La manifestación que protagonizaron los estudiantes de la Facultad de Arquitectura y Urbanismo (FAU) de la Universidad de Chile en abril pasado abrió una caja de Pandora. Se trató de una puesta en escena sencilla, pero caló hondo: alumnos y alumnas vestidos de negro, parados en el frontis de la Facultad, portando carteles donde se repetían algunos conceptos como ansiedad, llanto, estrés, depresión, sobrecarga académica. Así cristalizó una problemática que venía palpitando hace tiempo, pero que recién ahora movilizó a toda la universidad: la salud mental de la comunidad estudiantil.

Rápidamente sonó la alarma. Semanas después de lo de la FAU, el 10 de mayo, se convocó a un Consejo Universitario en calidad de reunión extraordinaria. En esa instancia, integrada por rectoría, vicerrectoría, decanato, funcionarios y estudiantes, se hizo una presentación en power point que pretendía introducir el tema entregando definiciones elaboradas por la Organización Mundial de la Salud (OMS), que entiende la salud mental como un “estado de bienestar en el que la persona realiza sus capacidades y es capaz de hacer frente al estrés normal de la vida, de trabajar de forma productiva y de contribuir a su comunidad”.

Comprendiendo que en ese bienestar se conjugan múltiples factores, las autoridades presentaron una serie de datos respecto al perfil del estudiante actual: El 23% de las matrículas corresponde a estudiantes que provienen de regiones; el 46% señala tardar más de una hora de traslado desde el lugar en que vive hasta el campus donde estudia; el 25% no cuenta con un lugar apropiado para estudiar, y el 46,26% es la primera generación de su familia en entrar a la universidad.

También se presentaron cifras que dieron cuenta del panorama general de la universidad en materia de salud mental. Por ejemplo, en 2018 fueron atendidos 5.843 estudiantes en consultas sicológicas y 1.464 en psiquiátricas, número que va en aumento en comparación con los tres últimos años. El Servicio Médico y Dental (Semda), entidad que se ocupa de la salud estudiantil de esa casa de estudios, expuso que en lo que va de este año ha emitido 74 certificados a estudiantes, de los cuales 59,5% son mujeres y 40,5%, hombres. Del total, se emitieron cuatro certificados para reducir la carga académica, 33 para obtener facilidades académicas y 27 para obtener un reposo académico, de los cuales dos recomiendan reposo por un año entero. Por último, se emitieron diez certificados para la incorporación académica. Dichos documentos siempre están sujetos a revisión. Es decir, se dicta una resolución académica donde se señala si es pertinente o no que el estudiante postergue sus estudios.

SEMANA ANTISUICIDIOS

En el campus Beauchef nadie sabe a ciencia cierta cuándo empezó a implementarse la semana antisuicidios, pero se cree que hace fue hace unos diez años. Se trata de una semana de receso para los estudiantes, donde no hay clases ni pruebas. Son cinco días que funcionan a modo de reposo, y que suelen concretarse durante el primer semestre, en la semana del 21 de mayo.

La presidenta del centro de estudiantes de Ingeniería, Consuelo Salas, observa que en términos de salud mental “existe una relación muy fuerte con lo académico, especialmente con las notas, que es una presión que ejercen no solo los profesores sino también tus propios compañeros y se van repitiendo estas lógicas de competencia. Siempre se ven a fines de semestre, como ahora, hartas crisis de pánico, de ansiedad, compañeros que se ven llorando intensamente antes de un control”.

La manifestación en la FAU provocó que todas las facultades hicieran una revisión interna. Las últimas semanas de abril y las primeras de mayo, varias de ellas habían hecho jornadas de reflexión, o se encontraban en paro por el tema de salud mental. Derecho fue una de las carreras que paralizó sus clases con el fin de sentarse y hablar. Se hicieron dos asambleas, que funcionaron más bien como un espacio de catarsis en el que el alumnado volcó sus testimonios. De esas instancias se tomó nota y así empezaron a dar los primeros lineamientos de cómo mejorar la salud mental modificando ciertos preceptos académicos. Paula Astudillo, presidenta del Centro de Estudiantes de Derecho, indica que lo prioritario para ellos es tener una semana de receso, al igual que en Beauchef. “Actualmente tenemos un sistema de evaluaciones de pruebas con clases, entonces los estudiantes no pueden rendir bien”, dice.

Algo similar se hizo en la Facultad de Medicina, donde se agrupan ocho carreras de salud: Nutrición, Obstetricia, Fonoaudiología, Kinesiología, Medicina, Enfermería, Tecnología médica y Terapia ocupacional. Durante las asambleas se discutieron las políticas institucionales, el apoyo de terapia que presta la universidad y la gestión de recursos humanos. Al igual que en Beauchef, también cuentan con una semana de receso, pero no aplica a los ramos clínicos, por lo que el descanso se vive a medias.
Incluso en Arquitectura este fue el primer año que se implementó la semana de receso, pero los propios estudiantes acusan que no fue tal, dado que a la semana siguiente tuvieron que rendir pruebas y evaluaciones. Es decir, se vieron en la obligación de estudiar o trabajar durante la semana de receso, reproduciendo la tónica del trasnoche para rendir en lo académico.

¿POCO O SUFICIENTE?

Una de las principales demandas de los estudiantes es la creación de un Semda en el campus Andrés Bello, lo que ayudaría a descomprimir el elevado número de atención en materia de salud mental. Actualmente, el servicio cuenta con una oficina central ubicada en Independencia, cerca del Hospital Psiquiátrico de la Universidad de Chile, y otros periféricos, en Juan Gómez Millas, Campus Sur y Campus Beauchef. En total trabajan 70 personas, entre profesionales técnicos del área no médica y médicos, quienes al año atienden entre 40 mil y 50 mil consultas de estudiantes que cursan pregrado o posgrado.

Operativo desde 1932, el foco del servicio es la atención primaria, la promoción y prevención. La coordinadora del Semda, Clara Pinto, explica que entre las áreas más demandadas en atención se encuentra, por orden, la dental, salud mental y traumatología. En el área de salud mental disponen de tres psiquiatras, quienes, en conjunto, disponen de 65 horas a la semana para atender a los alumnos; nueve psicólogos, con 300 horas semanales; y una asistente social. Eso, para un universo de 41 mil estudiantes. El tiempo de espera aproximada es de tres semanas, lo que significa, dice la coordinadora, “que estamos igual o mejor que en el área privada y (con un rezago) mucho más bajo que en el área pública”.

Sin embargo, la percepción de los estudiantes es otra: que el sistema no da abasto, al tener poco personal dedicado a la salud mental. Una terapia privada es cara. El servicio universitario, en cambio, es gratuito, pero, según los estudiantes, requiere más profesionales y mejorar el sistema de asignación de horas.

El proceso ahora funciona así: un estudiante solicita una cita al psicólogo en el Semda. Luego de agendar, comienza su tratamiento, y a lo largo de este, si el psicólogo lo estima necesario, se incluye al psiquiatra. Las horas para agendar las sesiones siguientes se gestionan de manera directa con los profesionales, vía correo electrónico. No hay una duración determinada para la terapia, que va a depender del diagnóstico, pero se realizan al menos ocho sesiones.

Clara Pinto afirma que “los principales responsables de la salud no son los profesionales, sino las mismas personas. Los jóvenes son adultos y nosotros tratamos de buscar redes de apoyo, tanto familiares como con sus amigos, para que sean soporte de esa persona. Un profesional no puede ser responsable de la vida de esa persona, sino que somos meros acompañantes”.

SILENCIO Y RESPETO

Si bien no existe un registro formal de la tasa de suicidios al interior de la universidad, cada facultad registra casos emblemáticos. Sin embargo, todos los consultados guardan reserva sobre la identidad de los estudiantes que decidieron quitarse la vida y de los factores que rodean cada caso. Se trata de información sensible y lo entienden todos. De hecho, a las “semanas antisuicidios” dejaron de llamarlas así y cambiaron el nombre por “semana de receso”. La presidenta de la FECH explica que si bien el mote era coloquial, cayeron en cuenta que naturalizaba un evento grave y decidieron corregirlo.

Comprendiendo que las causas de un suicidio son multifactoriales, los estudiantes consideran relevante poner atención a la detección temprana de ciertas señales.

Gabriela Jadue, miembro de la mesa coordinadora de los estudiantes del Consejo de Salud de la Facultad de Medicina, dice que “para nosotros como estudiantes de salud es bien relevante la visibilización de las banderas rojas, que son signos de alarma dentro de la salud mental, elementos en que hay que fijarse a la hora del autocuidado y del cuidado entre pares. Los más frecuentes suelen ser trastornos del sueño, llanto espontáneo, tensión, irritabilidad, ansiedad, trastornos alimenticios, aumento del abuso de sustancias. En nuestra facultad hay casos conocidos de suicidio y de intento de suicidio y otros que pasan bien inadvertidos”.

También en Ingeniería y en Arquitectura ha habido casos recientes. En el primero, un estudiante del Departamento de Computación se lanzó de un séptimo piso. “Se dice que ha habido otros casos donde dicen explícitamente en cartas de despedida que la presión de la universidad incidió en la decisión que tomaron”, indica la presidenta de Ingeniería, sin revelar más detalles. El último deceso se registró el 22 de junio pasado, cuando un estudiante de la FAU que cursaba segundo año decidió terminar con su vida. Para recordarlo, sus compañeros realizaron una jornada de memoria en el ágora de la facultad.

Desde el Semda señalan que todos los años tratan con pacientes que “se complican más y requieren hospitalización y los derivamos”. Al no ser reconocidos por la red pública, no pueden derivarlos a hospitales públicos, pero sí a la Clínica Psiquiátrica Universidad de Chile. De hecho, según datos que se expusieron en el Consejo Universitario, en 2018 hubo 18 estudiantes internados en el Hospital Psiquiátrico, mientras que en lo que va del 2019 ya hay 13, de los cuales ocho son mujeres y cinco son hombres, cuyas edades oscilan entre los 18 y 26 años. Ocho de ellos son menores de 21 años.

ENCUESTAS Y DATOS

En 2017, mucho antes de que la salud mental fuera un tema crítico transversal en la universidad, la psicóloga y académica de esa casa de esa institución, Leonor Villacura, realizó un estudio titulado: “Evaluación de la sintomatología depresiva y de ansiedad en estudiantes de medicina de la Universidad de Chile”. Los resultados de una muestra de 277 estudiantes, arrojaron que más del 50% presentó algún nivel de sintomatología depresiva y que el 65% presentó algún nivel de sintomatología de ansiedad.

Al respecto, Jadue indica que “esto obedece a un diagnóstico que históricamente hemos denunciado: hay una normalización brutal de la sobrecarga académica y del deterioro de la salud mental al interior de los profesionales de la salud. Se aprecia a distintos niveles en el ámbito cotidiano, donde te dicen: ‘Bueno tú elegiste esta carrera’ o ‘yo también pasé por eso’. Eso se ha repetido históricamente entre las generaciones”.

Con esa misma inquietud, en la Facultad de Ciencias Físicas y Matemáticas se aplicó a fines de 2018 una encuesta a estudiantes de primer año, elaborada por el propio centro de estudiantes con el fin de hacer un levantamiento de datos. Se obtuvieron 294 respuestas que dieron algunas luces en torno a la salud mental de quienes ingresan al estudio superior. Una de las preguntas fue: “Cuando miro hacia el futuro, espero ser más feliz de lo que soy ahora”, a la cual 257 respondieron verdadero, mientras que en el ítem: “Las cosas no marchan como yo quisiera”, 188 respondieron verdadero.

Derecho también hizo una encuesta recientemente, que fue respondida por 1.153 personas. El formulario sobre la situación de salud mental y calidad de vida del estudiantado incluyó el factor de la práctica deportiva. Por ejemplo, en el recuadro de quienes respondieron que no hacen deporte, se observó que los estudiantes duermen en promedio 5,7 horas y que sienten una percepción de agobio académico de 3,01 puntos, en una escala de 0 a 4. En contraparte, quienes practican deporte entre cuatro y siete veces a la semana, registraron 6,19 horas de sueño, sintiendo una escala de agobio académico que se cifró en 2,51. La facultad cuenta con una unidad de psicología, con dos profesionales. Y si bien el tiempo de espera es corto, el estudiantado siente que no es suficiente. La presidenta del centro de estudiantes de Derecho relata que recientemente hicieron un catastro de los estudiantes que se sienten sobrepasados. “Esa información se la pasamos a la subdirectora de escuela y ella los está contactando uno a uno para ayudarlos a procesar su sensación de no poder más. Esta forma de proceder ha sido excepcional este semestre, porque explotó la cuestión”, dice Paula Astudillo.

CRÍTICA AL MODELO

Más allá de las particularidades que afectan a cada carrera, existe un denominador común que las dirigentas observan. La presidenta de la Federación de Estudiantes de la Universidad de Chile (FECH), Emilia Schneider, señala: “Tenemos un modelo educativo súper competitivo, excelentista, que en el fondo tiene esta idea de que entre más te presiono, mejor profesional eres, pero no buscando un desarrollo integral del estudiante y tampoco se pregunta para qué estamos formando a los estudiantes de la Universidad de Chile, ¿para servir al país?, ¿para servir al mercado?”.

Para el psiquiatra Alberto Larraín, el tema detona ahora porque, entre otras cosas, “la generación que está llegando hoy a la universidad es una que nació después de la Declaración de los Derechos del Niño. Son más conscientes y se empiezan a cuestionar este modelo de 24/7, de máxima productividad, donde mi vida se centra en mi actividad laboral o ejercicio académico, cosa que no pasa con las generaciones previas, quienes tienden a mirar el tema del sacrificio, autoexigencia y explotación como algo deseable, algo por lo que sentirse orgulloso”.

Precisamente el sacrificio es uno de los conceptos que más se manifiesta en los estudiantes de arquitectura. Al acercarse el fin de semestre se instala un clima tenso, en el que los estudiantes trabajan hasta altas horas de la noche y madrugada en las mismas dependencias de la facultad, dado que o no tienen espacio en sus casas o viven muy lejos.

“Hay una idea de que estudiar arquitectura es sinónimo de sacrificio, entonces el que más sacrifica, mejor le va. Se tiene la idea que el que más pasa de largo o el que más sufre, tiene un resultado directamente proporcional en lo que está aprendiendo o en su futuro laboral”, manifiesta Lucas Moreno, miembro del Centro de Estudiantes de la FAU. Su par, Chiara Consigliere, agrega que “nosotros estamos enfrentados a la vieja escuela, versus al cambio de generaciones”. En Arquitectura ya se entregó el petitorio a las autoridades, cuyo foco principal es modificar la malla académica que rige desde hace cuatro años y que se transparenten los programas y formas de evaluación de los docentes.

Esa misma idea tiene Consuelo Salas, presidenta de Ingeniería, quien observa dos tipos de académicos al interior de su carrera: uno de edad más avanzada, con estudios en el extranjero y que infantiliza el tema. “Yo los he escuchado decir que cuando ellos estaban en la universidad ‘no lloraban’ como nosotros. La visión general es que este es el costo que tienes que pagar para ser un ingeniero de la Chile, para algo estás acá, y si no te la puedes, mejor ándate”. Por otro lado, dice, está el grupo de profesores que entienden que hay diferentes tipos de estudiantes y que todos van a responder de manera distinta cuando están sometidos al estrés. “Están comprometidos con la salud mental pero no con cambiar las lógicas que rigen a la educación hoy en día, esta lógica arcaica en la que estamos sentados como dos horas ante un profesor que nos enseña”, apunta Salas y lo ejemplifica con que los estudiantes plantearon la posibilidad de reducir 15 minutos las clases, pero que finalmente les dijeron que no se pudo por un asunto de coordinación programática.

En Derecho ya redactaron un petitorio local, con medidas a corto, mediano y largo plazo, en seis ejes temáticos. Algunas de ellas son que exista una cantidad máxima de lectura obligatoria en cada curso, que exista una efectiva formación pedagógica para profesores y profesoras, a través de cursos obligatorios de metodología de la enseñanza y docencia y aplicar lo mismo para los ayudantes. Sobre el acceso a la salud mental, solicitan intentar conformar un convenio con alguna farmacia popular, para que estudiantes puedan acceder a medicamentos a un precio menor, realizar campañas de difusión de la Unidad de Psicología y los servicios que esta presta así como también ampliar el número de profesionales en dicha unidad, idealmente buscando a un profesional con preparación en temas de género y disidencia sexual.
Desde la inquietud por abarcar la salud mental como un tema que trasciende a lo médico y que involucra también otras aristas, la federación se encuentra trabajando en un cuestionario para aplicar a todo el estudiantado mediante el centro de estudios de la FECH. En paralelo, también está la intención de crear un petitorio unificado, el cual se presentaría antes de que termine el mandato interino de la actual federación, cuya fecha se estima que sea en octubre próximo.

Lejos de las opiniones que invalidan el malestar derivado de la carga académica y otros factores, la presidenta de la federación descarta aquellas expresiones que los califican de flojos. “Nunca se ha pedido que la educación sea más fácil o menos desafiante, al contrario. Cuando hablamos de educación de calidad, hablamos de una educación que involucre un desafío intelectual y que permita un desarrollo integral de nuestras disciplinas, pero que ello vaya aparejado con las condiciones necesarias para desenvolverse en igualdad de condiciones”, enfatiza Schneider.

Tras la reunión extraordinaria del Consejo Universitario, se formó una mesa de trabajo que incluye a distintos estamentos de la universidad. A fines de junio, el vicerrector de Asuntos Estudiantiles y Comunitarios, Juan Cortés, viajó a Francia junto a la directora de Salud Estudiantil, Ximena Luengo. La razón: visitar la Fundación de Salud Estudiantil de Francia, organización que se preocupa por la salud a nivel general del estudiantado, desde la educación secundaria hasta la superior, con el objetivo de extraer experiencias comunes y evaluar un trabajo en conjunto coordinando políticas con dicha fundación.

Por ahora, el anhelo de tener un Semda en el campus Andrés Bello pareciera estar más cerca. La Facultad de Economía y Negocios (FEN) puso a disposición parte de su infraestructura para la instalación del servicio y los centros de estudiantes involucrados ya se encuentran trabajando en su gestión junto a otros estamentos de la universidad. La crisis de la salud mental en los estudiantes no solo afecta a la comunidad de la Universidad de Chile. Hasta ahora hay otros ocho establecimientos educacionales que se están movilizando: La Universidad Técnica Federico Santa María, la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso, la Universidad Católica de la Santísima Concepción, la Universidad Austral, la Universidad Católica del Norte, la Universidad San Sebastián, la Universidad de Atacama, la Universidad de Valparaíso y el Instituto Nacional. Sin embargo, los casos de la Chile generaron mayor resonancia considerando que se trata de una de las universidades con mayor prestigio en el país y que pese a todas las cifras que avalan su excelencia, existe un malestar generalizado que ya salió a la luz.