Nunca me consideré digna, de esa dignidad impermeable a la humillación, indeleble al drama, como las damas perfectas, como Lady Di (QEPD). La vi en un documental, sonriente e inmaculada, mientras su frágil voz en off confesaba el infierno en el que había vivido, sus llantos secretos por la pública infidelidad de su marido, su bulimia y autolesiones que la ayudaron a purgar la humillación de sentirse un simple útero virgen y aristocrático para engendrar un heredero, mientras vivía en vitrina el día entero y sobre su depresión por sentirse un fraude, incapaz de agradar a la monarquía. Pero nada de eso se veía, lo tuve que imaginar detrás de esa fachada de impecabilidad, de su mítica sonrisa y mirada esquiva, porque Diana, según yo, era digna. Y para mí ser digna era esconder el lado oscuro. No como yo, que me he dibujado vomitando, teniendo sexo con otros y conmigo misma, desnuda con rollos, peluda, con ataques de celos, llorando a mares, sacando piojos, con los mocos colgando y aunque siempre con humor, tratando de visibilizar lo más indigno de mis experiencias.

La culpa de mi indignidad la tuvo mi fe precoz. Yo pensaba que la dignidad era ser falsa y como mentir era pecado, elegí ser frontal, honesta y valiente, no tener vergüenza. Aunque igual me peiné “a lo Lady Di” y usé zapatos “reina”, nunca quise ser Diana. Yo quería ser Carlos. Quería ser el hombre.

Y lo fui y me equivoqué, porque en vez de imitar a un príncipe inglés, imité al chileno medio de los ochenta: tomé alcohol hasta morir, fui promiscua, agresiva, irónica, competitiva, dominante, misógina (y por ende autodestructiva), y cuando subía de peso compensaba mi baja autoestima recordándome que yo era artista, que mi vida era mi carrera y que el resto no importaba.

La maternidad desintegró mi ilusión de ser el príncipe. Mi regreso al mundo femenino explotó por dentro, las hormonas me sacudieron y desde que mis hijas nacieron empecé un largo y complejo camino para aceptarme como mujer y encontrar nuevas maneras de asumirlo.

Me construí a través de dibujar, pintar, volver a tener amigas, reencontrarme con mis hermanas, leer, ver documentales, y escuchar podcasts con diversos discursos feministas, como uno que escuché hace poco, que me enseño a re-significar el concepto de dignidad: “Inflection Point, How women rise up” donde Lauren Schiller entrevista a la documentalista Alexis Bloom y mientras conversan de lo difícil que es para las mujeres denunciar los abusos sexuales de hombres con poder, Lauren le pregunta cuál es su mejor recomendación para las mujeres cuando quieren decir lo que piensan, y sobre todo cuando quieren decir NO. Alexis responde: “Si quieres ser escuchada dilo con dignidad, dilo con firmeza, dilo en un tono que no sea melodramático, dilo directamente”. En definitiva: Di.
Cuando lo escuché sentí que eso era precisamente lo que he estado tratando de aprender en terapia, a creer que soy digna, que merezco mi propia atención y validez, que las emociones que siento son importantes y tengo derecho a expresarlas sin drama, sin odio y con respeto. Que puedo tomar decisiones a partir de lo que yo pienso y siento, y no de lo que los demás esperan de mí y que eso es posible; lo difícil es ponerlo en práctica.

Y lo hice. Tuve una conversación con mi mamá el día del año nuevo. Igual lloré caleta y fui terrible de melodramática, porque soy latina y Alexis Bloom no, pero después más tarde pudimos conversar por horas, dignamente y tranquilamente de muchas cosas, con honestidad, cariño y amor. Fue sanador y hermoso. “Esta fue la mejor manera de empezar el año”, me dijo. Me sentí feliz, agradecida de poder compartir secretos y heridas con ella, de vaciar una mochila que he cargado por años sola, porque creía que podía, que era fuerte…como los hombres.

Tardé 30 años en reconocer que muchos capítulos de mi vida me duelen y no me dan risa como traté de aparentar siempre, y recién ahora post menopausia me estoy atreviendo a contarlos, a escribirlos, a dibujarlos, con metáforas, con reflexiones que me ayudan a comprenderlas y a aceptarlas con más estrógeno que testosterona, a darles un lugar digno en mi diario de vida.

He pensado mucho en la oportunidad que tenemos las mujeres de decir lo que pensamos, y de decirlo aunque hayan pasado 50 años y en lo importante que es para nosotras aprender a creer en la palabra de otras mujeres, reparar ese camino, ponernos en el lugar de la otra, apoyarnos, no traicionarnos, hacerlo con dignidad y no al estilo Lady Di de la era de Carlos, como muchas mujeres lo han hecho siempre, sonriendo y agradando aunque nos pudramos por dentro, porque pensamos que debemos agradarlos a ellos y a todos por evitar el ridículo, por miedo al abandono o por instinto de sobrevivencia para evitar que nos violenten o nos maten, somatizando secretos de abusos en enfermedades autoinmunes y adicciones, sino decirlo con dignidad, al estilo Princesa del pueblo, cuando dio la entrevista que yo vi, empoderándonos, reconociendo la humillación con convicción y honestidad, develando nuestras sombras, sin tener que usar el drama como única herramienta y aprendiendo a canalizar mejor nuestra rabia, porque bien dirigida puede ayudarnos a encender a nuestro favor el poder que llevamos dentro. Así que no lo olvides: Digna Di.