El impacto que generó la elección de Bolsonaro en Brasil condujo (al fin) a cierta conciencia de que no podemos explicar esos triunfos por la estupidez e ignorancia de quienes votan por tales líderes. La sensación general es que “algo pasa” con nuestras democracias y debiéramos tomar nota de sus tensiones y de aquello que están ignorando. Para esto, es fundamental recuperar herramientas que nos permitan procesar autocríticas, pues pareciera que las democracias han ido perdiendo progresivamente la capacidad de identificar sus propios puntos ciegos. Es como si sólo pudieran afirmarse a sí mismas, presentando como traidores o amenazas todo aquello que manifiesta sus problemas.

Se trata de un ejercicio lento, pero necesario. Y en ese camino, puede ser de ayuda volver sobre autores que tempranamente pensaron el régimen democrático. Uno de ellos es Alexis de Tocqueville, cuya mirada sobre la democracia es presentada por el filósofo francés Pierre Manent en Tocqueville y la naturaleza de la democracia, el último libro que publicamos en el IES. Tocqueville es una referencia vaga en nuestro país: menospreciado a veces por conservador frente a sus contemporáneos (aunque sus semejanzas con Marx son notorias), es citado de cuando en cuando por el liberalismo local para hablar de la importancia de la sociedad civil o de la libertad, pero sin demasiada elaboración. Sin embargo, su pensamiento está a la altura de los grandes intelectuales críticos de la modernidad, aunque pocas veces se le reconozca ese estatus. Quizás por su escritura demasiado narrativa (lejos de la estructura sistemática de las ciencias sociales), marcada por la observación de realidades que lo sorprendieron profundamente: la revolución francesa y la democracia norteamericana. El libro de Manent pone en evidencia la sofisticación del análisis de Tocqueville y, sobre todo, su notable actualidad. Una muestra de su vigencia es el recordatorio –esencial, pero olvidado– de que la democracia es una tarea siempre inconclusa. La igualdad de condiciones que la origina es un estado (a sus ojos, al menos) irreversible, pero cómo vivirán democráticamente esos hombres que ahora se reconocen como iguales es algo que nunca está resuelto.

La democracia consiste entonces en un desafío permanente; en la pregunta constante de cómo vivir juntos pues, como se dice en este libro, la igualdad democrática pone a todos uno al lado del otro, pero sin explicitar más el lazo social que los une. ¿Qué nos vincula ahora que ya no tenemos las ataduras que nos hacían remitir unos a otros? Pero el temor de Tocqueville no es sólo respecto de la indiferencia que a su juicio puede derivarse de una igualdad que tanto une como distancia, sino también de la servidumbre que implica una libertad dispuesta a someterse a una opinión que, en principio, representa a todos. Como el hombre democrático no acepta ya una autoridad impuesta, cae en la ilusión de pensar que puede prescindir de ella. El peligro, dice, reside en el hecho de que, como en toda sociedad, la autoridad seguirá existiendo, sólo que quizás ya no podremos saber con claridad dónde se encuentra. Y ejercerá igualmente su influencia, poderosa e irrevocable, desde una opinión soberana que se legitima por encarnar –se supone– la voz de todos.

No es difícil constatar la vigencia de los riesgos descritos por Tocqueville en nuestro propio tiempo. Pero el valor de su reflexión no tiene que ver solamente con su diagnóstico, sino también con la actitud con la cual observó su propia realidad. Nuestras democracias parecen haber olvidado justamente el dato esencial de que constituyen una tarea inconclusa, y ven entonces aquello que se les opone como un mero obstáculo a su avance irresistible. La actitud tocquevilliana que Manent describe puede ser un buen insumo para recuperar una distancia crítica que nos permita advertir en esos supuestos obstáculos la evidencia concreta de que debemos seguir trabajando.