1.

Acabo de leer una crónica de María Moreno, escritora argentina. Es sobre Lemebel. Sobre Lemebel ya muerto. Una crónica de un muerto que no suena a hagiografía. Aparece Lemebel pelador. Lemebel antipático. Lemebel diciéndole “yegua” (y no del apocalipsis) a María Moreno. Y también Lemebel corajudo. No puedo saber si el día en que los muertos resuciten a él le gustaría leer esta crónica o no. Sí puedo citar esta parte tan citada de su “Manifiesto”:

Es marica pero escribe bien.

Es marica pero es buena amigo.

Súper-buena-onda.

Yo no soy buena onda.

2. 

“La pasarela del alcohol” es el primer texto que leí de María Moreno y me impresionó tanto que lo he leído más veces de lo que he visto el Rey León, y eso es mucho. Me parece que es un relato autobiográfico perfecto. Una de las razones es que su heroína no es intachable, que ni siquiera pretende ser una heroína. María Moreno habla de su propio alcoholismo sin reivindicar nada más que las ganas de escribir de él. Ese es el arrojo del texto. La mistificación sobre el escritor-alcohólico es común (holi, Bukowsky). Si la escritora es la alcohólica tiene un dejito patético. María Moreno lo dice harto mejor y hablando de toda mujer:

Nunca el prestigio de la brillantez ebria de una mujer superará al de un caballero. Un borracho que pertenece a una tribu de abolengo etílico puede ser gracioso; una dama, repulsiva.

Mis únicas convicciones vitales son fuertes pero absurdas. Por ejemplo: la gente que le echa limón a la palta está muy mal. De ese tema podría hacer un sabanazo completo. Pero aquí tengo que recurrir a un género que no adoro –el de la fragmentariedad- porque nada de lo que estoy diciendo está tan articulado, es definitivo.

Una amiga me mandó un texto sobre las heroínas en el cine. Cito breve: “Esas heroínas están demasiado ocupadas siendo modelos a seguir como para poder ser personajes verdaderos”. Estoy mezclando, ya sé, mujeres de ficción con mujeres reales. También estoy juntando a un escritor gay con una escritora. Para explicar la mezcla, mezclaré más. Veo la serie “El asesinato de Gianni Versace”. Antes de matar a Versace, su asesino mata a cuatro tipos más. Uno de ellos es David Madson, arquitecto, que tuvo la mala suerte de ser gay en los años 90. La escena que más me remueve es cuando sale del clóset con su papá, después de haberse ganado un premio de arquitectura. ¿Esperaste a ganarte eso para decírmelo?, le reprocha el padre. David llora. Es marica pero se gana premios. La imposición de perfección corre para cualquier grupo que no está del lado del poder. Lesbianas o trans o gays o mapuche o migrantes o mujeres o la lista es larga. No hace falta que diga lo siguiente pero quiero: si eres mujer queda mal decir garabatos, queda mal curarse. Si muestras algún sentimiento profundo eres excesiva o loca o quién sabe. Si un hombre exhibe el mismo sentimiento, se consagra de sensible.

Tal vez estos párrafos sueltos sí tengan un centro articulador. El otro día alguien me preguntó algo que no supe responder: “¿Cuál es la utopía feminista?”

6.

Hace unos meses leí en twitter: “Estás mezclando peras con uranio”. Esperé mucho el momento para usar la frase y no preví que llegara hoy, ni que fuera yo la que mezclara. Está bien no ser buena no es sinónimo de que esté bien no estar bien. Para no confundirme, un ancla: está bien ser mujer y no ser buena onda. Está bien ser mujer y no ser buena. Está bien ser mujer y equivocarse. No solo para armar personajes interesantes de ficción. Cito a una feminista –no retuve el nombre- que dice algo así como que la paridad real se dará cuando mujeres mediocres tengan puestos de poder, un privilegio que hasta ahora solo los hombres mantienen.

7.

No sé si sigo en lo de peras-uranio pero se me hace medio inevitable pasar a preguntarme por las formas de transitar por el movimiento feminista. Mea culpa: muchas veces he pensado que es de una mezquindad imperdonable cuestionarle cosas. Todavía me flota el fantasmita. Peor que un fantasmita. Es la imposición asfixiante de que las minorías debemos mostrarnos perfectas, siempre coherentes, no sea que se diga que no estamos cohesionadas, que hay rencillas, algún quiebre interno. No es necesario ser perfectas para estar unidas. No es necesario no tener rencillas. No es necesario estar de acuerdo en todo para tener la fuerza de cambiarlo todo (perdón el intento horrible de frase para el bronce).

Esta columna tenía que ser sobre la marcha-huelga de este viernes. No hablé nada al respecto. Y eso que hoy he recibido una cadena de correos que me ha emocionado mucho y que convoca al gremio de escritoras a marchar juntas. Pero quería escribir estos ocho puntos, supongo, a modo de autorecordatorio de cosas que siempre olvido.