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Cultura

30 de enero de 2020

Me presento: Ursula K. Le Guin

Miren, cuando yo crecí, en tiempos de las guerras entre los medas y los persas, o cuando fui a la universidad justo después de la guerra de los Cien Años, o cuando crié mis hijos durante la guerra de Corea, la Guerra Fría y la guerra de Vietnam, no había mujeres. Las mujeres se inventaron hace poco. Yo existí mucho antes de la invención de las mujeres. Si insisten en la pedantería y en la exactitud, es cierto que las mujeres se inventaron antes varias veces y en los más diversos lugares, pero los inventores simplemente no supieron vender su producto. Técnicas de distribución rudimentarias, y nulo estudio de mercado, y por supuesto el producto no lograba despegar. Incluso si una invención viene de un genio, tiene que encontrarse con su mercado, y por mucho tiempo la idea de las mujeres no llegaba realmente a ninguna parte. Modelos como la Austen o las Brontë eran muy lejanos, la gente no hacía más que reírse de las sufragistas, y la Woolf se adelantó demasiado a sus tiempos.

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Soy hombre. Bueno, pueden pensar que se trata de una equivocación estúpida en cuanto al género, o, a lo mejor, que quiero hacerlos lesos, porque mi nombre termina con «a» , soy propietaria de tres sostenes, he tenido cinco embarazos, y por otras cosas que pueden haber notado, pequeñeces. Las pequeñeces no importan. Si algo enseñan los políticos, es que no importan las pequeñeces. Soy hombre, y quiero que lo crean y lo reconozcan, como yo durante muchos años.

Miren, cuando yo crecí, en tiempos de las guerras entre los medas y los persas, o cuando fui a la universidad justo después de la guerra de los Cien Años, o cuando crié mis hijos durante la guerra de Corea, la Guerra Fría y la guerra de Vietnam, no había mujeres. Las mujeres se inventaron hace poco. Yo existí mucho antes de la invención de las mujeres. Si insisten en la pedantería y en la exactitud, es cierto que las mujeres se inventaron antes varias veces y en los más diversos lugares, pero los inventores simplemente no supieron vender su producto. Técnicas de distribución rudimentarias, y nulo estudio de mercado, y por supuesto el producto no lograba despegar. Incluso si una invención viene de un genio, tiene que encontrarse con su mercado, y por mucho tiempo la idea de las mujeres no llegaba realmente a ninguna parte. Modelos como la Austen o las Brontë eran muy lejanos, la gente no hacía más que reírse de las sufragistas, y la Woolf se adelantó demasiado a sus tiempos.

Entonces, cuando nací, sólo había hombres. Toda la gente era hombre. Tenían un solo pronombre, el de él. Eso es lo que soy, entonces: él. Como cuando se dice «el que vomite, en su sombrero», o «el escritor sabe quién le da de comer.» Esa soy yo. El escritor, él. Soy hombre.

A lo mejor, no hombre de primera. No tengo problema en decir que puedo ser hombre de segunda, o imitación de hombre, hombre de mentira. En cuanto hombre, soy, ante un verdadero «él», varón, algo así como un nugget de pescado ante un salmón entero a la parrilla. Díganme: ¿puedo inseminar? ¿Puedo ser miembro del Club de la Bohemia? ¿Puedo encabezar la General Motors? En teoría, puedo: pero ya sabemos dónde nos lleva la teoría. No es a la presidencia de la General Motors, y cuando una mujer de Radcliffe sea rectora de Harvard, por favor despiértenme y me cuentan. Tampoco puedo escribir mi nombre en la nieve con mis meados. No puedo asesinar a mi mujer, mis hijos y a algunos vecinos y luego pegarme un tiro. Para decirles la verdad, ni siquiera puedo manejar. Nunca conseguí el permiso. Me acobardé. Ando en bus. Es espantoso. Lo reconozco, de verdad soy una mala imitación de hombre, un sustituto pésimo, y se nota cuando trato de ponerme esa ropa de desecho militar tan a la moda, del catálogo de Banana Republic, esa con bolsillos para las municiones, y parezco una gallina en una funda de almohada. MI tamaño y mi forma están mal. ¿La gente tiene que ser delgada, no es cierto? No se puede ser demasiado flaco, así dicen todos, especialmente los anoréxicos. La gente tiene que ser delgada y firme, porque en general así son los hombres, flacos y firmes, o por lo menos así comienzan siendo, incluso algunos siguen iguales después. Y los hombres son gente, la gente es hombre, eso se sabe, y la gente, al menos el tipo de gente adecuada, es flaca. No me resulta mucho esto de ser gente, porque no soy flaca, de hecho soy más bien rellenita, e incluso con grasa por aquí y por allá. No soy firme. Además, se supone que hay que ser fuerte y duro. Fuerte, duro, eso es bueno. Pero nunca he sido así. Soy más bien blanda y tierna, en realidad. Como un buen bistec. O como un salmón, ni delgado ni duro, tierno y suave. Los salmones no son gente, o así nos informan ahora último. Nos dice que hay sólo un tipo de gente; los que calzan con ese tipo son hombres. Es muy importante que todos, pienso, validemos eso. Porque le importa mucho a los hombres.

Resumiendo, creo que no soy varonil. Varonil a la manera de Ernest Hemingway. La barba, los rifles, las mujeres, las frases cortitas. Lo intento. Tengo esta especie de proyecto de barba que se obstina en crecerme, nueve o diez pelos en el mentón, a veces incluso más: pero ¿qué hago con los pelos? Me los saco con una pinza. Los hombres no hacen eso, no usan pinzas. Se afeitan. Los hombres blancos por lo menos, y una no decide esto de ser blanca, como no decide ser hombre o no ser hombre. Soy blanca, me guste o no. Supongo que trato de no serlo, en estas circunstancias, porque no me afeito. Uso pinzas. No tiene sentido, sin embargo, porque ni siquiera tengo una barba de verdad, una barba de importancia. Y no tengo rifle, y ni siquiera una mujer, y mis frases tienden a alargarse y alargarse y desplegar la sintaxis. Hemingway se moriría antes de necesitar de la sintaxis. O de poner punto y coma. Uso mucho el despreciable punto y coma; acabo de poner uno; es un punto y coma después de «punto y coma», y otro después de «uno».

Otra cosa. Ernest Hemingway habría preferido la muerte a ser viejo. De hecho la prefirió. Se pegó un tiro. Frase corta. Sentencia corta. Cualquier cosa menos una frase larga, una sentencia perpetua. Las sentencias de muerte son cortas y muy, muy varoniles. Las perpetuas no. Siguen y siguen, se llenan de sintaxis, de frases subordinadas, de referencias confusas y de envejecimiento. Esto nos lleva a qué mal lo he hecho como hombre: ni siquiera soy joven. En el momento en que comenzaron a inventar a las mujeres, comencé a envejecer. Y seguí sin parar. No me detuve. He seguido envejeciendo sin tomar ninguna medida, con un rifle o con cualquier otra cosa.

Quiero decir lo siguiente: si tuviera algún respeto por mí misma, ¿no me habría estirado la cara, por lo menos, no me habría hecho alguna liposucción? Aunque esto de la liposucción me suena a lo que hacen en televisión cuando son jóvenes, o casi jóvenes, y no cuando son viejos, y cuando uno de ellos es hombre y el otro mujer. Lo que hacen es esto: este hombre y esta mujer relativamente jóvenes se abrazan y ponen sus manos sobre el otro y luego hacen liposucción. Se supone que los miramos mientras lo hacen. Mueven la cabeza y aplastan las narices y la boca del otro y abren la boca de distintas maneras, y se supone que una se calienta o se moja al mirar. Lo que siento en realidad es que dos personas se están haciendo liposucción, ¿y para eso inventaron a las mujeres? Supongo que no.

En realidad, creo que el sexo es el más aburridor de los deportes que se puedan mirar, más aburridor incluso que el béisbol. Quiero decir: si en vez de practicar un deporte tengo que mirarlo, prefiero el salto ecuestre. Los caballos son realmente bellos. Los que los montan son en su mayoría un poco nazis, pero como todos los nazis sólo valen lo que vale su cabalgadura, y finalmente es el caballo el que decide si saltará o no esa valla o si se detiene súbitamente y bota al nazi de cabeza al suelo. Aunque suele suceder que el caballo no sepa que tiene poder de decisión. No son tan inteligentes los caballos. En todo caso, el salto ecuestre y el sexo tienen mucho en común, aun cuando en Estados Unidos no se pueden ver saltos ecuestres en televisión salvo que uno agarre un canal canadiense. Si me dan a elegir, aunque no siempre pueda elegir, prefiero ver saltos ecuestres a ver sexo. Nunca lo contrario. Pero ya estoy muy vieja para los saltos ecuestres, y, en cuanto al sexo, ¿quién sabe? Yo sé, ustedes no.

Claro que los viejos dorados supuestamente saltan de cama en cama, como los caballos de valla en valla, con mucho impulso, mucho impulso, pero gran parte de esta cosa del sexo super a los setenta parece también ser teoría, como la de la mujer presidente de General Motors o la mujer rectora de Harvard. La teoría se inventa en gran medida para dar seguridad a la gente en torno a los cuarenta años, especialmente a los hombres, que suelen andar muy preocupados. Por eso apareció Karl Marx y por eso todavía tenemos economistas, aunque a Karl Marx parece que lo hubiéramos perdido. En sí misma, qué mejor que la teoría. En la práctica, o praxis como la llaman los marxistas, porque les gusta, parece, la letra «x», esperen a cumplir los sesenta o más y luego me hablan de sus prácticas sexuales, o de su praxis si prefieren, aunque no me comprometo a escuchar, y si escucho probablemente me aburra tanto que comience a buscar saltos ecuestres en la televisión. En todo caso, no sabrán por mí nada de mis prácticas sexuales, o de mi praxis, ni ahora ni más adelante.

En fin, dicho todo esto, aquí estoy, vieja, sesenta años, «un hombre público sonriente de sesenta años», como dijo Yeats, claro que él era hombre. Y es totalmente culpa mía. Nací antes de que inventaran a las mujeres, y vivo y vivo todos estos decenios esforzándome tanto por ser hombre que se me olvida mantenerme joven, y por eso no lo he logrado. Y mis tiempos verbales se confunden. Acabo de ser joven y de pronto ya tengo sesenta años.

Algo debería haber hecho un verdadero hombre para evitar todo esto. Sin llegar a lo del rifle, algo más que el aceite de Olay. Fracasé, sin embargo. No hice nada. No logré mantenerme joven en absoluto. Miro mis denodados esfuerzos, porque claro que lo intenté. Traté de ser hombre, de ser bien hombre, y compruebo que no pude, que apenas soy malamente un hombre. Una imitación de hombre, un hombre de segunda, con una barba de diez pelos y excesivo uso del punto y coma. Para qué, me pregunto. A veces pienso que más valdría rendirse. A veces pienso en usar mi capacidad de decisión, pararme en seco frente a la valla y hacer que el nazi se caiga de cabeza. Si no sirvo para fingir que soy hombre, y no sirvo para ser joven, más vale que comience a fingir que soy una vieja. No estoy segura de que alguien haya inventado a las viejas todavía; a lo mejor vale la pena hacer la prueba.

  • Traducción de Adriana Valdés, 2018, año de la muerte de Le Guin

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