre su aspecto físico la está de partida deslegitimando en cuanto estudiante. La confina a su sexo cuando la Universidad debería ser el lugar que busca liberarnos de todos los particularismos (incluido el propio particularismo que la funda: la idea de lo universal). Donde la violencia se hace más invisible mientras más con-forma la realidad, un manual de buena conducta permite que la violencia de cada uno y cada una sea por un tiempo puesta en tela de juicio. El machismo no es invisible porque esté escondido sino, por el contrario, porque con-forma las costumbres, las miradas, los idiomas, así como su dimensión coloquial. Debido a esto, de alguna manera, machistas somos todos y todas. Es machista decir “mi reina” a una mujer que compra fruta; es machista esperar de un hombre que abra la puerta a una mujer.

Por cierto hay que diferenciar. El machismo es violento pero hay expresiones machistas que, si bien no están exentas de violencia, tampoco se reducen a ella. Es machista decir “mi reina” pero este machismo conlleva una violencia incomparable a la de estas micro-manadas callejeras que interpelan a una mujer con un simple muac que significa que la van a besar, o con un golpe de lengua que significa que la van a comer. La violencia siempre opera con señales previas y mientras más el lenguaje pierde su contenido comunicativo en pos de su dimensión de señalética, más violencia anuncia y produce. “Mi reina” puede querer decir muchas cosas, puede no estar exento de humor, puede incluso ser auto-irónico o puede ser polisémico. Asimismo, hay un machismo que es parte de la cultura y que, a mi juicio, es difícil penalizar de manera justa con una multa. Y hay un machismo que dominan los poderosos y que es mucho más difícil de penalizar porque ni siquiera se da en la forma de una interpelación. Se satisface con negar al otro su condición de sujeto. Ocurre con frecuencia por ejemplo que un médico niegue a su paciente la información que le pide diciéndole lo que “a las mujeres les gusta”. A diferencia del “rey” que interpela la “reina”, sabiendo que en el fondo toda la realidad está entre comillas y siempre podemos jugar con ella, aquí lo que se instala detrás de la galantería del médico es un lenguaje que ya ha negado a algunas (y algunos) su acceso. Pero su machismo no deja huellas. Al médico no se le hace una multa.

Pero si el machismo es cultural, ¿un manual de buena conducta va permitir realmente cambiar la cultura?

Yo pienso que tenemos que tener cuidado con los manuales por dos razones: porque paralizan la cultura en vez de cambiarla y por su posible (probable) recuperación política.

Empecemos por el segundo punto. Los manuales de buena conducta así como las solicitudes de suspensión de profesores o profesoras acusado/as de acoso, sin esperar que se haya finalizado un sumario, son dos medidas que llaman a mayor control social y a mayor autoritarismo. El manual de buena conducta por definición delimita lo bueno y lo malo. Si bien va a permitir evitar muchas conductas machistas, va a dar lugar también a una sospecha generalizada donde todo encuentro, toda forma de relación, será potencialmente culpable. En tal caso, puesto que todo será sujeto a control, podemos seriamente dudar que la libertad de cátedra será respetada. Esto, sin duda, va permitir que haya menos violencias en las oficinas de los profesores y de las profesoras (ya que estas tendrán vidrios trasparentes) y en las salas de clases, pero va a permitir también que haya más violencia a disposición de quien estará legitimado a usarla. La búsqueda de la transparencia absoluta, que es, recordémoslo, el principio mismo del totalitarismo, significa que lo que se condena no es necesariamente un acto violento sino un acto opaco, un acto que no recibe traducción inmediata en la sociedad de control. Con un manual de buena conducta, estamos seguros de que algunos actos violentos (pero no todos) no serán permitidos, pero no estamos seguros de que no se llegará también a penalizar las formas de resistencia a la sociedad de control, y con ellas, formas inocentes de expresarse, bromas que pueden ser escuchadas de varias maneras, y que precisamente, con su polisemia, nos liberan de los patrones únicos que siempre conforman la sociedad a la violencia. De la misma manera, incluir en los petitorios la suspensión inmediata de profesores y profesoras acusados y acusadas, sin que se finalice un sumario, legitima evidentemente la arbitrariedad y el autoritarismo político. Lo inaudito es que mientras esta medida ha sido el privilegio de las dictaduras y de la lucha antiterrorista a través de la aplicación del Estado de excepción, ¡ahora sería la Universidad el lugar que practica tal excepción!

¿Qué pasa con la cultura? El manual de buena conducta va a introducir un cambio cultural, sin duda. Nos exigirá corregir nuestras conductas. Pero como bien se ha dicho por aquí, corregir no es transformar. Ahora bien, lo que necesitamos es transformar la política con la cultura; no (o no solamente) transformar (o más bien paralizar) la cultura con la política. La cultura de lo políticamente correcto, lo sabemos, consigue invisibilizar aun más la violencia de los modi operandi de la política, haciendo un trabajo de purificación de las costumbres. Con un manual, nos vamos a ver bien, pero no por esto vamos a transformar la violencia que nos constituye. Con un manual de buena conducta (que, a diferencia de un reglamento que pone un limite externo y está sujeto a interpretación, buscará inmiscuirse en todas las modalidades de nuestras conductas, pues el manual dice cómo debemos ser, no qué es lícito o no hacer), a fuerza de querer corregir lo que es tan profundamente cultural, arriesgamos no transformar nuestro propio potencial cultural, que es, quizás, nuestro único potencial.

Sin embargo, la verdad es que con un manual de buena conducta lo que se está buscando es una solución al machismo, no (no aún) una política feminista. El manual vigila pero el feminismo libera. No se limita por definición a ninguna forma de buena conducta. Es más, el feminismo es un movimiento emancipador de la sociedad en su conjunto. Por lo mismo, no se puede concebir el feminismo desde una concepción separatista y dando cabida al autoritarismo político. Esto equivaldría a definir el feminismo contra la justicia, que es un asunto común. Es entonces imprescindible pensar el feminismo no solamente en el marco de la violencia machista, sexista y sexual sino en el contexto político contemporáneo: dentro de las nuevas formas de autoritarismos políticos (el totalitarismo líquido como se ha dicho por aquí) al que dan lugar las sociedades neoliberales, en el contexto migratorio actual que nos exige pensar en las nuevas situaciones de vulnerabilidades extremas y de invisibilización de la violencia. Si aceptamos, en nombre del feminismo, fortalecer las estructuras autoritarias, el feminismo podrá caer en manos de una instrumentalización política que será usada contra los más vulnerables. Es así que en Estados Unidos se usa la ley anti-piropo para penalizar al segmento más vulnerable de la población, es así que siempre en Estados Unidos los policías pueden actuar como procuradores, y es así que en Europa se están usando los valores del feminismo para discriminar poblaciones inmigrantes (denunciando sus supuestas culturas machistas o atacando a las representantes estudiantiles porque tienen un velo). Aquí se usa (se instrumentaliza) el feminismo con una finalidad correctora, como si fuéramos los detentores y las detentoras del bien y del mal. El feminismo no tendría cabida teórica (no se nace mujer) si no fuera también una política de la mala conducta, del cuestionamiento del género y entonces del no-conformismo social y político.

Pero volviendo al tema original, ¿debemos entonces renunciar a hacer un manual de buena conducta?
Por mi parte, preferiría que se haga uno poético, uno infinito, que a la manera de Borges, refleje sin fin lo que nos anuda al lenguaje y asimismo a los otros. De esta manera, con una reflexión sin fin sobre nuestras formas colectivas de ser machistas, no nos opondríamos a la cultura como si pudiéramos abstraernos de ella, sino que la transformaríamos viéndonos siempre en ella.

*Profesora titular, Universidad Diego Portales