El 14 de febrero de 2018 moría Paloma, la trans de 74 años que, llegar a esa edad, no le garantizó salvarse de una muerte violenta, protagonista del deceso de tantas vidas marginadas. Porque mientras gran parte de la población tenía acceso a celebrar el día de los enamorados, la historia travesti nacional era marcada por la partida de la trans más longeva hasta ese momento. Lo que más me llamó la atención, fue la baja convocatoria de personas que llegaron a su velorio, tan solo cuatro: las trans Silvia Parada, Kathy Fontey y la Lucha, además de Víctor Hugo Robles, el “Ché de los Gays”. Ningún familiar. Y es que estas fechas me hacen pensar en ciertas desigualdades que pasan desapercibidas. Porque siempre hablamos de las desigualdades laborales, económicas, ¿pero qué hay de aquellas de índole emocional? Porque el velorio de Paloma viene a ser la manifestación misma de lo que postula la filósofa Judith Butler respecto a las vidas que merecen ser lloradas y las que no. O, para hilarlo con la fecha, las vidas que merecen ser amadas y las que no.

“Me arrepentí de ser trans porque no quería quedarme solo”. me confesaba un chico homosexual una vez que me contó que en su adolescencia había comenzado a habitar una identidad trans. Sin embargo, lo que lo llevó a desistir de esa identidad fue sospechar que, al ser trans, se quedaría sin pareja y él es de aquellas personas que dice que el amor de pareja ocupa un lugar fundamental en su vida. Prefirió seguir como homosexual, al darse cuenta que tendría más oportunidades, sobre todo si trabajaba una imagen predominantemente masculina.

De esta manera, las posibilidades de éxito o fracaso en materias del amor se relacionan con ciertos atributos que cuentan con mayor legitimidad en términos sociales, como la masculinidad en el caso de los hombres, más que con alguna fuerza interior o algo de índole esencial. Es así como en esta repartija de atributos hay algunos que se ven en mayor ventaja debido a que sus atributos coinciden con lo que la sociedad espera y desea de ellos, mientras que las corporalidades raras tienen que ingeniárselas para encontrar sus propias formas de relacionamiento ante esta desigualdad emocional. Y es en los contextos más problemáticos, como los de extrema pobreza o los de marginación/estigmatización social, donde las amistades adquieren mayor importancia según la socióloga noruega Annick Prieur, debido a que se vuelven necesarias para sobrevivir. Y, en el caso de las travestis, como las otras redes sociales suelen rechazarlas y no admitirlas, entre ellas tienen mucho que darse unas a otras. Pero claro, la amistad no vende tanto como el amor romántico, protagonista de tantas películas de Hollywood, inmiscuido en las industrias culturales como la televisión, la prensa popular, la industria editorial y también en tanta mercancía que anda dando vuelta por estos días.

“Siéntese aquí, mijo lindo, a verse la suerte con esta pobre vieja, aquí en esta escalera helada, y sáquese la pichulita. No le tenga miedo a esta anciana leprosa” nos susurra la Pedro Lemebel en “Bésame otra vez, forastero”, la historia de la vieja travesti por la que todo un barrio hizo uso por generaciones. Porque ser vieja y travesti es peor, hay que ser ácida para soportarlo. Porque mientras otros están preocupados de no mostrarse desesperados después de la primera cita, hay quienes ni si quiera entran en esa desesperación porque saben que no habrá un segundo encuentro y, si se produce, siempre se hace bajo una lógica de consumo. Es así como varias dicen conformarse con menos o muy poco, porque saben que sus posibilidades escasean. Posibilidades de emparejamiento, porque efectivamente hay hombres que están dispuestos a expandir sus horizontes sexuales, pero nunca afectivos. Y hablo de hombres principalmente heterosexuales, cuya masculinidad se torna tan frágil ante una identidad travesti, porque amenaza con romperla en cualquier momento. Y eso hace que estén a la defensiva, cosa que no pasa necesariamente con otras identidades que no muestran tanta resistencia en relacionarse más allá de lo sexual con una trans o travesti, como las mujeres u otras trans. Esto incluso ha llevado a algunas a pagarle a sus amantes y a someterse a situaciones que para otras personas serían impensables.

“…Y él acepta y se baja los pantalones y le dice, toma, vieja, cómetelo, mámatelo, así sin dientes, boquita de guagua, mamita, sigue no más, vieja de mierda” continúa el relato de Lemebel en la historia de la vieja. Es así como la selección y clasificación de parejas o amantes pasa por filtros distintos dependiendo del lugar en que uno se ubique. Clasificación que por lo demás es primordial en esta época, según la socióloga israelí Eva Illouz, quien habla del proceso de racionalización amorosa para referirse a la evaluación implícita que hacen las personas en función de principios que ordenan y distinguen a los sujetos, jerarquizándolos en base a si los intereses personales del otro coinciden con los propios. Porque hoy en día la búsqueda de pareja está relaciona con la reafirmación del yo, más que con la apertura hacia la otredad. Por tanto, queremos estar acompañados, pero manteniendo el mismo estilo de vida de cuando estábamos solos. De lo contrario, te estás abandonando a ti mismo. Es decir, que más que nunca antes las personas hoy en día clasifican a sus potenciales conquistas en función de principios instalados con la modernidad.

Discurso contradictorio en una época donde supuestamente las relaciones se deberían fundar en el amor, al superar la etapa en que los padres decidían con quién se casaban sus hijos bajo principios económicos, sociales, entre otros. En cambio, ahora tenemos el telón de fondo de la libertad: libertad de elegir, libertad de ser, libertad de amar. Pero tanta libertad obnubila ciertas variables, como el hecho de que no todos elegimos desde el mismo lugar, que hay personas que cuentan con mayores recursos y herramientas para elegir lo que quieren, para elegir como quieren ser y, por último, para elegir las condiciones en las que serán amados o amadas. Pero la ideología del amor nos ciega, instalándolo como algo más allá de lo social, como algo universal, siendo que el amor discrimina, el amor es clasista, muchas veces racista y sexista. Porque cupido se cuida, y no introduce su flecha en cualquiera. De lo contrario, corre el riesgo de infectarse del bicho de la inmundicia. De tal forma que los resultados que uno obtiene en estas materias no dependen solo de la relación con uno mismo. Sin ir más lejos, ya el deseo de amar y de ser amado es tensionado por una lógica introspectiva, que suele tener apariencia zen, y que nos viene a decir que no hay que buscar el amor afuera, debido a que todo lo que buscas está dentro de ti. Entonces, el deseo por un otro se mira como un abandono de sí mismo, porque eso lleva a poner en manos de un tercero tú bienestar y, por ende, estás dependiendo, en un contexto donde la dependencia se torna patológica, como establece Illouz. Pero este argumento tampoco atañe a todos por igual, porque mientras en las mujeres la soltería puede resultar un acto reivindicativo ante años de sometimiento a la figura del hombre, para las travestis la soltería es la prolongación de la soledad con la que han convivido siempre, por lo que salir de la soltería sigue siendo un acto revolucionario; enamorarse de una travesti y asumirlo sin tapujos, es revolucionario. Por tanto, las mismas acciones hay que leerlas según el contexto y los actores por las cuales se llevan a cabo. Ser soltera para nuestras abuelas era un castigo, para las mujeres de ahora reivindicativo; el matrimonio para los heterosexuales es convencional, para los homosexuales refleja libertad.

Sin embargo, esos mismos cambios que surgen como una nueva conquista, no están exentos de ser entrampados por los mecanismos de poder ante los cuales se levantaron y revelaron en un principio. Es así como la soltería puede ser coaptada por el narcisismo contemporáneo y neoliberal, en donde el otro es visto como una amenaza para felicidad individual, porque ante todo hay que ser feliz y los imaginarios de felicidad que se van instalando suelen no llevarse muy bien con la tensión que genera la convivencia con los demás; en donde amarse a sí mismo se traduce principalmente en el dinero que inviertes en ti. O cuando el matrimonio empieza a defenderse en nombre del amor por parte de las identidades disidentes, lo que termina estetizando una institución de base profundamente patriarcal, lo que a su vez conlleva a fomentar la idea de que el amor equivale a matrimonio, generando cierto malestar y ansiedad en las personas que no les piden matrimonio. Y, al final, más que tensionar el orden establecido, los raros y raras terminan contribuyendo en la reproducción del ordenamiento tradicional de la sexualidad.

“Solamente yo tuve conciencia de la resurrección de su cara en mi espejo, el dorado espejo de azogue que rescaté de los despojos cuando la vieja fue sacada sólida y putrefacta, tres meses después de su muerte” culmina así el relato de Lemebel, mientras escucho de fondo un “¿Te molesta mi amor?” de Silvio Rodríguez. Y es que los amores no correspondidos, esos amores que incomodan, no son exclusivos de las historias del medioevo, ya que en ocasiones, como en el caso de muchas travestis, el deseo no basta en la decisión de permanecer con alguien, porque finalmente sigue teniendo más peso la norma social. Pero claro, el amor es amor y si no lo encuentras es culpa tuya. Sin embargo, mi experiencia investigativa me ha demostrado que por más que nos esmeremos, al final del día, solo somos travestis. Feliz día de San Valentín.