Alemania conmemora este martes el centenario del asesinato de Rosa Luxemburgo, icono de la izquierda que sigue suscitando debates y a quien ahora se le dedican nuevas publicaciones y diversos actos en distintos lugares del país.

La idea de que hubiera sido posible un marxismo distinto al soviético es algo que se suele asociar a su figura, en torno a la cual se siguen tejiendo leyendas

Entre las publicaciones se pueden destacar una nueva biografía, “Rosa Luxemburgo. Una vida” de Ernst Piper, una novela gráfica, “Rosa” de Kate Evans, y un libro centrado solamente en el asesinato, “Un cadáver en el Landwehrkanal” de Klaus Gietinger.

El Landwehrkanal es uno de los muchos canales de Berlín, que desemboca en el río Spree, y al que fueron arrojados los cadáveres de Rosa Luxemburgo y de Karl Liebneck tras su asesinato a manos de un grupo de soldados.

El sitio exacto en donde fueron arrojados los cadáveres, y donde actualmente hay un monumento, fue hace unos días el punto de partida de un gira organizada por un grupo de historiadores de izquierda a través de lugares relacionados con las últimas horas de Liebneck y Luxemburgo, en medio de un intento revolucionario fracasado.

Los nombres de Luxemburgo y de Liebneck se suelen mencionar simultáneamente no sólo por haber sido asesinados en la misma noche sino también por haber sido los cabecillas de la disidencia socialdemócrata que llevaría más tarde a la fundación del Partido Comunista Alemán (KPD).

Las leyendas, sin embargo, suelen tejerse más en torno a la figura de Rosa Luxemburgo. “Luchó todavía su vida por un partido por el que ni siquiera podía votar”, subraya su biógrafo Ernst Piper para destacar lo particular de la figura de una mujer que se convirtió en una de las figuras políticas más importantes de su tiempo en momentos en que el voto femenino era solo una utopía.

Nacida en Polonia en una familia judía, Rosa Luxemburgo estudiaría en Suiza, el primer país europeo en aceptar mujeres en sus universidades, y luego se instalaría en Alemania donde haría, tras obtener la nacionalidad, toda su carrera política.

Otro aspecto, además de su condición de mujer beligerante en tiempos del patriarcado, que hace que la figura de Rosa Luxemburgo se destaque frente a otras personalidades históricas del marxismo son sus discrepancias frente a Lenin y la revolución rusa.

Rosa Luxemburgo no creía, como lo explica Piper en su libro, en una revolución hecha por una elite -Lenin veía al partido como una vanguardia revolucionaria- sino que estaba convencida de que la revolución tenía que venir desde abajo, de las masas.

Además, en sus escritos critica la represión de la libertad de expresión en la entonces naciente Rusia soviética y dice, en una frase que se cita con mucha frecuencia, que “la libertad es siempre la libertad del que piensa distinto”.

La revolución, según Rosa Luxemburgo, debía ser permanente, pues era un proceso constante de aprendizaje.

Por eso necesitaba la libertad y por eso en 1931 Stalin declararía a Rosa Luxemburgo enemiga de la que según él era la única revolución verdadera, la del comunismo soviético. Con ello, según Piper, Stalin asesinó a Rosa Luxemburgo por segunda vez.

El distanciamiento de Rosa Luxemburgo y Karl Liebneck del Partido Socialdemócrata (SPD) se intensificó con la I Guerra Mundial, a la que ellos y el ala izquierda de la agrupación se opusieron, pero venía de más atrás y tenía que ver con la división típica de los partidos de izquierda entre reformistas y revolucionarios.

Con el fin de la I Guerra Mundial, la división entre las dos alas se hizo más virulenta y se trataba de definir el tipo de Estado que debía construir Alemania tras la derrota.

La fundación del KPD, a partir de la llamada Liga Espartaco creada por Luxemburgo y Liebneck, fue vista por los socialdemócratas reformistas como una declaración de guerra.

Liebneck creyó que había llegado el momento de hacer la revolución en Alemania. Rosa Luxemburgo era algo escéptica -decía que una revolución no se hace sino que es algo que simplemente ocurre- pero el curso de los acontecimientos la puso al frente de un conflicto que terminaría pagando con su vida.

Klaus Gietinger, en “Un cadáver en el Landwehkanal”, defiende la teoría de que los soldados que dieron muerte a Liebneck y Luxemburgo el 15 de enero de 1919 contaban con la complicidad de las altas esferas del gobierno socialdemócrata y sobre todo del comisionado para el ejército, Gustav Noske.

Piper, a partir de las polémicas de Rosa Luxemburgo con Lenin, sostiene que ella es la prueba de que hubiera sido posible un marxismo “más allá del leninismo”.