La suicidología es, como indica su nombre, el estudio del suicidio. Se nutre de diversas disciplinas, fundamentalmente de la sicología y la sociología, a las que se asoman saberes provenientes del derecho, la educación y la medicina, especialmente de la psiquiatría. Como sugiere su nombre, lo que buscaría encontrar esta disciplina es una cierta lógica en el suicidio. Cifras y estadísticas son centrales para la suicidología: edades, repartición por género, distribución geopolítica, de clase y de etnia, momentos en el año, métodos utilizados. La pregunta más importante que busca responder la suicidología podría formularse así: ¿cuáles son las condiciones que hacen a alguien más proclive a terminar con su propia vida?

Si las estadísticas arrojan luz sobre los suicidios cometidos, también podrían servir, eventualmente, para reconocer los signos a tiempo y prevenir muertes.

El suicidio está envuelto en un clima trágico y raya en el tabú. Se lo suele esconder, enterrar bajo un manto de silencio, en pos de proteger tanto la memoria del muerto como a su entorno. Síntoma de la renuncia para quien atentó contra su propia vida, condena al fracaso y a la culpa a quienes no pudieron anticiparlo o evitarlo: el suicidio pareciera enfrentarnos a nuestros más profundos temores, donde las capacidades de comprensión se estrellan contra la falta de respuestas.

Una serie de suicidios adolescentes ocurridos en el último tiempo en nuestro país vuelven urgente retomar un tema que es tan antiguo como la humanidad misma. Sobre todo, cuando se trata de gente joven, que tiene, como se dice de manera casi formulista, “la vida por delante”, el suicidio remece los ánimos. Se abren interrogantes que apuntan a múltiples direcciones que atañen aspectos existenciales, de salud, del funcionamiento de las familias y de las instituciones educacionales, del comportamiento entre pares, de la amistad, de la complicidad y de la felicidad. Preguntas que, tras solo considerar esta enumeración –arbitraria–, no recibirán respuestas desde una sola disciplina o saber. Para interrogantes complejas no sirven respuestas simples. El llamado no puede apuntar tan solo a aumentar la cantidad de datos y estadísticas –por lo demás, siempre se impondrá una cifra negra que se resiste a su cálculo–, sino a complejizar la reflexión, a abrirla a aquellos aspectos donde no necesariamente nos encontremos con certezas, pero sí con formas de, quizás, ir afinando las preguntas. La búsqueda, muchas veces nacida de la desesperación, de culpables o responsables, debe ir acompañada de una revisión más pausada acerca del tema del suicidio, que considere sus aspectos existenciales y filosóficos.

En su hermoso y ya clásico libro El Dios salvaje, Al Alvarez admite que su “estudio acerca del suicidio” –es el subtítulo-, no ofrece soluciones: “De hecho -escribe–, no creo que existan soluciones, puesto que el suicidio significa cosas diferentes para diferentes personas de distintas épocas”.

Alvarez se abre a la particularidad que cada suicidio –y cada muerte, podríamos decir– trae consigo. Esta acentuación de lo único e inconmensurable, necesariamente entra en conflicto con la conquista de patrones de comportamiento y protocolos de la suicidología. Es más, el libro de Alvarez abre con un extenso capítulo en que relata su amistad literaria con la poeta Silvia Plath. Alvarez trabajó entre los años 1956 y 1966 como crítico y editor de poesía en The Observer, siendo así uno de los primeros en familiarizar al público inglés con la poesía de Plath. El relato de Alvarez se demora en llegar al suicidio de Plath, porque, podríamos especular, lo que está desplegando es una vida, una forma de vivirla y entenderla, y una manera de comprender la literatura. Para Alvarez, la poesía de Plath no es diferenciable de su vida y, por lo tanto, tampoco de sus oscuridades. Plath no escribió lo que escribió a pesar de sus temores y depresiones, sino por ellas. Su escritura nace de ellas.

Esto no quiere decir que el suicidio de Plath sea necesario para su grandeza poética o que por ella se justifique su muerte, pero sí que hay una madeja entre ambos que no puede ser obviada en pos de un imperativo ciego de la salud. Alvarez cita en este contexto a Bakunin: “La pasión por la destrucción es también una pasión creativa”.

Al Alvarez está lejos de entender el suicidio de Sylvia Plath como un acto sacrificial exigido por la poesía. De hecho, más bien analiza las circunstancias de su muerte ofreciendo la tesis de que probablemente Plath, en esta ocasión, habría querido ser encontrada con vida. Y también se culpa a sí mismo de no haber visto, la última vez que estuvieron juntos, la urgencia de la situación de ella. Retoma el hecho de que la mujer, instada por su médico, le envió una carta a un psicoterapeuta. Como en una novela de equivocaciones –trágica y no cómica–, aparentemente el cartero confundió la dirección, y la correspondencia se demoró más de lo habitual en llegar al destinatario. La respuesta del terapeuta, entonces, llega tarde: Sylvia ya ha muerto.

Al Alvarez ve factores fatalmente azarosos, faltas de quienes la rodeaban, errores que –en su acumulación– terminan produciendo la muerte, que no se deja explicar solamente a partir de los fantasmas de Plath (ella había tenido dos intentos de suicidios previos, uno de los cuales, leyendo sus signos, parecía destinado a ser exitoso).

¿Por qué se quitó la vida? Alvarez no se permite una respuesta que se satisfaga ni con un diagnóstico médico ni con una lectura poética del acto. Más bien cruza todas las variables –biográficas, históricas, literarias– para avanzar, si bien a tientas, por un camino pedregoso, que lo involucra también a él mismo en tanto preso habitual de la depresión.

ANTES DEL FIN

Jean Améry, autor judío proveniente de Viena, parte sus reflexiones acerca del suicidio distanciándose de un estudio científico del mismo. El escritor se quitó la vida en 1978, a los 66 años, tras al menos un intento infructuoso cuatro años antes, y dos años después de la publicación de su libro sobre el suicidio, Levantar la mano sobre uno mismo.

Améry declara en el prefacio que el lector no encontrará estadísticas, ni tampoco intentos de sistematizar procesos psíquicos o sociales que pueden llevar al suicidio. Lo que Améry pretende es escribir desde la posición de lo que denomina el “suicidante”. También aclara que su texto no debe ser leído como una apología al suicidio; y que su móvil es rastrear las contradicciones insuperables de la “condición suicidante”. Améry rechaza la reducción del suicidio a objeto de la ciencia, entrando en una discusión con Emile Durkheim y sus seguidores, quien, a finales del siglo XIX, escribe su famoso texto que intenta explicar el suicidio como fenómeno social. Arguye Améry: “Allí donde el suicidio se observa como un hecho objetivo, como si se tratase de galaxias o partículas elementales, el observador se aleja tanto más de la muerte voluntaria cuantos más datos y hechos recoge”.

¿Cómo acercarse a quien atenta contra su propia vida? ¿Tienen algo en común las personas que deciden suicidarse o que guardan fantasías de matarse? ¿Son comparables, en algún sentido, una joven que deja en su carta de despedida la firma de un amor despechado y un hombre mayor, enfermo terminal, que acaba con su sufrimiento?

Estas preguntas tienen para Améry dos respuestas incompatibles entre sí. La primera de ellas, negativa: no, por un lado, nada tienen que ver estas dos situaciones; al igual que Al Alvarez, el austríaco considera que el suicidio es una decisión que necesariamente remite a la particularidad de cada existencia y de cada muerte. Y, por el otro, la respuesta sería afirmativa y sí habría un momento que iguala a todos los suicidantes: el momento previo al salto. En ese preciso instante no importa si el suicidio parece una respuesta más o menos plausible de alguien que decide finalizar su vida o si responde a un acto nacido de una aguda desesperación, en el que cualquier racionalidad es suspendida y reemplazada por una huida –fatal– hacia adelante. Ese instante en el que se está dispuesto a saltar al vacío, es, sugiere Améry, el que iguala, aunque sea solo por ese preciso momento, a los suicidas o a quienes están dispuestos a intentarlo.

Quizás este “momento previo al salto” pueda ser puesto en relación con la situación que describe Camus en El mito de Sísifo, en la cual el sujeto se ve enfrentado, repentinamente, al innegable absurdo de la existencia. La famosa frase con la que abre su obra postula: “No hay más que un problema filosófico verdaderamente serio: el suicidio. Juzgar si la vida vale o no vale la pena de vivirla es responder a la pregunta fundamental de la filosofía”.

La interrogante acerca del sentido de la vida solo emerge en quien se detiene en el curso vertiginoso de la vorágine cotidiana. Un freno en el cumplimiento más o menos ciego de las exigencias diarias, hace que todo se nos aparezca en su más radical futilidad. El absurdo de la existencia se alza ahí donde Dios ha muerto, y ningún sentido trascendente aparece en el horizonte. Este choque con el absurdo, esta conciencia de que nada tiene un sentido por sí mismo, puede hacer que la vida aparezca carente de valor. Frente a esta ausencia, aparece el suicidio como salida al sin sentido. La figura de Sísifo, interpretada por Albert Camus como un rebelde, que no se deja subyugar por la falta de sentido y que empuja con fuerzas casi sobrehumanas una gigantesca roca colina arriba, solo para que ésta ruede por el otro lado hacia abajo, se erige contra el absurdo. Subir la roca para verla caer cerro abajo y volver a subirla: he ahí la rebelión contra el absurdo y contra el suicidio. ¿Pero qué sucede con quienes no logran juntar la suficiente fuerza para empecinarse en hacer avanzar la gran piedra una vez más? Suicida o Sísifo… he ahí la cuestión.

SALUD MENTAL

Una de las aristas que abren los suicidios ocurridos en el último tiempo apuntan a un tema que parece reclamar su urgencia: el de la salud mental. Para quienes hacen clases a adolescentes y jóvenes se les ha hecho común lidiar con crisis de pánico, certificados médicos por depresiones, cuadros maníaco-depresivos y ansiosos. Tampoco es extraño confrontarse con las cicatrices que ostentan chicas y chicos, quienes se autolesionan en muñecas o antebrazos. A ello se suma el tema del estrés en estudiantes, tanto de los niveles superiores de la educación media como de las universidades, que no soportan las presiones que el sistema educacional ejerce sobre ellos.

Son tantos los factores que podrían incidir en este panorama que se hace difícil discernir cuáles serían los elementos centrales para la discusión. El acceso más masivo de jóvenes a las universidades, las inseguridades del campo laboral y los cambios en los hábitos de estudio se entremezclan con posibilidades diagnósticas que divergen con relación al pasado, cierta sensación ambiental de desidia, el consumo de drogas y alcohol desde la adolescencia, y la sustitución de lazos sociales por relaciones virtuales.

A pesar de los tan celebrados avances de la neurociencia, que promete comprender cada vez mejor el funcionamiento del cerebro, incluyendo los afectos y las emociones, parecemos estar frente a un paisaje bastante desolador con relación a nuestro bienestar psíquico. Licencias médicas por estrés o depresión, así como la ingesta de medicamentos para trastornos psiquiátricos, no son fenómenos aislados, sino más bien comunes, traspasando clases sociales, y clasificaciones etarias y genéricas. Probablemente sea en el área de la psiquiatría donde la medicina debe admitir sus más grandes insuficiencias y fracasos. Y, quizás, también sea en el área de la salud mental donde menos acuerdo impere entre diversas aproximaciones para entender la mente y sus patologías.

En una novela que desde el humor negro mira este laberíntico panorama de las enfermedades mentales, sus posibles comprensiones y tratamientos, Samuel Shem –el pseudónimo del psiquiatra Stephen J. Bergman– pasa revista a diversas disciplinas científicas que se dedican a la psiquis. Bergman, quien fuera el director de la sección clínica de la Facultad de Medicina de Harvard, ya se había acercado con distancia irónica al mundo de la medicina en su novela La casa de Dios, siguiendo a su protagonista, Roy Busch, en su práctica profesional en uno de los hospitales más prestigiosos de Estados Unidos. Ahora en Monte miseria, el mismo Roy Busch, ya médico graduado, decide hacer su especialización en psiquiatría e ingresa al renombrado hospital que lleva el nombre que da título a la novela. Allí establecerá contacto con defensores de distintas teorías sobre la enfermedad mental, todos mortalmente enemistados entre ellos, quienes o creen férreamente en el poder de la química para restablecer el equilibrio psíquico, o intentarán encontrar los traumas infantiles que impiden hoy al paciente ser feliz. Roy Busch, tras pasar por las diversas estaciones de Monte Miseria, presenciar todo tipo de trastornos y patologías mentales, tener que lidiar con suicidios no solo de pacientes sino también de profesores, pasa él mismo por una aguda depresión. Experimenta con cócteles de barbitúricos para aplacar sus ansiedades. Piensa en matarse. En un diálogo que establece consigo mismo, se pregunta: “Por qué hay gente que se mata y otra gente que no?” La respuesta que se da, dice: “Por eso precisamente, pequeño: por esa gran desconexión. Por ese anhelo de pedir ayuda y ese aborrecimiento de tal anhelo. Sentirse atrapado, no querer estar aquí ni acudir a los refugios de costumbre, incluidos el del Yo, porque refugiarse en uno mismo sería como despeñarse desde el confín del mundo. No por sentir, sino por no sentir. Porque los ‘porqués’ se han vuelto una idiotez. La Gran Desconexión”.

Shem muestra, con ironía, que cuando nos enfrentamos a los vericuetos de la mente, hay más preguntas que respuestas certeras. Y que lo que puede funcionar para unos, no necesariamente tiene el mismo efecto en otros.

En su grandioso y terrible libro Esa visible oscuridad, William Styron comparte la experiencia de haber sufrido una depresión que casi lo llevó al suicido. En un viaje a París, al cual está invitado para recibir una distinción que implica exposición pública, así como sostener la vida social que suele acompañar estos homenajes, Styron ya no se siente capaz de seguir adelante. Han sido meses de insomnio, de incapacidad de trabajar e indagación insoportable e irrefrenable dentro de la propia cabeza: el sinsentido de seguir adelante se abre como un gran abismo negro. Styron describe, con una lucidez impactante, que en ciertos momentos lo único que lo alejó de cometer suicidio es la incapacidad de juntar la suficiente fuerza para hacerlo.

Su texto, que fue primeramente publicado en la revista Vanity Fair como testimonio, se alza contra el tabú, contra el silenciamiento. Depresión y suicidio se esconden bajo un manto de mutismo, por la culpa y vergüenza que suelen acompañarlos. Escribe, entonces, para que intentemos entender más y mejor, con más finura, qué le ocurre a una persona cuando las ganas de morir son más intensas que las de vivir. Para que dejemos de condenar a quien no se la puede más con la vida y también a aquellos que no pudieron evitar su muerte, Styron escribe: “Tenía 60 cuando la enfermedad me golpeó por primera vez, en su forma “unipolar”, que lleva directamente hacia abajo. Nunca sabré qué causó mi depresión, como tampoco nunca nadie lo sabrá de la suya. Ser capaz de ello, eventualmente, se muestre para siempre como imposibilidad; tan complejos son los entremezclados factores de una química anormal, comportamiento y genética. Evidentemente, múltiples componentes están involucrados- quizás tres o cuatro, probablemente más, en permutaciones insondables. Por ello es que la falacia más grande acerca del suicidio sea la creencia que existe una respuesta única e inmediata –o quizás respuestas combinadas– a por qué el acto fue realizado”.

El relato de Styron no solo desconfía, como Alvarez y Améry, de las explicaciones causales a una decisión tan difícil de comprender y aceptar como el suicidio, sino que se adentra en el nebuloso mundo de la depresión y sus posibles terapias. La psiquiatría es una ciencia que choca con muchas limitaciones tanto en sus procesos diagnósticos como en sus posibilidades de cura. No a todos les funcionan las soluciones químicas; y los efectos secundarios a veces son más tormentosos que los síntomas de la propia enfermedad. Styron relata también su periplo por el mundo de los antidepresivos, que por mucho tiempo no parecieron ayudarle en nada.

Cada cierto tiempo, la Asociación Americana de Psiquiatría saca su manual para el diagnóstico de desórdenes mentales (DSM), basado en la versión anterior e introduciendo cambios en cada nueva edición. El DSM vigente, del año 2013, por ejemplo, sacó una serie de subtipos de la esquizofrenia, reconceptualizó el síndrome de Asperger como un desorden del espectro autista, y reordenó ciertos cuadros pertenecientes a la depresión. Lo que muestra esta variabilidad tanto en las “familias” de enfermedades reconocidas –es decir, las clasificaciones patológicas– como en los síntomas asociados a ellas, es que la comprensión de las enfermedades mentales está imbuida en continuas discusiones y negociaciones. No hay, muchas veces, ni claridad diagnóstica, ni menos soluciones terapéuticas que se demuestren exitosas. El uso del DSM tiene efectos importantes, pues no solo es consultado por médicos clínicos, investigadores y agencias reguladoras de las drogas psiquiátricas, sino también por seguros de salud, compañías farmacéuticas, el sistema legal y las políticas públicas, siendo complementado con el manual confeccionado por la OMS, el llamado ICD. Sin discutir la utilidad que estos manuales pueden tener, no se agota en sus listados la difícil discusión de la salud mental. Y me parece fundamental que no depositemos nuestra confianza para solucionar problemas que involucran aspectos variopintos, únicamente en la medicina.

Depresión y suicidio son temas que nos atañen a todos. Indisolublemente, forman parte de la vida y del ser humano. Y debemos leer sus signos desde la mayor cantidad de perspectivas y visiones posibles. Todos tenemos, y más cerca de lo que creemos o queremos, algún familiar, amigo o amiga, pareja o amante que se ha suicidado, que ha pensado seriamente en hacerlo o que vive abrumado por depresiones. Mientras más elementos tengamos para mirar aquello que tanto daño nos hace, quizás mejor preparados estemos para atravesar esa zona de sombras.

Salud mental en los estudiantes: el tema que remece a la Universidad de Chile

Aquejados por la sobrecarga académica y las exigencias de un modelo que promueve la competencia y el exitismo, la comunidad estudiantil ha desarrollado asambleas, jornadas de reflexión y paros intermitentes con el objetivo de repensar el modelo educacional de una de las casas de estudios más prestigiosas del país.