Adelanto del libro “Amigas de lo ajeno”: El origen, Monserrat

Adelanto del libro “Amigas de lo ajeno”: El origen, Monserrat

¿Cómo llegó Mon Laferte a ser una de las músicas chilenas más reconocidas a nivel internacional a pesar del clasismo del que fue víctima? La periodista Javiera Tapia revela en Amigas de lo ajeno cómo la carrera de ésta y otras músicas nacionales encuentran puntos en común en el feminismo para construir una obra vertiginosa, auténtica y llena de matices. Un libro sobre cantantes chilenas en donde se aborda de forma consciente y precisa el contexto conservador, machista y violento del cual emergen sus voces.

En enero del año dos mil, mientras los sistemas computacionales caían y Mon recorría calles y bares cantando sin anticipar el futuro que vendría, se inauguraba el bar La Casona de la Condesa en un callejón antiguo del centro histórico de Veracruz. El nombre del lugar estaba inspirado en una leyenda urbana local, La Condesa de Malibrán, una aristócrata que enamoraba a hombres jóvenes y luego los mataba dentro de su mansión.

En Chile, tres años más tarde, Monserrat Bustamante se convirtió en concursante de la segunda generación del programa de talentos Rojo, fama contra fama. “Ahí seguí haciendo lo mismo, porque la pega era ser intérprete, cantar lo que te dijeran”. La televisión otorgó masividad, reconocimiento, un primer disco que obtuvo oros y platinos en medio de una industria discográfica cuyo modelo estaba en las últimas, haciéndose añicos. Lo que muchos asumían que era un sueño cumplido, no lo era. La excelencia en el oficio de intérprete no era suficiente, porque dentro también existía una creadora. Es por eso que en el 2007 abandona Chile y llega a México.

“Me fui porque necesitaba tener una carrera como música, tenía que aprender mucho y trabajando en televisión no podía avanzar en esa parte musical. A pesar del éxito que pude haber obtenido trabajando en televisión era un éxito como ¡gura de tele y yo necesitaba crecer como música. Por eso llegué al programa cuando estaba muy chica, en esta búsqueda, porque antes de entrar a Rojo yo ya trabajaba, había ido a todas las disqueras en Santiago a mostrar mis casetes caseros, porque quería grabar un disco”, me dijo Mon hace algunos años, en uno de nuestros primeros encuentros en el contexto de una entrevista.

“Cuando llegué a México tenía veintitrés años y llegué a hacer lo mismo, porque tenía mucha experiencia en eso de cantar en bares. Llegué a hacer lo mejor que sabía hacer, ser intérprete y cantar repertorio, el oficio de cantante, que es muy diferente a la parte creativa, más personal”, relata ahora, mientras hablamos horas por teléfono.

La Casona de la Condesa fue uno de los primeros lugares en el que Mon trabajó cuando llegó a México. Durante un año completo viajó desde la Ciudad de México hasta Veracruz para cantar, sin parar. Bronceada por el sol del puerto, cansada, a veces subía al escenario a las tres de la mañana. 

Durante todos esos años en que la verdad se sostenía frente a la adversidad, en lo cotidiano Monserrat era intérprete, pero siempre escribió canciones que mantuvo escondidas. “Creer y confiar en mis capacidades fue difícil. Yo llegué a México y no sabía cómo hacer un disco. Al principio necesitaba mucho la aprobación de otras personas. Cuando hacía una canción me daba vergüenza compartirla y luego, en la etapa de vestirla y hacer los arreglos, me daba mucha inseguridad hacerlo sola”, me contaba durante mayo del 2016.

Un día se acercó un productor y le dijo que le gustaba su voz, le preguntó si tenía canciones y con ellas armaron un EP. Pero mientras una despierta, come, ama, ríe, duerme, odia y planifica, ocurre la vida. Monserrat fue diagnosticada de cáncer a la tiroides y tuvo que despedirse momentáneamente de todo. De los bares, de las canciones y la música.

“Creer y confiar en mis capacidades fue difícil. Yo llegué a México y no sabía cómo hacer un disco. Al principio necesitaba mucho la aprobación de otras personas. Cuando hacía una canción me daba vergüenza compartirla y luego, en la etapa de vestirla y hacer los arreglos, me daba mucha inseguridad hacerlo sola”, dice Mon Laferte.

Frente a la existencia de la posibilidad de no poder volver a cantar como consecuencia de la enfermedad, vuelvo a pensar en ese imán. Todo se reordena. 

Cuando se recuperó, escuchó lo que había grabado y no le gustó nada. “Aunque suene cliché, creo que haberme enfermado me hizo decir «ya, déjate de hueviar, si nada es tan importante». También empecé a agarrar confianza porque en el circuito de bares en el que yo tocaba tenía gente que nos seguía a la banda para todos lados, tocando covers, pero nos seguían y preguntaban por qué no grababa un disco con mis canciones. Todos los amigos apañaban tanto, que me dije «bueno, lo voy a hacer yo». Con ayuda y apoyo de amigos y amigas, me lancé no más y grabé las primeras canciones”.

La periodista Javiera Tapia es la autora del libro “Amigas de lo ajeno”.

Pero el camino de intérprete, del oficio, continuaba. Aunque se abría a nuevos caminos, esa verdad seguía viva también por la necesidad, la subsistencia.

“Durante mis primeros dos discos yo no podía dejar mi pega de cantante de bares, porque no podía vivir de mi música, entonces tenía tocatas con mis canciones, pero también tenía pega cantando en bares. Ahí yo me acuerdo que conocí a las Mystica Girls, que también tocaban covers en bares de rock clásico, tipo AC/DC. En ese momento ellas se acercaron

a mí y me propusieron ser vocalista de su banda, que no era tan alejado de lo que yo seguía haciendo en los bares, porque ahí cantaba Rage Against The Machine, Led Zeppellin, cosas de Pantera. A mí me pasó que el público que me seguía en los bares encontró que mi disco Desechable (2011) era demasiado pop, porque me querían escuchar haciendo algo más pesado, pero en realidad yo no siento que yo sea una artista para encasillarme solo en hacer música con distorsión de guitarra y doble pedal, sino que tengo ganas de explorar muchos más sonidos. Acepté la invitación y en aquellos años hacía las tres cosas. Era vocalista de Mystica, cantaba en bares haciendo covers y estaba con mi proyecto Mon Laferte”.

* * *

¿Cuántas vidas se puede tener en una sola? Y por otra parte, ¿con cuánta velocidad se da cuenta el resto de esos cambios? ¿Qué pasa cuando, en lo público, hay una resistencia o incredulidad frente a una nueva aventura? En el caso de Mon, ha sido lento y, como toda su carrera, también supeditado al clasismo.

Mientras ella se desarrollaba como artista en México, en Chile su imagen pública era la de una intérprete de un programa de televisión. “La creadora, lo que yo quería decir o la estética que yo quería representar a través de un disco completo o un concepto, nunca estuvo presente antes de ir a México. Yo no me había descubierto hasta ese momento, solo era una intérprete”. 

Pasados los veinticinco años vuelve a Chile con otro nombre, otro corte de pelo, otra ropa. Con canciones propias y otro sonido. “Era una voz personal que me representaba en ese momento, en mis veintes, viviendo mucho de noche, en el under mexicano. Y por otra parte, antes venía de un programa de televisión muy conservador, de un país también bien diferente, porque Chile hace diez años era totalmente distinto. Cómo cambia la gente en diez años. Había muy pocas mujeres con hartos tatuajes tan visibles, por ejemplo. Todavía había un montón de prejuicios, incluso hacia artistas que estaban en un programa de tele, eran vistos como algo… no sé, había una cosa un poco nazi, muy separatista”.

Para ella, las reacciones frente a ese regreso también tenían “mucho que ver con la clase social, porque cómo esta niña flaite, de un programa flaite ahora se las da de rockera, me decían en ese tiempo. Y a mí me daba tanta risa eso, me imaginaba no sé, comiéndome una gallina. Y yo también muy inocente, porque era joven y tenía ganas de hacer un montón de cosas, era la primera vez que mostraba mi música y un universo creativo que recién estaba descubriendo”.

En 2017, durante un encuentro que tuvimos para conversar sobre su disco Norma, le comenté a Mon que me parecía que aquel disco era muy simbólico con respecto al género y también la clase. Por una parte, representa aquel lugar privilegiado en el que una artista puede ser la mente creadora sin barreras, componer a sus anchas, sin límites de presupuesto, tiempo y equipo, pudiendo realizar un proyecto tan ambicioso como un disco/película. Recorridas ya dos décadas del siglo XXI sabemos que estas son excepciones y el feminismo nos ha enseñado, por otra parte, que nunca está bien ser la única. Cada vez que eso sucede, más que sentirse especial, hay que encender una alarma.

Pero además ese privilegio de tener todas las herramientas disponibles para crear lo que quisiera no fue direccionado hacia el sonido de guras hegemónicas como Beyoncé o Katy Perry, sino que lo volcó hacia su origen. Y el origen siempre guarda relación con la clase.

Decidir es un poder, pero antes que eso, un privilegio. Quien puede decidir es aquel o aquella que, en primer lugar, tiene opciones y, para tener opciones, es necesario tener todas las necesidades básicas de subsistencia resueltas, algo que sabemos que, tanto en Chile como en diferentes partes de este planeta, no sucede.

Y aunque el mundo se construye sobre estructuras que nos intentan formatear a todas las mujeres en un deber ser específico, para aquellas nacidas en la pobreza la sociedad se encarga de tatuarlo en sus cuerpos y biografías de una forma aun más dura. Decidir es un poder, pero antes que eso, un privilegio. Como un lugar cercado e inamovible. En el caso de Mon, ese cerco también tenía que ver con sus decisiones como artista y los límites implicados.

En un perfil sobre Mon Laferte, publicado en el 2017 en la revista Sábado por Andrew Chernin, el productor musical de TVN Jaime Román decía que “la cosa popular y masiva no la tenía ninguno de los artistas anteriores de Rojo y menos lo tenía la Daniela Castillo, que venía después, que representaba exactamente lo contrario”. Daniela Castillo, una talentosa cantante de ojos azules que el programa decidió perfilar como “la niña educada” y “princesa” y dueña de esa voz grave que caracteriza —no sé por qué— a las mujeres de la clase alta chilena (si no sabes de lo que hablo busca en YouTube “Kel Calderón entrevista” o “Las distintas aspiraciones según clases sociales de los jóvenes que rindieron la PSU”).

“Buscábamos algo que podríamos llamar, entre comillas, la gente que le gusta la cumbia, la música bailable, más guachaca. Eso lo cubría perfectamente la Monse. Yo hablé con ella largo este asunto. No tuvo ningún problema en que buscáramos esa identificación”, terminaba aquella intervención de Román.

Nada de esto es una sorpresa. Los ejecutivos del programa pensaban también como aquella industria discográfica en crisis. Cada uno de los aspirantes debía cubrir un segmento del mercado y para Mon su participación en el programa era un trabajo, su oficio de intérprete. Y aunque dentro del repertorio que le entregaban para cantar pudo haber canciones que le gustaran, el trabajo dejaba de ser solo cantar, sino que se extendía a también interpretar un personaje, llenar una casilla, cumplir estereotipos.

Por todo esto Norma también es un disco simbólico a nivel de clase. Llegado el momento de crear, Mon creó estas canciones volviendo a su origen. A sus canciones cebolla, pero ahora bajo sus términos.

“Yo digo que esta es mi venganza, porque cuando chica sentía que no encajaba en ninguna parte porque me gustaba la música cebolla. Cuando era chica escuchaba música de afuera y las bandas gringas, pero también me gustaba la Myriam Hernández, me gustaba todo. Y antes no se podía eso. Siempre me topé con una puerta, que tiene que ver con la clase social. Yo soy de pobla, de los cerros de Viña. Y me acuerdo que una vez en Rojo llamaron por teléfono para decir «oye no me gusta ella porque es chula y es cebolla», o sea una cosa clasista y fatal, que siento que antes era peor que ahora, no sé, esa es mi sensación desde afuera. Siempre me sentí menos porque donde iba era como «es flaite, es flaite» y me sentía mal, porque me miraba la ropa, mis rasgos físicos… la gente me acomplejó mucho por eso y ahora me encanta”, me respondió ese día.

“Cuando era chica escuchaba música de afuera y las bandas gringas, pero también me gustaba la Myriam Hernández, me gustaba todo. Y antes no se podía eso. Siempre me topé con una puerta, que tiene que ver con la clase social. Yo soy de pobla, de los cerros de Viña”, dice Mon Laferte.

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Libro: Amigas de lo ajeno
Editorial Planeta
Páginas: 176 
PVP: $12.900
Comentarios
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