Hace unos días Miguel Crispi, diputado de Revolución Democrática, publicó en este mismo medio una columna, que si bien buscaba publicitar el Festival A Toda Marcha, aprovechó también de poner sobre la mesa una idea central, de carácter estratégico, respecto de su visión -y probablemente la de su sector en el partido- sobre lo que debe constituir la tarea del Frente Amplio: construir un “nuevo pragmatismo popular, que sea una alternativa al cómodo idealismo testimonial identitario”.

En un claro abuso de los autores, recurre a Laclau y Mouffe (fundadores de lo que se ha conocido como el “post-marxismo”) para relevar lo que le sirve (y no lo que dicen) en la clásica obra Hegemonía y estrategia socialista. Así entonces coloca como eje central el “pluralismo” (vacío, sin contenido, el archirrepetido “sentido común”), sin hacer ninguna referencia al concepto con el que el pluralismo se encuentra articulado a lo largo esa obra (y en todos los escritos posteriores, tanto de Laclau como de Mouffe): el antagonismo.

Más allá de esta cuestión bibliográfica, y porque de hecho me parece que el marco de democracia pluralista y agonal de Mouffe, en el contexto de una sociedad de clases como la chilena, es lisa y llanamente imposible, los puntos que Crispi instala en su columna indican precisamente un tema central a enfrentar por el Frente Amplio, si es que la coalición aspira verdaderamente aspira a más que la mera administración de lo existente: ¿qué tipo de política vamos a hacer? ¿con quiénes? y principalmente -porque se trata de antagonismos-, ¿contra quiénes?.

Hay que reconocer que el pragmatismo popular de Crispi tiene un mérito: que es capaz de descafeinar incluso lo ya descafeinado. Lo hace tanto con los autores -Laclau y Mouffe- como con la política actual. Su problema es que ve la realidad demasiado cargada con lo que él llama “idealismo testimonial identitario”, y a pesar de ser obvio que ningún esfuerzo político serio ha sido impulsado en el país en base a aquello, le atribuye a ellos responsabilidad en la emergencia de los populismos de derecha y postula, contra esta cuestión inexistente (contra Laclau y Mouffe, aunque diga que lo hace con ellos), un “pragmatismo popular”.

Si articulamos las ideas de Crispi -el pragmatismo popular más la crítica al idealismo e identitarismo-, el resultado es fácil de anticipar: desplazamiento de demandas radicales para empalmar con el “sentido común”, estrechamiento de los límites posible de la política y de los proyectos colectivos, reducción del conflicto, desarrollo de capacidad de acuerdos y, bajo el brazo: amplitud táctica de las alianzas (en sencillo: unidad amplia de todos contra la derecha -Chile Vamos). Es extraña la lógica detrás de esto y cuesta entender por qué el antídoto a los populismos de derecha, vociferantes, identitarios, idealistas, con referencias a motivos nacionales, y más debería ser esta política chata.

Chile ya ha tenido casi tres décadas de esta forma de pragmatismo popular, que en realidad ha sido derechamente una anti-política, y fue consagrada durante los gobiernos de la Concertación con el rótulo de la “democracia de los consensos”. Su objetivo, igual que acá, fue justamente subordinar (en realidad aniquilar) el antagonismo en favor del “pluralismo”.

La democracia de los consensos tiene un presupuesto lógico: no se puede ir más allá de lo que genera consenso, lo que en la práctica ha implicado que este límite lo pone la derecha y la oligarquía. Es decir, la política de los consensos (el pragmatismo de lo posible) subordina la política al margen dado por los intereses de los sectores dominantes, haciendo de este pragmatismo no sólo algo antipolítico sino que también antipopular. De este modo, la política de los consensos terminó naturalizando los principios neoliberales y simplemente operando dentro de su lógica, es decir, administrandolo. Así es como hasta hoy puede sostenerse que no ha habido ninguna reforma al modelo que haya superado la sagrada trinidad neoliberal: comportamiento subsidiario del Estado, articulación del sistema en base a principios de mercado y competencia, y rol central de los privados. Y es porque democracia sin antagonismo, no es democracia.

Lo fundamental de la democracia no es su contenido de mayorías, esto es más bien su consecuencia. Lo fundamental de la democracia es que es el régimen del pueblo, de los pobres, que se enfrenta y derrota a la oligarquía, que no solo son los menos, sino que principalmente los ricos. Por lo tanto, la democracia es un régimen cuyo contenido fundamental no es numérico, sino que cualitativo, es el régimen de las mayorías no propietarias. La política de izquierda democrática, por tanto, no puede ser sino una política antagónica. De lo que se trata es de derrotar y subordinar democráticamente a la oligarquía que hoy -como hace 40 años- gobierna.

Y aquí es donde Crispi tiene un punto. Efectivamente el problema es cómo construir políticamente estas mayorías. Siendo la respuesta positiva a esto algo aún abierto (el qué hacer), está mucho más claro lo que no hay que hacer: no hay que replicar lo que ya se hizo. Ninguna política que busque superar el neoliberalismo y el régimen oligárquico actual puede apostar a la antipolítica de la democracia de los consensos o este pragmatismo (anti)popular que parece ser su forma renovada. Que esta idea pueda seguir planteándose como novedad y alternativa a algo nos recuerda a Allende cuando decía que hay viejos jóvenes y jóvenes viejos -contando a Allende entre los primeros, por cierto-.

La política transformadora, de izquierda y radicalmente democrática, requiere todo lo contrario de lo que propone Crispi: recuperar es el antagonismo constitutivo de la política y la democracia. La disputa política a la ultraderecha no se dará desde los consensos descafeinados si de hecho fueron estos los que devinieron desafección política y destrucción del pueblo como sujeto político. Vendrá precisamente de construir una identidad política democrática y antioligárquica que interprete a las mayorías y abiertamente aspire a superar el neoliberalismo en una clave socialista. Esto implica cambiar el foco de nuestro mensaje y entender que las credenciales de gobernabilidad y responsabilidad no son a la SOFOFA y la CPC, sino que al pueblo de nuestro país (es absolutamente obvio que las políticas antineoliberales van a recibir la desaprobación de los defensores del neoliberalismo, ¡cómo podría ser de otro modo!).

Llevamos 40 años de régimen oligárquico arropado de democracia consensual y si queremos ser una fuerza que transforme Chile, de lo primero que hay que rebelarse es precisamente de esta forma de hacer política. Si el Frente Amplio no toma este camino y decide abrir la puerta de continuar con la lógica política transicional,la democracia consensual oligárquica), está condenado a su peor final, ser una mera reproducción de una élite administradora del modelo.

Simón Ramírez es licenciado en Filosofía, sociólogo y militante del Movimiento Político SOL.

Lee la columna de Miguel Crispi, acá abajo

Columna de Miguel Crispi: A toda marcha

Para que el proyecto cuaje y haga sentido debemos reunirnos y reflexionar. No de nuevo acerca de la sociedad neoliberal en la que vivimos y las exclusiones que ésta genera, sino de un horizonte distinto que pueda interpretar los deseos de una ciudadanía cansada del ofertón político.