Gabriela Quiroz, auxiliar de farmacia: “En los días con poca gente, me lavo las manos 20 veces”

Gabriela Quiroz, auxiliar de farmacia: “En los días con poca gente, me lavo las manos 20 veces”

Diariamente viaja desde su casa en San Bernardo a Providencia, donde trabaja. “Este tiempo se me ha hecho eterno, eterno, eterno. Hemos tenido que trabajar más. Hay muchos compañeros con licencia”, dice.

Desde hace más de tres meses, la vida de Gabriela Quiroz (43) ha entrado en un nivel de permanente estrés que se inicia cuando sale de su casa en la villa Santa Bernardita, comuna de San Bernardo. A pesar de la pandemia, cuarentenas y restricciones, Gabriela ha tenido que levantarse a trabajar diariamente ya que, desde hace 15 años, está empleada por una cadena de farmacias. Su destino está en Nueva Providencia con Lyon.

“Donde yo trabajo siempre va a estar abierto, pase lo que pase”, cuenta al teléfono. Su trabajo es de los calificados como prioritarios.  De lunes a viernes usa una hora y media en cruzar Santiago desde su casa hasta el corazón de Providencia. Durante el viaje va con la sensación de estar al borde del contagio del virus: “Tomo tres movilizaciones. Voy en colectivo hasta el Metrotren. El Metrotren a veces va con mucha más gente de la que debería ir y sientes que no tienes espacio: no hallas dónde ponerte, te das vueltas y trato de no tocar nada, ninguna cosa. Después en Estación Central hago transbordo a la línea 1 y ahí sí que va más gente”.

El Metro sigue estando lleno. Viajan todos con mascarillas y la gente está alerta. Recuerda a un anciano que se subió sin cubrir su boca, a rostro desnudo, y la gente se alejó hasta dejarlo solo en un espacio. Recuerda también que en enero fue la primera vez que supo que el Covid no era una broma lejana. En la farmacia clientes chinos comenzaron a comprar cajas de guantes, mascarillas y alcohol gel en grandes cantidades. Ella le preguntó a una chica si acaso compraban para enviarlas a China: “Usted también tiene que comprar porque la pandemia va a llegar acá, me dijo”.

“Tomo tres movilizaciones. Voy en colectivo hasta el Metrotren. El Metrotren a veces va con mucha más gente de la que debería ir y sientes que no tienes espacio: no hallas dónde ponerte, te das vueltas y trato de no tocar nada, ninguna cosa. Después en Estación Central hago transbordo a la línea 1 y ahí sí que va más gente”.

A Gabriela hace dos años la cambiaron de local. Antes estuvo en San Bernardo, muy cerca de su casa. En Providencia su equipo de trabajo es ella y su jefa. Se suma una bodeguera y una chica externa que vende cosméticos. Sólo mujeres: “Este tiempo se me ha hecho eterno, eterno, eterno. Hemos tenido que trabajar más. Hay muchos compañeros con licencia. Somos seis las vendedoras”.

En estas semanas, con el endurecimiento de las medidas, no hay muchos clientes. En épocas normales la farmacia pasaba llena, señala Gabriela. Ahora con sus compañeras se la pasan limpiando y desinfectando todo. Ninguna se quiere enfermar.

Desde el principio estas mujeres organizaron la farmacia para evitar el peligro de un potencial contagio. Crearon su propio protocolo y colocaron números de atención afuera y dejando entrar a solo dos personas por vez. “Eso se nos ocurrió a nosotras. La farmacia se demoró mucho en entregarnos las mascarillas. Al principio nosotras compramos las cajitas de Nexcare. Las que nos manda la empresa son tremendas y nos entra aire por todos lados. No filtran nada”, cuenta. 

Aparte de la distancia social, una cortina de plástico transparente separa al mesón del comprador. “Hay personas muy porfiadas. Entró un caballero sin mascarilla exigiendo atenderse, al final tuvo que comprar una para que lo dejáramos entrar”. Es una ruleta rusa. 

La farmacia se demoró mucho en entregarnos las mascarillas. Al principio nosotras compramos las cajitas de Nexcare. Las que nos manda la empresa son tremendas y nos entra aire por todos lados. No filtran nada”, cuenta.

No saben quién tiene Covid, tampoco si están con permisos temporales: “Una tiene que atenderlos igual. Un joven una vez me advirtió que la receta que llevaba era de un paciente con Covid. Póngase guantes, me dijo. Pero yo no uso, prefiero lavarme las manos. En los días con poca gente me lavo las manos como 20 veces”.

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“Yo soy la única que trabajo. Vivo con mi hija de 20 años y mi hijo de 18. Él está en el último año de colegio. Ha estado aquí haciendo guías por internet. Mi hija está en la universidad y le hacen clases diarias por internet”, cuenta. Los hijos de Gabriela la salen a esperar al pasaje cuando vuelve a la villa cargada con bolsas del supermercado al anochecer. Otros vecinos salen a la calle con pitos y protestas: “Lo hacen para proteger a la gente que vuelve de trabajar porque están asaltando harto. Es estresante por todos lados la cosa acá”.

Desde el inicio de la pandemia entra a su casa por la puerta de la cocina donde está la lavadora. “Me lavo las manos, me saco la ropa y tiro todo a la lavadora. Quedo en puros calzones y mis niños se cagan de la risa”, cuenta. 

Su hogar es el único sitio en que se desconecta del estrés de contagiarse. Sus hijos se comprometieron a no salir de casa: “Acá la única que puede traer el bicho y exponerse soy yo”, sentencia. Juntos ven televisión, sentados a una distancia prudente. Reconoce que los acaricia de vez en cuando. Es en esos momentos que Gabriela respira a salvo: “Siento que puedo hacer una vida normal y relajarme. Luego pongo la cabeza en la almohada y ya no sé nada”. 

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Con la amenaza del Covid-19 las ventas de la farmacia han bajado, pero la presión se incrementa: “No vendemos tanto, pero terminas agotada porque estás muy estresada, pendiente de no tocar nada, limpiar todo, lavarte bien”, señala.

Su hogar es el único sitio en que se desconecta del estrés de contagiarse. Sus hijos se comprometieron a no salir de casa: “Acá la única que puede traer el bicho y exponerse soy yo”, sentencia.

Reconocen las recetas para Covid que llegan a la farmacia por los medicamentos que, dice Gabriela, se enteran por las redes sociales que están funcionando. El boom de las primeras semanas por termómetros, mascarillas y gel ya pasó. “Hay gente que te dice que la receta es por coronavirus, otras no te dicen nada… nosotras tenemos que tener los mismos cuidados con todos. Compran azitromicinas, inhaladores y corticoides. Se agotaron las aspirinas, ya no hay ninguna en ningún lado”.  

En su local ninguna se ha enfermado, las licencias han sido por estrés o por maternidad, sin embargo por WhatsApp del sindicato supo que un bodeguero de Viña del Mar falleció: “He sabido también que en la competencia murieron dos ayudantes de bodega. En este trabajo estamos súper expuestos”. 

*Este texto es parte de la serie “Invisibles, pero fundamentales”. Puedes revisar el resto de los capítulos AQUÍ.

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