Columna de El Tetera: Igual vi la Pará

La semana del 18 estuvo ruda, cinco días de mucho sexo y alcohol (olviden lo del sexo, dejémoslo en alcohol). El 19 me desperté cerca de las dos de la tarde con más caña que ganas de vivir, fui al baño, me miré al espejo y caché que tenía la cara más deformada que la Karla Rubilar bailando cueca.

Recordar esa traumática escena (que el director de “La Monja” envidiaría), me hizo reaccionar y encendió una alarma mental. Me acordé que, como todos los años, tenía que partir a la casa de los abuelos. Después de unos segundos, caí en cuenta de que las cosas habían cambiado este último año.

Desde que tengo uso de razón, los 19 de septiembre mi familia se juntaba a ver la Parada Militar en la casa de los abuelos. Nos reuníamos en el florido patio familiar, bajo la sombra de una vieja parra que por más de cincuenta años nos regaló sus uvas y olores. Padres, hijos, sobrinos y nietos dimos allí nuestros primeros pasos, crecimos y envejecimos bajo la cobija de la humilde y cálida casa que el abuelo construyó con sus propias manos. Entre los aromas de las flores y el sonido del viento que golpeaba las hojas de parra mi familia encontraba un refugio a la vorágine y el ruido infernal de la cada vez más creciente urbe. Ahí, en esa infinita paz, instalábamos una tele, ubicábamos a los viejos en un puesto preferencial y los demás nos acomodábamos como podíamos detrás de ellos. Así intentábamos pasar la caña al ritmo de los tambores de los soldados; y aunque uno que otro se quedaba dormido, no faltaba el que estaba mejor parado y lo despertaba a punta de codazos y papes.

Este año fue distinto, mi familia “la vendió”, literalmente. En Junio de este año vendieron la casa del abuelo y con eso, las tradiciones familiares que habíamos mantenido desde que “los tatas” decidieron forjar sus sueños en ese pequeño espacio. Finalmente, mi familia sucumbió ante el nuevo Chile, ese Chile que le da más valor a las Lukas, a lo material y lo instantáneo por sobre los valores que perduran; esos que se construyen a pulso, lentamente y con el tiempo.

(no sé que hueá dije, pero la dije con rabia).

Mientras miraba en el espejo mi desfigurado rostro, (cual Chadwick con estreñimiento) meditaba si valía la pena ver la Parada Militar. La había visto todos los años, pero por mis abuelos. A mí nunca me interesó ver a los milicos marchando frente a la élite y ostentando sus nuevos juguetes de guerra.

Me fui a la cocina a preparar una chupilca (es lo mejor pa’ la caña, se la recomiendo) y mientras la revolvía, pensaba en que tal vez la imagen que tenía de los uniformados estaba sesgada. El Pinochetazo, el Pacogate, el Milicogate y todas las historias de traición y corrupción de unos pocos chantas me había hecho meter a todos en el mismo saco. Recordé que en mi corta y alcohólica vida había conocido a varios de ellos personalmente.

Partiendo por mi abuelo, excarabinero y exguardia de palacio, al que cada día he intentado imitar y proceder según sus enseñanzas, poseedor de esa exclusiva sabiduría que solo consiguen los que se forman y se endurecen en el rigor que les exigen las dificultades de la vida. También al mayor Montecinos, a quien una vez vi de pie bajo la lluvia por más de 36 horas seguidas sin dormir, rindiéndole honores a uno de sus soldados caídos. Al capitán Zamora, un tipo serio, de tono duro, pero con un corazón gigante. Zamora nunca dudó en ponerse al servicio del pueblo y disponer de sus tropas para ayudar en las innumerables tragedias que han azotado al país. Y cómo olvidar al soldado Nicolás Araneda, quien me enseñó a mí, a su familia, sus amigos y compañeros de armas el valor de la amistad, la lealtad y el compañerismo. Araneda tenía el don de estar siempre firme en donde más se necesitaba de su infinito optimismo, su sonrisa sincera y su consolador abrazo. Aquel soldado partió de este mundo un terrible día, pero su nobleza de espíritu lo dejó vivo por siempre y lo convirtió en leyenda.

Después de recordar a estos soldados y darle un par de sorbos a mi chupilca caché que, tal como los uniformados que he conocido, cada uno de los chicos que desfilan el 19 de septiembre tiene su propia historia, sus puntos altos, bajos, sus problemas, penas y desilusiones. Pensé además que no se puede juzgar a todos por las cagadas de algunos y como en cualquier empresa hay buenos, malos, honestos, chantas, feos y bellos y sensuales como yo.

Así es que le puse más tinto y harina tostá a mi chupilca, me fui al living y prendí la tele. Llegué justo cuando el Presidente con sus minibrazos se empinaba la chicha en cacho (un sorbo de 7 segundos, los conté. Piñi chupa más que marido gorreado).

Igual vi la pará, esta vez no por mi abuelo, sino por mí y por estos chicos que creo, algo pueden enseñarme (y a mi familia). Mal que mal, ellos juran dar su vida por la Patria si fuese necesario. Yo no sé si estaría dispuesto a eso.

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