Quizá es fácil discrepar con la mirada de Patrick Deneen, pero resulta muy difícil ignorarla. Este profesor de la Universidad de Notre Dame, quien estuvo recientemente en Chile invitado por IdeaPaís y el Instituto de Estudios de la Sociedad (IES), se puso como objetivo provocar un debate sobre los fundamentos del modo de vida moderno y sus consecuencias. La polvareda levantada por su libro “¿Por qué ha fracasado el liberalismo?”, a un año de su publicación, pareciera no disminuir, sino aumentar.

Deneen empujó y facilitó una discusión largamente postergada, por lo que leerlo genera una mezcla de vértigo y alivio. Da miedo discutir estos asuntos, más todavía con tal nivel de soltura, pero hacerlo es imprescindible, especialmente en un país como Chile, tan vinculado al sueño y la promesa norteamericana. Deneen, en alguna medida, nos trae noticias sobre el futuro. Sobre nuestro futuro. Y no son las más felices. Su lectura, por otro lado, promete patear jaulas a ambos lados del espectro político. El remezón que esperábamos hace ya bastante tiempo.

“Quien más influencia mi punto de vista sobre estos temas es Christopher Lasch. Especialmente, sus libros “The True and Only Heaven” (1991), que es un magistral estudio del concepto estadounidense de progreso, y su libro póstumo “La rebelión de las élites” (1995). Ambos son un esfuerzo por crear una lectura alternativa de la tradición estadounidense. Pero la razón por la que mi libro no se llama “Por qué falló Estados Unidos”, es que muchos de los elementos ideológicos y sociológicos que caracterizan a mi país son parte de una tradición mucho más amplia y abarcante”, dice Deneen.

Algo que admira del argumento de Lasch es que “percibió fenómenos contemporáneos, como el surgimiento de una élite global desarraigada que se beneficia de la globalización y el capitalismo mundial, diferenciándose de aquellos que todavía viven bajo formas, prácticas y valores tradicionales que el mundo contemporáneo ya no considera valiosos”, señala.

Es su afinidad política, económica e intelectual con este último segmento de la población estadounidense la que lo mueve a interesarse por su situación. “La situación de los perdedores de la globalización. Una serie de investigaciones recientes muestran que la división económica de los Estados Unidos hoy no es simplemente económica, sino una división entre aquellos que pueden desplegarse y realizarse vitalmente, y aquellos que no. Por ejemplo, tener un matrimonio estable y crear una familia se han convertido en bienes de lujo usualmente solo a disposición de los más pudientes. En mi libro digo que, en muchos sentidos, una de las consecuencias del liberalismo es debilitar o destruir aquellas instituciones que aseguraban cierto igualitarismo en la posibilidad de tener una familia y criar niños, reemplazándolas por un acceso condicionado a la riqueza”, agrega el cientista político.

Según plantea, esto crea una situación de lucha de clases desde arriba, orientada en contra de los menos aventajados. “Las élites, al mismo tiempo, movidas por un interés de clase, despliegan una justificación ideológica que los culpa a esos menos aventajados por fracasar en la obtención de esos bienes”, dice.

-¿Es entonces la meritocracia una ideología orientada a disfrazar esta situación de lucha de clases?
Son tanto la meritocracia, que proclama que toda posición social es merecida, como los compromisos igualitarios de las élites, que hoy llamamos “políticas identitarias” –abarcando temas como raza, género y sexualidad-, los dispositivos que alejan la discusión de temas más estructurales. Esto desvía toda crítica directa hacia el sistema y sus desigualdades fundamentales. Odio decirlo, pero me parece que conforman una especie de falsa conciencia, que anestesia la capacidad de quienes se benefician de nuestro sistema económico, político y social para darse cuenta de su complicidad con él y sus desigualdades.

-¿Operarían como una especie de compensación moral?
Es una buena forma de ponerlo. Yo no quiero condenar estas formas de igualitarismo, pero parece como si hubieran sido seleccionadas justamente para evitar hacerse preguntas sobre las estructuras de desigualdad que más afectan y dañan las posibilidades de la clase trabajadora. No es coincidencia que emerja desde las élites que promueven esas corrientes igualitarias la crítica más furiosa en contra del llamado “populismo”, que es visto como una amenaza a dichas causas. El resultado de esta situación es que las instituciones que, en teoría, más podrían hacer por estudiar y tratar de entender lo que hay detrás del fenómeno “populista”, se encuentran impedidas de hacerlo, pues resultan ser las más interesadas en perpetuar el actual sistema de clases.

-Pero la izquierda llegó a las políticas identitarias no por mero capricho, sino producto de una serie de fracasos y frustraciones a sus proyectos de cambio estructural desplegados durante el siglo XX.
Es cierto que la izquierda se movió de manera intencional desde una política de clases a una política basada en las identidades, y también que hubo muy buenas razones para ello. En Estados Unidos influyó especialmente el movimiento de los derechos civiles, por ejemplo. Pero Lasch explica que las buenas intenciones de las élites no pocas veces terminan dañando y menoscabando las posibilidades de las clases menos privilegiadas, que son sometidas, en nombre de la justicia, a condiciones experimentales que las propias élites evaden. La resistencia a estas condiciones por parte de esos grupos hace que comiencen a ser considerados como “conservadores” por la propia izquierda, que se desentiende de ellos, haciéndolos efectivamente gravitar hacia la derecha. En los 80, en Estados Unidos, este fenómeno fue encarnado por los “demócratas por Reagan”. Y el mismo resultado lo podemos ver hoy a nivel mundial, cuando son los grupos históricamente menos favorecidos, que tradicionalmente se hubieran identificado con la izquierda, los que constituyen la base de una serie de movimientos de derecha. Y la derecha intenta acomodarse a ellos y representarlos.

-Pero esto es también un problema para la derecha, supongo, ya que tradicionalmente se le ha entendido como el sector que representa los intereses de la oligarquía y los grupos más poderosos. ¿Cómo es que ese sector se volvería el representante de las clases trabajadoras?
Es cierto, y lo que está pasando hoy es justamente el despliegue de una amplia y dura batalla dentro de la derecha estadounidense entre quienes definen al conservadurismo en los ejes del libre mercado y una visión más bien libertaria del mundo, por un lado, y los sectores social-conservadores, por otros. Estas posiciones se traducen en evaluaciones muy diferentes respecto al valor y legitimidad de los movimientos populares. Lo que está en juego es la definición de la configuración que tendrá el mundo conservador después de Trump. Es decir, si la derecha intentará volver a su forma “reaganiana”, o se volverá más populista y asociada a la clase obrera.

-¿El consenso entre el conservadurismo moral y el liberalismo económico comienza entonces a desmoronarse?
Bueno, este consenso siempre estuvo construido sobre una fuerte tensión. Con el paso del tiempo, comenzó a hacerse evidente que el lado conservador del consenso se veía sistemáticamente erosionado, mientras que su lado económicamente libertario obtenía una ventaja tras otra. Y también comenzó a quedar claro que el avance del libertarismo económico estaba ocurriendo precisamente a expensas de las causas del mundo conservador. Los avances del libre mercado se lograron usualmente desestabilizando a las familias, desestabilizando las comunidades, menoscabando la religión, etc. Así, comenzó a madurar la conciencia de que esta alianza no solo no nos estaba entregando lo que queríamos los conservadores sociales, sino que estaba dañando nuestra causa. Esto explica la verdadera explosión que ha experimentado el debate interno de la derecha durante estos últimos años.

-En Chile ese consenso tuvo una enorme importancia para la consolidación de la actual derecha, inspirado por intelectuales como Michael Novak, cuyo pensamiento fue promovido por Jaime Guzmán. Y se sigue apelando a los términos de ese consenso, aunque sus fisuras comienzan a hacerse evidentes. El mundo conservador ha tomado cierto liderazgo en el ámbito de las ideas, mientras que el sector más libertario se ha vuelto algo reactivo, reivindicando y añorando los años 80. Sin embargo, al mismo tiempo, la cosmovisión liberal parece mucho más naturalizada a nivel social.
Parte de esta discusión es más bien práctica, y remite a la pregunta respecto a si los conservadores, fuera de una alianza con los liberales, tendrían el poder electoral como para tener éxito. Y lo cierto es que se trata de un sector que parece estar achicándose día a día, viéndose asociado más bien a personas mayores. Es por esto que una alianza con la clase trabajadora parece la mejor estrategia posible para tratar de construir una fuerza electoral poderosa. Hay muchas razones por las cuales esto podría no resultar, pero las últimas elecciones norteamericanas han ido dejando claro que existe un grupo importante de estadounidenses que se identifican a sí mismos como económicamente de izquierda, pero socialmente conservadores. Y ese grupo no se encuentra hoy representado, sino que está disperso entre los partidos liberal y republicano. Hay ahí una potencial fuerza social.

-Puede que haya una fuerza social, ¿pero cómo sería un modelo económico socialmente conservador? ¿A qué se parecería?
Hay cada vez más propuestas al respecto. Hay un economista llamado Oren Cass que publicó hace poco un libro llamado “The Once and Future Worker”. También están los ensayos de Daniel MacCarthy, que era el editor de la revista “American Conservative”, relativos a una nueva política industrial favorable a la clase trabajadora. Hasta el momento, hemos operado bajo un consenso neoliberal de izquierdas y derechas con relación a que la economía global tal como la conocemos significa eficiencia, ventajas comparativas y fuerza laboral barata adquirida en cualquier parte del mundo. Y creo que hay buenas razones para preguntarse si el capital debe ser considerado como algo desarraigado y móvil, o si es que hay un valor en las vidas vinculadas a un territorio. Es decir, si debemos seguir pensando a nivel de política económica que es la gente la que debe seguir al capital, o si vamos a comenzar a considerar que es el capital, el trabajo, el que debe moverse hacia las personas. Eso es una herejía para el pensamiento libertario, pero no para otras corrientes económicas que ponían por delante el florecimiento de las comunidades y la posibilidad de que existieran buenas fuentes de empleo diseminadas a lo largo del territorio nacional.

-¿Cuál sería la posición y el rol del consumo en ese esquema económico? No suena a nada parecido a la actual sociedad de consumo, y es probable que no fuera muy bien tomado por los grupos medios que han construido su identidad en torno a él.
Bueno, hablamos de una formación económica consolidada a lo largo de muchos años. Lasch destacaba que el proyecto para transformar el mundo moderno desde una sociedad productora a una sociedad de consumo no había triunfado por accidente, sino en base a una serie de políticas y acuerdos que buscaban ese resultado. Los tratados de libre comercio, la subcontratación, la externalización de la producción, la reducción del sueldo mínimo y otras políticas tenían ese objetivo. Todo en nombre del acceso a productos baratos. Y hoy vemos que surge de nuevo la pregunta respecto a si la política gubernamental no debería darle cierta prioridad a la esfera de la producción de nuestra vida económica, a pesar del daño que podría tener en el ámbito del consumo, poniendo por delante la descentralización productiva y la sustentabilidad de economías locales de menor escala. El uso de barreras tarifarias, que fueron el mecanismo tradicional mediante el cual se consolidaron las economías e industrias locales, se volvió una especie de herejía económica, pero creo que vale la pena volver a considerar el aporte que pueden significar.

-Sin embargo, esto supone un importante cambio cultural y a nivel de los valores. El corazón de la economía y la sociedad moderna hoy es el consumo, y pensar una sociedad no basada en él suena casi utópico.
Eso es cierto. Todos los economistas tratan de hacer pasar las preguntas económicas como preguntas técnicas, pero siempre están precedidas por decisiones en el plano de los valores. Esta es una pregunta sobre valores, y no solo técnica. Lasch defendía la idea de que una economía basada en la ampliación de la posibilidad de que las personas participen de la producción, en vez de solamente en el consumo, tendría un enorme impacto en la forma en que vivimos la vida. Un ejemplo de esto es la disyuntiva metafísica que se nos presenta cada vez que se nos hace un hoyo en un calcetín. La respuesta a esta disyuntiva será muy diferente dependiendo de si vivimos en una sociedad de consumo o en una de producción. En el primer caso, es más o menos obvio tirar el calcetín y comprar uno nuevo por un dólar, mientras que en la segunda nos inclinaremos por repararlo. Este simple hecho refleja una sociedad que genera menos desperdicios, que es más frugal, que mantiene vigentes ciertas capacidades manuales, que es más ahorrativa y que es más cuidadosa respecto a las cosas y su valor. Una serie de consecuencias humanas se siguen de lo que aparenta ser una mera decisión técnica. La pregunta no es entonces solo qué economía queremos tener, sino qué tipo de carácter queremos forjar, qué tipo de ciudadanos y seres humanos queremos promover.

-Esto recuerda bastante las reflexiones de Ernst Friedrich Schumacher respecto a la importancia de las tecnologías intermedias para el desarrollo humano…
Así es, y otro libro que no podemos dejar de mencionar aquí es “Shop Class as Soulcraft”, de Matthew Crawford (2010), donde él destaca el declive de las clases de educación técnico-manual en el sistema educativo estadounidense, advirtiendo que se estaba expulsando sistemáticamente de la experiencia escolar el aprendizaje relativo a trabajar con cosas, con lo material. Y que esto parecía casi una especie de herejía gnóstica, como si ser moderno significara no interactuar con las cosas, ni entender su funcionamiento. El impacto de esto no solo daña la valoración de los oficios, sino que también nos convierte a todos en personas más ignorantes. Somos especialistas en cierta técnica, pero ya no sabemos ni entendemos lo que estamos haciendo. Todo esto vuelve al viejo argumento marxista respecto a la alienación del trabajo, y nos muestra que las decisiones económicas nunca están realmente divorciadas de decisiones fundamentales respecto al carácter de la sociedad y de las personas que la componen.

-¿Cuál es su opinión respecto a los valores y la antropología implícita en las ideas económicas de Milton Friedman? ¿Cómo cree usted que han afectado a los Estados Unidos? Asumiendo que ustedes están unos 20 años por delante de Chile en términos de las consecuencias de aplicar estas concepciones.
Friedman es el representante de una escuela de economía que asume ciertas verdades específicas sobre la naturaleza humana. En particular, que los seres humanos somos creaturas autónomas que tenemos ciertas preferencias dadas, y que esas preferencias, expresadas y coordinadas por una economía de mercado, llevan a una optimización en la asignación de los recursos, y a la prosperidad general de la sociedad. En la base de esta visión hay un individuo auto-interesado maximizador de la utilidad. Esa es su visión antropológica. Y una de las cosas que más me llaman la atención de los estudios en el campo de la economía, es que han mostrado que esta visión de la naturaleza humana no es algo dado, sino algo creado, construido, entre otras cosas, por la teoría económica y por una economía organizada de acuerdo a este supuesto antropológico. En otras palabras, el homo economicus no es algo dado, sino algo construido. Este hecho es muy importante, ya que Friedman sostenía que su orden económico era el que mejor se ajustaba a la naturaleza humana. Pero qué ocurre si, en vez de eso, en realidad se trata de un orden que demanda la creación de seres humanos más egoístas, aislados y menos sociables y comunitarios.

-Eso tendría bastante sentido para el caso chileno, donde, de hecho, la consolidación de una sociedad de mercado tal y como la conocemos hoy tomó 17 años de dictadura.
En cierto sentido se puede decir que lo que llamamos libre mercado, al contrario de lo que piensan muchos economistas libertarios, siempre ha sido el resultado de una fuerza política. Fuerza que puede tratarse abiertamente de una dictadura, o de un modelo como el de la Unión Europea, que busca medios más elegantes para eludir el escrutinio popular y así hacer avanzar este tipo de políticas. El análisis de este fenómeno fue realizado hace muchos años por Karl Polanyi en su libro “La gran transformación”, donde plantea que lo que nosotros entendemos como el mercado moderno es en realidad el producto de una imposición política sistemática de una clase social sobre otra. La frase más famosa y memorable de ese libro es “el libre mercado fue planificado”. Friedman, en cambio, asume la existencia del “homo economicus” como algo natural, y no como un producto de mecanismos políticos. Y uno de los debates que vale la pena tener hoy es si su visión del ser humano es razonable o no. Si es eso lo que somos, o no, en tanto seres humanos, y las consecuencias de aceptar esa visión.

-¿Qué le dice esto al futuro de Chile?
Asumiendo que Estados Unidos puede dar pistas al respecto, podemos decir que el sistema económico que fue pensado por economistas como Friedman no está funcionando. Muchas personas sienten que no están viviendo bien bajo él. Y el argumento de quienes les dicen que sí están bien, porque tienen acceso a muchas cosas, es cada vez menos persuasivo. No convence a quienes no pueden formar una familia ni tener expectativas razonables respecto al futuro de sus hijos. No convence que te digan que deberías darte por satisfecho simplemente por tener otra televisión pantalla plana o un nuevo modelo de celular.