La oficina es pequeña, atiborrada y no tiene adornos, solo un retrato de Sigmund Freud que clava su mirada en un breve pasillo vacío. El edificio, que alberga los magísteres de Psicología de la Universidad Diego Portales, es silencioso y blanco. Sentado frente a un computador, entre varias pilas de libros y artículos sobre abusadores sexuales, el doctor en Psicología Jurídica y Forense Francisco Maffioletti, de 48 años, busca ensimismado entre centenares de archivos la palabra sacerdotes.

—Sacerdotes —dice al fin, y abre una  carpeta que a su vez contiene decenas.

Noticias, investigaciones, estudios. Años, meses, documentos. El archivo que ha ido acumulando en la última década sobre casos de sacerdotes condenados por abuso sexual en Chile decanta en una sobrecargada plantilla de Excel, con la descripción de cada hecho, la relación del agresor con la víctima, la edad y género de los abusados, los atenuantes y agravantes, la frecuencia, las circunstancias y la condena.

…ciudad, Coquimbo; dos delitos; relación con la víctima, feligrés; mayores de 18 años; masculino postrado en una cama en la UCI, coma profundo; el cura le va a dar la extremaunción, lo toca en la zona genital; es observado por un auxiliar… —lee un caso al azar, con el tono y la velocidad de quien ya lo ha leído demasiadas veces.

En el documento está el detalle criminal y jurídico de 18 casos de abusos sexuales cometidos por sacerdotes entre 2004 y 2010, que Maffioletti utilizó en 2013 —junto a Adriana Sosman y Nathalie Coliñir, ambas investigadoras de la fundación Instituto Chileno para el Estudio de la Violencia, que él preside—, para realizar el primer estudio psicocriminalístico de religiosos chilenos condenados por abuso sexual infantil. Para entonces, ya había sido un testigo directo del auge de los casos de pedofilia en las iglesias chilenas, en particular en la Iglesia católica. Tras especializarse en Psicología Forense en la Universidad Complutense de Madrid —y hacer un primer estudio de 35 violadores en las cárceles chilenas—, fundó el primer magíster en esa área en el país, en la UDP, e ingresó a la PDI como jefe pericial a imputados en todo el país, en donde realizó otro estudio sobre 70 abusadores sexuales. En 2005 se convirtió en asesor de la Fiscalía Nacional en materia de delitos sexuales, en donde permaneció 11 años.  En total, cuenta el psicólogo, evaluó y aplicó Test de Roscharch a unos 500 abusadores a lo largo de Chile. Entre ellos, le tocó analizar a Paul Schäfer y un número cada vez mayor de sacerdotes, de distintas iglesias, condenados por abusos, violación, explotación sexual infantil e incluso producción de material pornográfico con niños.

—Esto era un grupo distinto, particular, que empezó a ser cada vez más grande —dice Maffioletti, quien ha escrito más de 40 artículos sobre psicología jurídica y forense, y ha participado en 19 libros—. Yo evalué a un cura del Pequeño Cottolengo, en la Sexta Región, que abusó de dos niños con retraso mental profundo, con edad mental de dos años. Tuve que declarar en el juicio oral y estaban todas las banquetas llenas de monjas rezando. Aparecieron Karadima y O’Reilly, y dijimos: aquí hay una cosa transversal. Los estudiamos, empezamos a levantar sentencias, vimos los informes psicológicos y sistematizamos estudios internacionales. En Chile no había casi nada de investigación sobre abusadores y nada sobre sacerdotes. Antes de 2010, era un pecado decir que un sacerdote había abusado. Te aseguro que de aquí a dos años se va a estar estudiando lo que hizo o no Alberto Hurtado, porque hay dos discípulos directos suyos, Renato Poblete y Fernando Karadima, que tenían esta conducta. Yo no tengo indicios de que lo haya hecho, pero no tengo ningún buen motivo para descartarlo.

El estudio que publicaron en 2013, basado en las pericias psicocriminalógicas a 18 curas abusadores —y el análisis del Test de Roscharch aplicado a tres de ellos, incluido John O’Reilly—, entregó algunos de los primeros datos duros sobre el tema en Chile: entre otras cosas, que la edad de las víctimas va desde los cuatro a 17 años; que la mitad de los casos se trataron de abusos reiterados; que el 55% de éstos ocurrió dentro de las parroquias y el 11%, en colegios; y que el 22% llegó a ser una violación. La muestra incluyó 60% de sacerdotes católicos, 35% de pastores evangélicos y 5% de líderes de cultos tipo secta. Las pericias a los condenados detectaron rasgos de inmadurez emocional, narcicismo, predominio de los impulsos básicos, necesidad de gratificación inmediata, déficit de empatía, menosprecio por las emociones, fantasías de omnipotencia y represión de las emociones y la sexualidad.

El año pasado, profundizaron ese trabajo con un nuevo artículo, sobre las reacciones y directrices de las conferencias episcopales latinoamericanas frente a la ola de abusos. Con el detalle de los casos desplegado en su pantalla, el psicólogo forense advierte que no puede hacer comentarios sobre pericias en particular, por razones éticas, pero sí desarrollar los rasgos psicocriminalógicos comunes entre los sacerdotes abusadores en Chile, que hoy, dice, deberían ser considerados para generar procesos de selección más profundos, con entrevistas realizadas por servicios externos a la Iglesia.

¿Los sacerdotes abusadores llegan al seminario ya siendo pedófilos?
—Entran no siendo pedófilos, pero ya con una personalidad bien asentada y definida. Uno podría pensar que se meten a esta institucionalidad porque tiene buen prestigio, porque los blinda, les da un manto de pureza y les permite no ser cuestionados. Nuestra hipótesis es que ellos alcanzan a percibir cierta debilidad intrapsíquica. El diagnóstico en estos casos es pedofilia, un patrón estable de atracción sexual por niños, que los perturba en el ámbito afectivo, social o laboral. Es un doble juego: por una parte, creen que allí les van a poner límites frente a eso que sienten y se les está escapando de las manos, pero por otra parte es una institución que se caracteriza por tener una posición de poder, por defender a ultranza a sus propios miembros y porque te garantiza el contacto cotidiano, próximo y cercano, con niños y niñas. Cosa que ellos buscan.

¿Cómo incide en ellos la obligación del celibato?
—Ese es uno de los grandes problemas de la Iglesia, porque lo que hace es inhibir una tendencia natural, la sexual, que es muy fuerte, se presenta en todos y que hay que tramitar de alguna manera. Hay que encauzarla y muy pocas personas pueden hacerlo como pretende la Iglesia, sublimando toda esa energía hacia una realización espiritual. Cuando se les prohíbe algo intrínseco a su naturaleza, que va a seguir pulsando todos los días, la única alternativa del sacerdote recién formado es irlo ocultando, haciéndolo a la mala. El celibato deberían asumirlo solo quienes crean estar capacitados para sobrellevarlo, y si en algún punto ven fragilidad en eso, deberían poder dejarlo, sin dejar de ser sacerdotes. No creo que eso disminuya ostensiblemente el abuso sexual, pero ayudaría a que busquen vías normales de tramitación del impulso sexual. La Iglesia tiene que cambiar su discurso respecto a la sexualidad, dejar sus idealismos y fantasías de santidad, y esta imposición a los sacerdotes y a los propios feligreses.

¿Eso potencia la posibilidad de casos de pederastia?
—Puede potenciarlo, pero no es obligatorio que así sea. Porque por otro lado tenemos a sacerdotes evangélicos, y también a gente común con familia, que igual caen en eso. El celibato propiamente tal no explica el abuso de menores, pero sí, cuando es impuesto, les exige a ellos tramitar sus impulsos sexuales por una vía oculta, y ahí es donde aparecen las distorsiones cognitivas, que es una forma de separar esa realidad sexual de lo que ellos son, a través de un mecanismo defensivo de disociación. Los sacerdotes abusadores pueden estar predicando el amor al prójimo, la compasión, la sensibilidad frente a las realidades de los otros, y en algún punto creyéndolo.

¿Sin sentirse impostores?
—Exacto, porque ese mecanismo los ayuda a que después, detrás de la sacristía o en la casa parroquial, puedan estar transgrediendo sexualmente a niños, sin considerar que les están produciendo un gran daño. Eso se observa sobre todo en los casos de sacerdotes, más que en otros agresores sexuales no forzados a llevar una vida santa. No cualquiera se vuelve pedófilo, hay ciertos controles que desarrolla nuestro psiquismo muy tempranamente, a los dos o tres años, que son el asco, la vergüenza, la culpa, la compasión y la moral. En estos casos, lo que falla es la empatía, que es la capacidad de ponerse en el lugar del otro tanto a nivel cognitivo como afectivo.

¿Sacerdotes como Fernando Karadima son incapaces de sentir empatía?
—Si no está cortada del todo, está bien en desmedro.  Una característica típica de los agresores sexuales, entre ellos de los sacerdotes, son los trastornos de personalidad limítrofe, narcisista o antisocial. En algunos casos, una mezcla de dos o de los tres. El narcisista tiene una imagen endiosada y sobrevalorada de sí mismo, y el ejercicio del sacerdocio, la verticalidad con que hablan con sus ovejas, los pone en un lugar en que la gente se los estimula: “Usted que es tan santito, tan buena persona”. Cuando entran al seminario pueden tener eso de forma incipiente, pero a medida que empiezan a avanzar y a subir de grado, va aumentando. El narcicismo implica que todo está centrado en ti y por lo tanto vas a hacer prevalecer tus necesidades por sobre las del otro, que no es tan digno de consideración como tú. Estas personas tienden a instrumentalizar a los otros. Carecen de empatía, envidian o piensan que los envidian, muestran comportamientos arrogantes y explotan las relaciones interpersonales.

¿Cuáles son sus rasgos limítrofes y antisociales?
—El limítrofe está definido por una inestabilidad en las relaciones personales, en su autoimagen y en sus afectos, una impulsividad intensa, idealización y devaluación de los otros, y una sensación crónica de vacío. El antisocial está caracterizado por un patrón de desconocimiento de la norma. Pueden decir: “las normas las pongo yo, quién más adecuado que yo”. Ahí uno se va dibujando estos tipos de personalidad, que son los más comunes en sacerdotes abusadores y en abusadores en general.

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Tus estudios describen a curas con un mundo interior infantil, necesidad de gratificación inmediata, menosprecio por las emociones, y temor y represión frente a lo corporal ¿Cuánto influye la Iglesia en formar ese perfil?
—Las características de personalidad están definidas antes de que entren. ¿Qué es lo propio de la institución que potencia eso? El celibato obligatorio, el encubrimiento por parte de la jerarquía y la garantía de contacto con niños y personas en situaciones de fragilidad. Es muy transversal el hecho de que se acerquen a niños cuando se les mueren los padres, como predadores que buscan madres solteras o viudas con las cuales relacionarse. Les dicen explícitamente a muchas víctimas: “Yo ahora voy a ser tu padre”. A partir de esa posición, y de ganarse la confianza de la madre, empiezan a tener aproximaciones sucesivas, en que van juzgando si el niño es abusable o no.

¿Esta tendencia a idealizarlos que se presenta dentro de muchas comunidades, a llamarlos “santitos”, les facilita el acceso a sus víctimas?
—Sin duda, y no sólo el acceso, sino que después eso se constituye como un escudo protector contra las críticas. Me acuerdo de un caso en San Felipe, en donde una madre le entregó a su hija menor al cura, porque creía que no podía estar mejor cuidada que con él. Cuando el niño quiere decirles a sus padres lo que pasó, ve a través de los ojos de ellos que va a ser imposible que cambien su mirada sobre él. Y, por tanto, van a poner en cuestión su versión. Uno de los elementos que previenen este tipo de abusos es que los padres confíen en sus hijos, tengan buena comunicación, hablen con ellos de sexualidad, y que su primera reacción sea la de protegerlos y creerles.

¿Qué significa que tengan un “mundo interior infantil”?
—En la medida en que vamos madurando, vamos entendiendo que no somos perfectos, ni los otros tampoco. Vamos controlando los impulsos, desarrollando su postergación o no gratificación inmediata. Los niños quieren un dulce y lo quieren ya. La gratificación diferida del impulso implica que puedes obtenerla diferida en el tiempo y desplazada en el objeto. Los vínculos infantiles, por otra parte, tienden a la inmediatez, no postergación y al poco uso del lóbulo frontal, que posterga y jerarquiza. Estos sujetos están poco desarrollados, y a quienes ven dentro de su rango tiende a ser a los niños. Si la Iglesia católica fuese más coherente con sus principios, podría ayudar a estos sujetos, que tienen una identidad frágil, a tener una vida más consecuente, pero ha construido un estereotipo, una forma de ser que es muy alejada de la realidad.

¿Qué rasgos psicológicos describen a Renato Poblete, acusado por Marcela Aranda de someterla para que otros hombres la golpearan y abusaran?
—Lo que lo distingue de otros casos es esa aparente excitación por el sometimiento, no solamente hacia él, sino que también hacia terceros. Eso es un elemento sádico: infligir dolor a otra persona, sin que eso te importe, implica que estás viendo al otro como un objeto y que no tienes capacidad de conmoverte con el dolor ajeno. Algo que es relativamente característico de la sicopatía, pero que, en este caso, con el dolor vinculado a un tema sexual, habla de sadomasoquismo. Eso transforma este caso en algo particular, fuera de lo común, pero perfectamente posible.

¿Es creíble que quienes lo rodeaban no notaran esos rasgos?
—No los van a exteriorizar, porque tienen una mínima capacidad de reconocer que lo que están haciendo no es bueno. Tal vez con el confesor, porque la confesión es una de las formas que tiene la Iglesia de liberarse del pecado; el que abusa vuelve a cero y empieza a instrumentalizar ese espacio, como un lugar en el que después se limpia.

Según tus estudios, el 67% de los abusos suceden bajo una relación de “guía espiritual” del sacerdote con el abusado ¿Consideras que esta relación de poder, entre “pastor” y “oveja”, es un caldo de cultivo para el abuso?
—No es que el ejercicio de un poder explique que lleguen a abusar, sino que ese poder se transforma en garantía de impunidad. Y en un medio por el cual ellos van a ir buscando y seleccionando. Algunos investigadores plantean que son depredadores, porque, a diferencia del abusador sexual común, estos son seriales. Van a tener muchos casos a lo largo del tiempo. En Pensilvania, por ejemplo, eran 300 sacerdotes para más de mil casos. Tienen varias víctimas en paralelo y eso los hace tremendamente peligrosos. Ellos tienen mil niños de los cuales disponer, en un colegio, en scout, en retiros espirituales, pero solo van a seleccionar a aquellos en los que vayan viendo, por aproximación, que dan garantías de que no van a hablar.

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¿Es posible hacer una descripción psicológica de la víctima probable?
—La prevalencia en el abuso sexual infantil es que cuatro de cada cinco víctimas son niñas. Pero en nuestra muestra, más de un 44% eran varones, lo que se explica por la disponibilidad. Los sacerdotes en Chile tienen un mayor acceso a varones, por los colegios de curas y porque no es tan normal que una niña de diez años sea acólita, se vaya a un retiro espiritual o acompañe a un sacerdote durante todo un día. Hay mayor resguardo. Por otra parte, qué hace que un niño sea una mejor víctima para ellos: cuando está solo, cuando es más tímido, cuando tiene mayor dificultad para vincularse y hablar, cuando hay ausencia de figuras paternas y se da el espacio para que ocupe el rol de padre sustituto. Cuando el niño está más desprovisto de atención.

Varias autoridades de la Iglesia Católica han intentado correr el foco del tema hacia la supuesta homosexualidad de muchos sacerdotes.
—Yo soy totalmente contrario a vincular pedofilia con homosexualidad, en estos casos y en cualquier otro. No hay ninguna relación, y si bien muchos de los abusos pederastas son hacia niños del mismo sexo, me parece peligrosa y nociva la idea de estigmatizar la homosexualidad así, porque el heterosexual abusa igualmente de niños. Hay un montón de casos de curas heterosexuales que han abusado, por lo que uno podría decir que la heterosexualidad te puede llevar a la pedofilia… Hemos visto muchos casos de sacerdotes que tienen parejas mujeres ocultas, y además abusan de niños.

¿Es un riesgo que las congregaciones manejen colegios? ¿Qué medidas se deberían tomar para que no sean lugares que atraigan a sacerdotes abusadores?
—No me parece complicado que las congregaciones estén a cargo, pero sí se deben definir y regular de forma más clara las actividades. Procurar que los sacerdotes no estén en espacios cerrados y a solas con niños. Las oficinas deben tener ventanas en que se pueda ver qué sucede, sin cortinas cerradas. Tiene que haber controles dentro de la relación que van a establecer esos adultos con los niños, porque el problema se da cuando están solos en espacios íntimos. La confesión debiera ser dentro de una iglesia y con el niño a la vista. Lo que hay que garantizar es la intimidad para conversar, pero no para que no te puedan ver. Deben ser actos públicos.

¿Qué rol ha jugado el encubrimiento de las congregaciones en la proliferación de los abusos? Según tus estudios, las víctimas tardan cerca de 30 años en denunciar, y durante todo ese tiempo los sacerdotes siguen abusando.
—Uno ha visto que las congregaciones han sido cómplices, en muchos casos. (El exsacerdote) Renato Hevia contaba que todos le decían “Polvete” a Renato Poblete… Yo creo que hay un cambio con las últimas declaraciones de Francisco, muy duras, en que dijo abiertamente que están obligados a ir a la justicia civil para ser juzgados. Les dijo: “No los vamos a guardar más, van a tener que responder como humanos”. Creo que Francisco recién entendió que esto es una cuestión muy grave, que puede hacer caer a la Iglesia. Lo han ido asumiendo muy de a poco, reconociendo lo mínimo, pero se han ido dando cuenta de que la magnitud de esto atenta contra su propia existencia.

¿Qué responsabilidad crees que tiene la Conferencia Episcopal Chilena en el desarrollo de esta maquinaria de abusos?
—Ese es el gran problema, que el aporte de la jerarquía de la Iglesia ha implicado que esto se haya alargado en muchos casos y se hayan generado muchas más víctimas. Cuando un sacerdote denuncia un caso de otro sacerdote, pone en riesgo su propio ascenso dentro de la jerarquía, empieza a perder posibilidades de ser considerado leal dentro de sus filas. Agachar el moño lleva a ocupar cargos de mayor jerarquía en la Iglesia, y no sé hasta qué punto quienes toman conocimiento estén libres de haber desarrollado algunas de estas conductas y teman que denunciarlas dé pie para que se pongan los ojos sobre ellos. Aunque algunos estudios hablan de 3% a 5% de sacerdotes involucrados en estas conductas, yo creo que la cifra es mucho, mucho, más alta.

¿Crees que las acciones de Ezzati y Errázuriz generaron más víctimas?
—Hoy Ezzati y Errázuriz están procesados y es lo que corresponde. El artículo 14 del Código Penal habla de los niveles de participación en un delito, y está el autor, el cómplice y el encubridor. Ellos, si tenían conocimiento de esto y no lo tramitaron como corresponde, no lo revelaron y denunciaron, caen en la categoría de encubridores. De acuerdo a los antecedentes que han planteado muchas personas, lo que han hecho ha sido dificultar la labor de la justicia y en ese sentido tienen responsabilidad.

¿Cómo cambia la situación de los sacerdotes abusadores el hecho de que dos figuras centrales de la Iglesia chilena hayan sido imputadas?
—Va a ayudar a que se disminuya la impunidad con que se desarrollan este tipo de acciones, pero ese mero hecho no garantiza que disminuyan los abusos. El foco público está puesto en esto, y eso va a hacer que los sacerdotes sean aún más selectivos, que traten de garantizar la impunidad, porque se van a sentir más expuestos. Pero la vía para dejar de hacer lo que hacen es necesariamente un tratamiento psicológico de largo aliento, pensando en que son predadores sexuales y abusadores de niños.

¿Un sacerdote pedófilo puede dejar de serlo por un tratamiento?
—Lo primero es que exista una egodistonía entre la conducta que se quiere cambiar, y cómo el propio sujeto la concibe. Le tiene que molestar de verdad, no ser una molestia declarada para afuera. Ese es el primer paso para que se produzca un cambio. Al que ya ha cometido abusos no queda más que echarlo y que enfrente la vía penal, pero tú puedes reconocer al que tiene impulsos y aún no los ha cometido, y a esa persona habría que ayudarla, dentro de la estructura de la Iglesia o de forma independiente. Hay un sacerdote y psicólogo en Estados Unidos, Stephen Rosetti, que creó una institución de tratamiento para sacerdotes en el Saint Luke Institute, que lleva 30 años trabajando temas como asumir la responsabilidad, empatizar con las víctimas, mejorar el control de impulsos y la educación sexual, en las cuales les produce una restructuración cognitiva y se trabaja con las habilidades sociales.

¿Qué se puede esperar de una intervención así?
—En la mayoría de los casos, se hace una intervención operativa, cognitivo-conductual, porque hay distorsiones del tipo “yo a estos niños los salvé”, “les di el afecto que no tenían de sus padres”, “tocarlo era una demostración de afecto”. Están disociados. Muchos se dicen que si no les hubiese gustado no hubiesen vuelto, que no tuvieron que obligarlos, que no vieron que lo pasaran mal, sin reconocer que era imposible para el niño tener una conducta distinta. Tienen que trabajar en todas esas distorsiones cognitivas del tipo “él me buscó” para entender que están modificando la realidad, favorecidos por una institución que no es drástica en su respuesta a estos hechos.

Revisa a continuación  el primer estudio psicocriminalístico de religiosos chilenos condenados por abuso sexual infantil: 

Caracterización Psicocriminológica de Religiosos Condenados por

Caracterización Psicocriminológica de Religiosos Condenados por Delito Sexual Infantil: la realidad chilena. Francisco Maffioletti Celedón Adriana Guila Sosman Contreras Nathalie Coliñir Pavéz VIII Congreso Nacional sobre Violencia y Delincuencia Santiago, 22 y 23 de agosto de 2013 Introducción * Anualmente se denuncian aproximadamente 2.300.000 delitos, de los cuales 1,4% corresponden a delitos sexuales (Maffioletti y Huerta, 2011).