El rector de la UDP, Carlos Peña, dedicó su tradicional columna en el diario El Mercurio al bullado caso del presidente de Gasco, Matías Pérez Cruz, quien sacó a tres mujeres de una playa del Lago Ranco, argumentando que estaban en “su jardín”.

Finalmente el Ministerio de Bienes Nacionales salió a aclarar, con informe en mano, que las tres turistas se encontraban en una zona de uso público.

En su escrito, el abogado de profesión asegura que este caso “-fuera de la vergüenza que debe provocarle a su protagonista- es un retrato breve, pero intenso, del tipo de racionalidades que se entrecruzan en el Chile de hoy”.

Añadió que “Pérez Cruz, siente que el derecho de propiedad es la fuente que legitima su lugar y su autoridad en la escena social. No necesitan haber leído a Locke (casi con seguridad no lo han hecho, ocupados como estaban en rezar, sacar cuentas, saborear música) para compartir su idea de que la propiedad privada es una extensión de sí mismos, una forma casi mágica de extender la propia personalidad, las redes familiares y el anhelo de exclusión hasta donde ella, llena de sí misma, alcanza”.

En esta parte de su columna, Peña sostiene que “así se explica que todos los fenómenos que experimenta el Chile contemporáneo, la masificación, la movilidad, la emancipación de los grupos medios y el acceso a paisajes ante negados, constituyan una amenaza para las personas que Pérez Cruz de ahora en adelante representará. Porque, ¿sabrá Matías Pérez Cruz que con su conducta acaba de erigirse en arquetipo? ¿Estará consciente de que de aquí en adelante sus apellidos serán una forma abreviada de llamar todo comportamiento similar al que él ejecutó?”.

El rector apunta que “lo más interesante de la escena es que a Matías Pérez Cruz, con casi total seguridad, lo que le inquieta y desasosiega no es el supuesto daño a la propiedad privada concebida como patrimonio (el tipo de molestia de una persona sencilla que ve que le estropean su auto o le pintarrajean el muro de su casa); lo que de veras le molesta es la simple presencia de esas tres mujeres que no pertenecen ni a su clase, ni a su familia, ni a su círculo (su inconsciente le hace esgrimir como razón para expulsarlas que “tiene visitas”, que “está con su familia”)”.

“Es la simple presencia del otro lo que desata su irritación y por eso su esfuerzo no está dirigido a expulsar a esas tres mujeres de su predio, sino a alejarlas de su vista”, recalcó, al mismo tiempo que expuso que “con su reacción arrogante y presuntuosa, Pérez Cruz muestra el ánimo que poseen todos quienes se han hecho de riberas de mares y de lagos: una voluntad de aislarse de un sector de la sociedad que lo más probable les recuerda el lado oscuro de sí mismos, porque, al margen de la fe, la filantropía y los desplantes, saben que, como decía Balzac, en el origen de su fortuna siempre será posible encontrar un crimen, un abuso de esas otras personas que trabajaron para ellos y gracias a cuyo esfuerzo disfrutan hoy de ese jardín, ese remedo tosco del edén”.

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