Anoche soñé con mi madre. La veía distante, algo en verdad inusual, si bien solíamos ser bastante cercanos. Llevaba puesto un vestido negro y ahí andaba yo tras sus pasos, preocupado de que no le pasara nada. Le gritaba que por favor volviéramos a la casa, “¡no son horas para deambulando por acá!”, en eso deja de caminar y ríe a carcajadas, recitando las mismas palabras una y otra vez, corrijo, se trataba de dos números: el siete y el ocho.

Desperté en verdad abrumado, asustadísimo, me daba pánico pensar en la leve posibilidad siquiera de que ello podría convertirse en realidad. Talvez fue algo torpe de mi parte, pero decidí contarle lo que soñé mientras tomábamos desayuno en la cocina, posiblemente era una señal y quería advertirle, ¡literalmente moriría si le llegara a pasar algo!

Me trató de ingenuo poco menos, después nos reímos y rematamos la conversación cambiando de tema, estaba resultando bastante bien el hecho de haberme cambiado de universidad, venían tiempos mejores y debía concentrarme en todo eso que estaba por llegar. Debo decir que hasta ese día, mi madre y yo éramos prácticamente cómplices, podíamos conversar por horas sin aburrirnos y siempre estábamos ahí para levantarnos el ánimo. Supongo que eso es normal, pero nuestra relación siempre fue especial.

Al otro día fui a clases y no podía sacar esos números de mi cabeza. Jamás había soñado algo así, menos con números, supongo que era lógico que quisiera descifrar si es que tenía algún significado oculto, algo típico de mí, suelo buscarle la quinta pata al gato a todo, siempre. Le conté a mi hermana sobre este sueño y reaccionó preocupada, entonces me sugirió ir donde una numeróloga, mamá de una amiga suya. Esperé a que terminara la clase y fui hasta el centro de Viña, allí es donde atiende esta señora tan peculiar.

Llegué a la consulta entumido pese al calor afuera. Me atendió una joven rubia, cabello largo y rizado, ojos penetrantes. Habían cuatro personas antes que yo pero apenas me vio me hizo pasar. Buscaba por todos lados a alguna señora con la mirada y no había ninguna. Resultó ser que me equivoqué, entré a una tienda de Tarot y artículos esotéricos, no era la consulta que mi hermana me explicó por Whatsapp. Me senté sin decir una sola palabra, tal vez era una señal del destino estar justo allí y no en algún otro lugar. Muy bien, pensé, le consultaré a la joven sobre el sueño que tuve el Domingo en la madrugada.

Me hizo pasar a una esquina apartada de la tienda, una especie de biombo artesanal nos protegería del temor de revelar nuestras inquietudes delante de extraños. Debía confiar, no había otra alternativa, sentía cómo la duda me estaba consumiendo y no me iba a parar de la silla hasta saber realmente de qué se trataba dicha pesadilla. Tenía apenas dos mil pesos, me alcanzaba para hacerle tres preguntas específicas, me detuve unos segundos para pensar en lo que más me importa en la vida: mi familia, mis sueños y mi dilatada carrera universitaria.

Luego de revolver el mazo de cartas, la joven me pide que lo divida en tres, en la medida en que fuese eligiendo cada fragmento de éste, mis preguntas serían contestadas. Procedió, debía ser específico como dijo y unir los hilos en mi cabeza, luego de reflexionar algunos segundos estaba listo para empezar.

Antes debía contarle el motivo de mi visita, así entendería el por qué de mi urgencia. Comencé preguntándole por el sueño que tuve y, no recuerdo muy bien, pero al revelar cada carta aparecieron algunas espadas y jinetes poco favorables, según me comentaba. Me mantuve atento escuchándola, de pronto la joven se puso bastante seria, en efecto era lo que temía. El siete y el ocho en numerología no son números mágicos ni nada de eso. Me habló de problemas económicos, así como de salud y un inevitable sufrimiento. Mis manos sudaban, no sabía cómo impedir algo así y es que no mucha gente lo sabe pero creo mucho en los sueños, señales y energías.

Llegó el momento de hacer la segunda pregunta y la verdad es que fue muy difícil reponerse. Me sentía culpable por haber soñado algo así y no saber cómo impedirlo, pero más culpable  me sentía porque, de alguna manera, sabía que ese sufrimiento directamente me involucraba.

La joven ordena el primer mazo de cartas que elegí y en eso me pregunta si es que escondo alguna cosa, si hay algo que mi familia no tiene idea. Ahí está la explicación del por qué me atendió apenas me vio, según ella percibió en mí “energía retenida”, ansiosa de ser liberada y ello era poco usual. Al principio me puse a reír porque sonaba bastante loco, como sacado de algún estelar en televisión. No sabía qué responder pero en el fondo sabía que me atrapó y acertó de veras. No obstante, no podía pretender que le dijera, lo que ella trata de saber de mí es algo que ni siquiera podría escribir. De la risa pasé al miedo y a la cruda exposición volviendo nuevamente a sentir miedo. Resolví decirle que el motivo por el cual estaba ahí con ella era el sueño que tuve y si podía hacer algo al respecto, nada más, excusándome también por la hora, ya llevábamos conversando algo así como media hora.

Me miró fijo, templada, tomó mi mano derecha. En el fondo quería hablarle y decirle que sí, escondo algo muy grande, lo cual me aqueja hasta el día de hoy. Algo que ni yo entiendo, pero que con los años he tenido que asimilar. Mucha gente lamentablemente no lo entiende porque, en realidad, a nadie le enseñan del todo a entender a sus pares. Vivimos en un mundo cruel donde nos vemos obligados a clasificarnos unos a otros, del mismo modo en que una vez que nos encontramos literalmente ahogados, pedimos perdón por nuestros sucesivos y relativos pecados mundanos. Ello, según mi experiencia como testigo y a ratos partícipe hasta donde percibe mi memoria, pareciera olvidarse en cosa de segundos, si bien volvemos inescrupulosamente a la misma conducta sentenciadora como si estuviésemos dotados de alguna licencia o algo así para hacerlo y amedrentamos a otros a sus espaldas, básicamente por no repetir nuestros mismos patrones de conducta. Mi familia es fruto de dos familias con valores ambivalentes, en las que pareciera bien todo esto, así como cazar animales y luego acariciar a nuestras mascotas, o bien rechazar a todos aquellos merecedores de un infundado repudio sólo por no ser “normales”, lo que al final del día pareciera no importarle a nadie y no sólo porque en su mayoría es algo que no les afecta directamente, al parecer es más conciliador para este tipo de personas limpiar una a una sus culpas asistiendo a una fría eucaristía en la parroquia de la comuna que profesar básicamente el amor del que tanto hablan y hablan. Siendo así es lógico que uno prefiera guardarse ciertas cosas, más que nada porque sabe que gritarlo a los cuatro vientos sólo traerá desgracia a tu incompleta pero tranquila vida, como si callarlo fuera a aliviar tu progresiva necesidad de comprensión e incondicional amor, término también bastante usado por este perfil de personas, esas que uno ama de todos modos, aquellas por las que somos capaces de minimizar gravemente nuestros más sentidos secretos. Siendo así, ¿qué sentido tendría abrir mi corazón con una extraña si el problema no iba a cambiar?

Luego de que tomara mi mano y yo no dijera una palabra, vuelve a fijar su vista en mí, esta vez con la intención de romper de hielo, diciendo algo más o menos así:

“Jorge – sabía mi nombre y ni siquiera se lo di-, muchos homosexuales han venido a la consulta y desprenden la misma energía que proviene de ti. Son personas muy sentimentales, apasionados, lo único que quieren es que sus familias les permitan ser amados y escuchados. No tengas miedo, eres como eres y siéntete orgulloso de eso. Se ve que eres una persona preciosa y te preocupa demasiado el bienestar de tu familia, estás demasiado alterado por lo que dije acerca del sueño, todo va a estar bien, tranquilo”.

No pude evitar emocionarme, recuerdo que sus palabras en verdad llegaron al fondo de mi angustia y la aturdieron momentáneamente. Le expliqué llorando que no quería que mis padres sufrieran por mi culpa, ¡ya han tenido demasiados problemas en su vida como para tener otro más, me siento sucio, traidor… todos los días siento que le fallé a mis papás!

Corrió un aire frío, sonaban los caracoles del biombo que les comenté hace un rato. La joven comenzó a llenarse de rabia, no podía entender cómo es que yo me refería a mí mismo como un problema. Conversamos algunos minutos y me dijo que las cosas no iban a mejorar si me las callaba, era momento de que les dijera, que talvez el resultado sea inesperado y no tenía idea. Sus palabras me inyectaron tanto valor que, sin darme cuenta, me coloco erguido sobre la silla y dispuesto a enfrentar lo que sea.

La segunda pregunta tenía que ver con eso, “el problema”, me dijo que ya sabía lo que tenía que hacer. La tercera pregunta tenía que ver con mi futuro profesional y se puso a reír bastante animada, salieron tres ruedas de la fortuna, al parecer me espera un futuro lleno de grandes logros y efervescente prosperidad. Finalmente nos despedimos y no quiso que le pagara, me pidió sí que me cuidara y pensara en todo lo que hablamos, “piensa en ti y todo lo lograrás”, recordé la estrofa de una canción.

Caminé sin rumbo hasta que me aburrí y tomé locomoción. Pude haber ignorado las palabras de la tarotista, no me conocía, no tenía por qué hacerle caso, sin embargo tenía que admitir que fueron justamente sus palabras lo que mi vida necesitaba para llenarme de tan inexplicable fuerza. Debía entonces hacer a un lado mis miedos y pensar en mi felicidad, aunque ello me costara las lágrimas más tristes de mi vida.

Llegué a la casa y ahí estaban mis viejos, no estaba dispuesto a dar marcha atrás. Les pedí que se sentaran, necesitaba decirles dos cosas. Primero, les hablé acerca del sueño, no pude evitar llorar. Comencé a describirlo, estaba lleno de miedo, no quería que les pasara nada. Mis padres estaban muy preocupados, ello es innegable, son personas que, dentro de lo posible, entregan hasta lo que no tienen para dármelo a mí y sin vacilar. Sería injusto decir que mis padres no son buenas personas y por lo mismo me cuestiona mientras hablaba sobre si era correcto contarles, pero luego pensaba en que es mucho mejor decirlo ahora y no después ya viejo, jamás dejé de considerar las palabras de la tarotista, especialmente el hecho de que cualquier cosa podría pasar, ello me daba una pequeña esperanza. Por un momento, estuve a punto de no decir lo segundo, sin embargo un acto de valor es sin duda un acto de amor. Pasé a hablar sobre lo segundo, sobre mí, es extraño pero dejé de llorar. Si algo puedo decir de ese día fue que una parte de mí se sentía el hombre más valiente del mundo, el más firme y decidido, entregado en cuerpo y alma a la búsqueda de la libertad. Y bueno, otra parte de mí, a medida que pronunciaba “las palabras mágicas”, sentía que salía de una caja oscura llena de miedos y se metía en otra ardiendo, con estacas clavadas en su interior, sin saber con certeza que lo que venía en adelante sería aún más difícil de soportar.

Fue horrible, si tuviese que desconocer el amor de mis padres por mí, es sin duda ese día el ejemplo crucial. No fue necesario digerir noticia alguna, la lluvia de insultos parecía no terminar. Me recalcaron lo pésimo que le hacía a la familia, diciendo que por mi culpa serían “muertos en vida”, entre otras cosas que lamentablemente nunca podré olvidar. En sus ojos veía un progresivo repudio, no paraban de gritarme y recordarme que era el peor día de sus vidas, siendo yo lo peor que les pudo pasar. Durante años creí que con mis padres estaría a salvo luego de llegar a la casa tras solitarias, difíciles e incomprendidas jornadas en el colegio. A cierta edad, opté por no contarles lo que pasaba, mis vaivenes emocionales, todo eso traté de evitarlo para no causarles mayor preocupación, lástima que todo lo vivido por años no se compara con cada sentencia a la cual fríamente me condenaban.

Lo hecho está hecho, no hay vuelta atrás. Tomé mi mochila, recuerdo que no había almorzado, entendí que debía dejar la casa, incluso pensé no regresar jamás. Caminé por la calle creyendo que me detendrían pero no, por más que caminaba atónito pensando en lo que hice, nadie me seguía, al parecer nadie me vendría a buscar. No quería admitirlo pero estaba sucediendo todo aquello que tanto temía en mis sueños o durante mis tantas tardes de soledad. Visité a un par de falsos amigos, mientras le contaba a mi hermana lo que había pasado. Me trató de egoísta e infantil, diciendo que antes debí haber esperado terminar la carrera y después hablar. Si recibí alguna palabra de ánimo de su parte creo que ya lo olvidé, lo que sí recuerdo es lo muy preocupada que estaba, pero de que mis viejos no se desquitaran con ella, “estoy en mi último semestre y por tu culpa no voy a poder rendir tranquila”.

Cayó la noche y mi hermana me envía un mensaje diciendo que el papá le preguntó por mí, derechamente que parara con mi show. Pensé en que de eso justamente se trataba, debía hacerme cargo de lo que hice, tarde o temprano debía volver con ellos y enfrentar lo que estaba por venir. Se trataba entonces de ser valiente y enfrentar la tormenta, vencer los miedos, actuar con decisión y no mirar atrás.

Al rato mi hermana me pide que llegue tarde, cuando todos estén durmiendo. En su momento pude sentirme humillado por eso pero ya no me importaba, ¿algún otro insulto más me estaba esperando ansioso en la casa?

Decidí irme a la playa, compré pan en un almacén y me devolví por un néctar de frutilla, me senté y comencé a cantar asumiendo mi nueva realidad. Cerca de la medianoche comencé a caminar por la carretera a un costado de la playa en la que me encontraba y por suerte me paró un matrimonio, gracias a eso logré llegar a mi casa, al menos a unos cuantos kilómetros cerca de ella. Caminé y caminé, estaba empapado y muerto de hambre, comencé a llorar de impotencia, así como a procesar una vez más lo que había pasado hace unas horas.

Me detuve en medio del camino de tierra a mirar las estrellas y recordé lo que dijo la tarotista, no se trataba de un problema esta vez, sino de mis emociones, lo que siento y lo que vivo, lo que soy y debo profesar orgulloso ante la adversidad.

Me abracé llorando mientras caminaba bajo la luz de la luna, creo que canté Color Esperanza una o dos veces. Llegué a mi casa y estaba apagado, entendí que debía entrar silencioso, para mañana cualquier cosa podía pasar.

Entré a mi dormitorio y me tiré sobre la cama con la ropa puesta, apoyé la cabeza sobre la almohada y mágicamente comienza a truenar afuera, además de llover intensamente, lo cual tomé como una metáfora del destino, entonces de eso se trataba, volví a pensar. Debía ser fuerte y nada más que soportar, porque lo realmente terrible estaba a horas de comenzar.