Las últimas cifras de la OCDE en Chile dicen que el 87,5% de los hogares poseen acceso a internet, 16 millones de los chilenos lo tienen a través de nuestros dispositivos móviles y el 81% tiene smartphones. Estas cifras son reveladoras y deben hacernos pensar sobre la importancia de la disputa comunicacional en nuestros tiempos, el por qué los partidos y movimientos políticos deben entender que desde las plataformas digitales también se le está hablando a la gente, la ciudadanía está en internet y ha decidido entregarle un gran porcentaje de su tiempo a las pantallas, nuestro desafío para hablarle a Chile es ser capaces de traducir esa mirada de país que soñamos en los términos del siglo XXI.

En Chile, las redes sociales instalan temas y visibilizan muchas cosas que los medios tradicionales no muestran, ya sea por considerarlos irrelevantes o porque no responden a la agenda que sus dueños han definido como prioridad. Podría enumerar un montón de ejemplos para graficar el poder y la importancia de las redes sociales: el movimiento social por Aysén, renuncia del ministro Rojas y las tomas feministas son algunos entre tantos otros. Todas ellas, sin embargo, han respondido a situaciones particulares, de coyuntura, y nosotres, les militantes políticos -del 2019- tenemos el desafío de asignarles un lugar y hacerlas parte de nuestro quehacer político. Resulta tan relevante el manejo de las redes sociales y, en definitva la comunicación política, como un puerta a puerta o el volanteo de campañas.

Ahora bien, si miramos más allá de nuestro microclima militante, el uso de redes sociales de forma hábil, organizado y con sentido de oportunidad ha permitido, incluso, el surgimiento y posicionamiento de candidaturas con opciones concretas de elegibilidad y sin necesidad de tener mucha calle recorrida. Asimismo, ha sido la misma dimensión una herramienta para fulminar candidaturas con noticias falsas o “Fake news. Esa es la amplitud de posibilidades e importancia concreta que nos pone delante el mundo virtual.

Entender que lo que comunicamos, en todas sus variantes, es profundamente político y que el campo comunicacional es una herramienta con futuro y con sentido de urgencia es fundamental.

Luego del triunfo de Donald Trump comenzamos a escuchar con mayor frecuencia una palabra que hasta hace poco era manejada por un grupo muy reducido de personas: el “Big Data”. Una forma de tener un vínculo íntimo con las personas al comunicarles lo mismo que viene haciéndose campaña tras campaña, pero ahora como a ellas les gustaría verlo, con los anteojos de la gente, no del técnico y experto en comunicaciones y campañas políticas. Así, pasamos a adaptar el mensaje de un programa de gobierno a todos sus electores para finalmente ganar una elección. Muchos querrán conservar esa política ensimismada, donde unos pocos le hablan a sus círculos y son incapaces de superar la dicotomía entre lo que nos gustaría que fuese y lo que realmente es. Pero recordemos que en la disputa política no se trata de tener la razón (una razón más ligada al afianzamiento tecnocrático antes que al concepto de lo político y la democracia), se trata de ganar y aquí nos encontramos con un diamante en bruto y quien lo sepa trabajar bien podrá romper el cordón sanitario de la ortodoxia comunicacional para hablarle a la gente y por sobre todo va a ganar elecciones.

Lo comunicacional es político, una organización o partido político que no es capaz de mostrar lo que está haciendo, prácticamente no existe, un partido que no entiende la importancia de cómo mostrar lo que se está haciendo no ha entendido el país y el mundo que está viviendo. Desde este lado, tenemos el desafío de ganar, de construir mayorías para hacer realidad el país feminista y radicalmente democrático con el que soñamos y para que esto se convierta en realidad debemos entender que esa falsa dicotomía entre el “hacer política en el territorio” y el “hacer política desde un click” no es siempre real y, si ambas formas no dialogan simplemente hemos decidido no avanzar y otros ganarán esta batalla que podría ser nuestra, que podría ser de todes.