Tantos minutos, tantos silencios, al menos novecientos noventa y nueve a día de hoy. Son los minutos que en muchas ciudades y pueblos de España se dedican – casi a diario – a aquellas mujeres asesinadas por sus parejas o ex-parejas. Este computo aterrador comenzó en España en 2003, promovido por el Instituto de la Mujer español.

A una se le corta el aliento ante tanta violencia continuada, tanto encono en contra de la libertad de decisión de las mujeres que deciden separarse, o eligen otra vida sin contar con ellos. Esos tipos convencidos que son los dueños de los cuerpos, dueños de los deseos, dueños de las trayectorias de unas mujeres que consideran de su posesión: propiedad que reafirma su ego y existencia de machitos mandamases.

“No es machismo, se llama terrorismo”, reza el lema que se canta en muchas de las manifestaciones de protesta y, en realidad, lo es. Estamos frente a un terror social que se lleva por delante no solo la vida de las asesinadas. Con la de ellas se va también la de unos hijos que si no mueren con sus madres – o para castigo de ellas, algunos – son testigos de esos crímenes y sus existencias, al igual que las de familiares y amigos, quedan marcadas para siempre.

Me pregunto hasta cuando se puede soportar ese silencio, esos novecientos noventa y nueve silencios que, por muy respetuosos que sean, nos siguen recordando lo difícil que es encontrar una voz para las mujeres. Parece que el backflash, que denunciaba Susan Faludi a principios de los años noventa del siglo pasado, sigue activo. A más reivindicaciones femeninas, a más ‘conquistas’ de las mujeres, más aumenta el grado de violencia, el castigo, contra ellas.

Cansa el silencio, pero también se agotan ya las palabras de denuncia. Aumenta el desaliento y colapsa el ánimo ante un problema social que solo puede ser abordado entre todas y todos. Un problema de carácter internacional porque afecta a muchas mujeres en el mundo. Hoy no sé de recetas, pero es probable que mientras yo doy rienda suelta a mi impotencia, estemos cerca del minuto mil.

*Por María Isabel Peña Aguado
Prof. Titular del Instituto de Filosofía, Universidad Diego Portales