Querido Felipe:

Esta carta te la escribo a nombre de todos los que aún no damos crédito a que no estés con nosotros. De los mismos que, paradójicamente, te sentimos con nosotros más que nunca. Somos tantos que sería una patudez infinita firmar esta carta.

Empieza un nuevo septiembre y tu recuerdo vuelve a la tele. Tus compañeros rostros vuelven a desgranar anécdotas que te vuelven a mostrar como la gran persona que eras y sigues siendo. Y se abre casi en forma natural el margen para sospechar si esas historias realmente pasaron o los figurones de siempre se cuelgan hasta de un muerto para robar pantalla.

Aún recuerdo el papelón del responso fúnebre que te hicieron en TVN. Ése, po, cuando Bibiano Castelló hizo uso de la palabra y aseguró que algunos que se decían tus amigos no lo eran realmente, mientras desde un rincón lo escuchaba, con ganas de hacerlo bolsa, Mauricio Correa, el gran aludido en esta guerra de egos televisivos que ni siquiera hace un alto al fuego en estas circunstancias.

Un diario de circulación nacional te dio por fallecido cuando así lo sugería el sentido común y la lógica forense, pero su gran error fue titular “El último vuelo del halcón” justo en horas en que la fe cruzaba como una daga cósmica el corazón de todo un país y no pensaba bajar los brazos. En ese diario se deshicieron en disculpas y desde entonces se han vuelto una mezcla indefinida entre Cuarta mercurial y brazo impreso de Twitter.

Nosotros nunca te dimos por muerto. Aún no lo hacemos. Miramos con fastidio y también con compasión los intentos, tan denodados como inútiles, de los que sueñan con sucederte en el trono del cariño televidente. Karol Dance es un pelusón como tú, pero impostado a cagarse. El caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde es una alpargata a su lado.

Rafael Araneda nació viejo. Una mezcla exacta entre Juan Guillermo Vivado y Raúl Matas, pero con cara de niño. Tú dabas bote con apuestas destinadas al fracaso, como “Motín a bordo” y “Contigo en verano”, y él era el rey de la franja estelar de TVN, con “Sin prejuicios” y “Noche de juegos”, pero nunca le alcanzó para hacerte sombra en el ranking online del cariño popular. Él era –y sigue siendo– el insufrible compañero de curso que trae las tareas anilladas y dentro del plazo. Tú eras y eres el palomilla que hacía reír a todos con sus ocurrencias en medio de una prueba, el que nunca reprobó la asignatura del carisma.

Y eso que no estudiabas mucho. Cuando te dieron la animación del Festival de Viña eras el primero en reírte de tu inglés insobornablemente elemental. Y llegaste a conducir esas seis noches en la Quinta Vergara pronunciando como el ajo cada sílaba cuando te tocaba presentar los canciones de habla extranjera en la competencia. Estoy seguro de que tu gran frustración fue no subirte a ese escenario a animar como el Washington, tu personaje regalón, o Luciano Bello. No te atreviste a proponerlo. No supimos adivinar que sólo así te habríamos sentido cómodo allí.

Dije seis noches. Fueron cinco. La última no se pudo hacer porque se atravesó ese maldito terremoto. Uno que movió casi tanto los cimientos de este país como la absurda caída de ese Cesna, que te mandó directo a la eternidad, pero una eternidad concreta, no abstracta. Militante, no tibia ni distante. Una eternidad que te hizo parte de todos nosotros. Que hizo del para siempre tu premio. Y nuestra condena.