2020, PROCURO OLVIDARTE

Foto: Felipe Poga, Universidad de Chile

2020, PROCURO OLVIDARTE

El año que se va obligó distancia. Alejarnos físicamente de las personas con las que queremos estar para cuidarnos y cuidarlas. Conversar, reírnos y recordar historias se transformó en la rutina, en la que todos los días podían ser lunes o domingo. Las conversaciones dieron -y siguen dando- vueltas sobre lo mismo: cuándo se terminará todo esto. Sin movimientos, la diversidad de temas se desvaneció y la memoria comenzó a tropezar. La neuróloga, experta en Alzheimer, Andrea Slachevsky advierte sobre la idealización a la pre-pandemia. “Ha sido un año difícil, sin duda, pero hay que tener cuidado con ver el pasado mejor de lo que realmente era”.

Un año para olvidar o un año que nunca olvidaremos. Otros lo llaman el año que, obligados, tuvimos que rendirnos al olvido. Al olvido de los proyectos y también de las pequeñas cosas que se nos escapaban de la cabeza: eso que íbamos a hacer en un determinado momento y en el camino se borraba en una especie de microdesconexión. ¿A qué iba? El Síndrome de la Puerta, lo llama Andrea Slachevsky, neuróloga, doctora en Neurociencia con especialización en Neuropsicología en la Escuela Cerveau-Cognition-Comportement de la Universidad Pierre et Marie Curie, de París. 

En Chile, Andrea dirige la Clínica de Memoria y Neuropsiquiatría del Servicio de Neurología del Hospital del Salvador. La experta en memoria llama a la calma. “El Efecto de la Puerta es algo tensional, no patológico”, advierte. 

Notar dificultades para recordar cosas cotidianas es parte de los costos cognitivos que la pandemia ha provocado en la salud mental del mundo entero. Y para tranquilizar aún más, refuerza: lo propio de la memoria es olvidar. 

Andrea va y vuelve sobre la película Memento (2000), que relata la historia de un hombre que sufre de amnesia anterógrada, condición que le impide guardar nuevos recuerdos en su memoria. A través de la historia del protagonista, Leonard, Andrea trae a Platón a la conversación. “Sobre la memoria, el filósofo dice que es la capacidad que tenemos de poner un pájaro en una jaula. Pero no es solo tenerlo ahí, hay que mantenerlo en ese lugar, vivo. Es lo que le pasa al protagonista de Memento. El personaje logra atender lo que pasa pero no atenderlo, y es ahí donde la información se muere”. 

Foto: Felipe Poga, Universidad de Chile

¿Qué ha pasado este año con nuestra memoria? 

-Lo que se ha visto es más gente que se quejaba de tener problemas para recordar. Esto se debe a otras patologías de salud mental como trastornos del ánimo, del sueño y, finalmente, a la falta de diversidad del día a día. Y eso sumado al sedentarismo se incrementa, porque sabemos que las capacidades cognitivas están íntimamente ligadas a la actividad física. 

La rutina es el gran desencadenante entonces. 

-Que el contexto se haya hecho más rutinario hace perder las claves contextuales que son importantes para memorizar. La prevención al contagio del virus obliga a que estemos mucho más atentos a los gestos de la vida cotidiana que antes realizábamos de manera automática. Ahora debemos invertir recursos atencionales que son limitados, pero a la vez son fundamentales para hacer nuevas memorias.

¿El esfuerzo por no contagiarnos pasa la cuenta a nivel cognitivo?

-Claro, la transformación de los gestos automáticos de la vida cotidiana en gestos que requieren un esfuerzo puede ser uno de los motivos por lo que nos quejamos de más olvidos y sentimos nuestras memorias más frágiles.

¿Este desorden cognitivo podría afectarnos a largo plazo?

-En la mayoría de las personas va a volver a ser todo como antes, va a ser reversible. Pero los más frágiles pueden quedar con algunas dificultades. 

Para la tercera edad, este impacto podría ser más significativo, ¿se podrá revertir?

-No lo sé. En algunos sí, va a depender de cuán frágil estaban antes de la pandemia. 

¿Aumentaron los casos de demencia durante este año?

-Dentro de las demencias una de ellas es el Alzheimer, que es la más frecuente. Se ha visto en un porcentaje significativo un deterioro importante en las capacidades funcionales, físicas y en los síntomas conductuales asociados. 

¿Cuál es la razón?

-Una de las cosas que se pierde con la demencia es la capacidad de adaptación. Y la cuarentena fue un cambio de rutina tremendo que hizo que aumentaran todas las dificultades. Hubo casos trágicos de deterioro en pocos meses. 

¿Cuándo un problema de memoria se transforma en algo para consultar?

-Es un diagnóstico difícil. Todos tenemos olvidos, olvidar es parte de lo rutinario. Alguien que recuerda todo es totalmente patológico y siempre cito el cuento de Borges, “Funes el memorioso”, que es un personaje que recuerda todo, pero no sabe nada. La pregunta que hay que hacerse es si hay síntomas que hacen dudar de las capacidades cognitivas de una persona y si es así, tratar de determinar la causa.

¿Y qué señales son preocupantes y no forman parte de lo normal de un año como el que pasó?

-Olvidos que se empiezan a hacer frecuentes y gatillan disrupciones en la vida cotidiana. La intensidad y la calidad del olvido, también. Hay olvidos que atribuimos al “Efecto de la Puerta”, que es cuando te levantas y dices ¿qué iba a hacer?, eso es algo tensional, no patológico. Es preocupante si la persona empieza a olvidar conversaciones de manera reiterada u olvida eventos donde haya estado con otras personas, por ejemplo. Cuando hay sospecha de algo patológico se complementa con evaluaciones cognitivas objetivas y con exámenes para tratar de entender los síntomas.

¿Cómo ralentizar que avance una demencia en las condiciones de cuidado y confinamiento que estamos viviendo?

-Al principio de la pandemia, sacamos algunas recomendaciones para personas que ya tenían demencia y que no queríamos que empeoraran. Una de las cosas importantes es conservar rutinas y actividades. Otra cosa es mantener la luz en el día y la oscuridad para la noche. No permitir que alguien se quede en un sillón, porque no puede salir. Caminar en el lugar donde estén para evitar quedarse sentados durante todo el día. 

“Hay olvidos que atribuimos al “Efecto de la Puerta”, que es cuando te levantas y dices ¿qué iba a hacer?, eso es algo tensional, no patológico”.

OLVÍDAME Y PEGA LA VUELTA

Los argentinos Pimpinela la convirtieron en un clásico. Los hermanos Lucía y Joaquín Galán interpretan el quiebre de una relación de amor en la canción “Olvídame y pega la vuelta”. 

Hace dos años y un día vive sin él. Confiesa que no ha sido feliz, pero aprendió a seguir adelante. Sin poder olvidarlo aún, él vuelve. 

Hace dos años y un día, él partió en busca de un mundo de emociones que no encontró. Se da cuenta que sus sueños no eran más que una fantasía y entiende que quiere las cosas que tenía antes, con ella. No puede olvidarlas. 

Olvida mi nombre, mi cara, mi casa y pega la vuelta.

Olvida de todo, que tú para eso tienes experiencia.

Andrea Slachevsky está segura: uno no puede olvidar voluntariamente ni hacer desaparecer recuerdos. No por opción. Lo que si podemos hacer es modificar la paleta de colores de un determinado momento, matizarlo o, definitivamente, pasar de blanco a negro. Reconstruir una historia o resignificarla. “Esto explica porqué las pérdidas se hacen menos dolorosas con el tiempo”, afirma. 

A veces dos años son poco tiempo para olvidar. ¿Se aprende a vivir con los recuerdos?

-Uno recuerda en función de cuán importante para uno fueron los hechos. No hay evidencia que uno puede olvidar conscientemente, pero sí se puede aprender a vivir con recuerdos para que pesen menos. Algunos lo pueden hacer solos, otros con humor o con tiempo, y otros con psicoterapia. 

¿Qué son los recuerdos?

-A nivel neuronal, los recuerdos son una gran red de conexiones entre diferentes zonas del cerebro. Esta red se modifica cada vez que revives un episodio, una memoria. Las conexiones entre estas zonas van cambiando. 

Catherine Loveday, profesora de neurociencia cognitiva de la Universidad de Westminster, dice que tratar de recordar lo que pasó cuando no se diferencian los días es como tocar un piano sin las teclas negras. 

-Es muy cierto y lindo lo que dice. Los recuerdos tienen que estar contextualizados en espacio y emociones. Si eso no cambia, los recuerdos se hacen más fugaces y por eso hay que ponerle pistas. Es como que tuvieras una paleta de colores construida del lugar donde estuviste, el tiempo, las personas y la importancia emocional de ese momento. Hoy nuestra paleta de colores es sólo blanca y no la podemos diferenciar. O que tuviéramos cuatro colores, cuando necesitamos la paleta completa. 

¿Esta paleta de colores básica podría hacernos tener recuerdos más erráticos?

-Siempre somos erráticos para recordar. Esa idea de que el recuerdo es una vivencia fiel de lo sucedido no tiene ningún fundamento. Es muy fácil manipular el recuerdo y crear nuevas memorias.

En ese autoengaño también hay una especie de idealización de lo que vivimos antes de la pandemia. Creemos que todo tiempo pasado fue mejor pero no siempre es así. ¿Cuánto podemos manipular nuestros recuerdos?

-Infinito. El mejor ejemplo es que podemos crear falsos recuerdos. Hay una autora que plantea que uno siempre recuerda las cosas mejor que como fueron, casi por supervivencia. Ha sido un año difícil, sin duda, pero hay que tener cuidado con ver el pasado mejor de lo que realmente era. 

Reconstruimos los recuerdos.

-Tengo un amigo neurólogo brillante en Francia, Lionel Naccache. Su primer libro plantea la hipótesis de que Freud no descubrió el inconsciente, descubrió la conciencia. Cómo tú eres capaz de crear una historia de tu vida. Su último libro es una analogía entre la conciencia y hacer una película. No es que todo sea una fantasía. pero hay que tener claro que tenemos una percepción certera: las cosas fueron así. Y los cerebros no son objetivos, vivimos contándonos y creando historias. Y ni siquiera después de contarla queda impresa en el libro, cuando la vuelves a recrear cambia. Es fundamental saberlo para hacernos más tolerantes y menos seguros de nosotros mismos. 

Eso significaría hacernos conscientes de la fragilidad de la memoria y estar constantemente preocupados sobre qué puede estar fallándonos. 

-Algo que trato de explicarle a la gente que viene muy preocupada por los olvidos – cuando no veo algo que sugiera una patología de la memoria- es que si estás pendiente de tus olvidos me estás mostrando que tienes una buena memoria. En esos casos, estás optimizando tus recursos atencionales para recordar tus olvidos, lo que significa estar recordando tus fallas. Hay que relajarse un poco. 

“Los cerebros no son objetivos, vivimos contándonos y creando historias. Y ni siquiera después de contarla queda impresa en el libro, cuando la vuelves a recrear cambia. Es fundamental saberlo para hacernos más tolerantes y menos seguros de nosotros mismos”.

¿Qué es lo que no debemos olvidar de este año de pandemia?

-La fragilidad y la dependencia. Tendemos a dividirnos entre dependientes, aquellos que han perdido la capacidad de cuidarse por sí solos, y los independientes. Creo que esta pandemia muestra que esta división es reduccionista y una falacia. El 2020 nos ha mostrado cuán dependientes somos unos de otros, incluso aquellos que tienen todas sus capacidades. También nos ha mostrado la dependencia al entorno.

Y esa dependencia común demuestra nuestra fragilidad.

-Claro. Parece algo obvio pero creo que frecuentemente nos olvidamos de la fragilidad de lo humano y creemos que es una prerrogativa sólo de ciertos grupos. En esa misma línea consideramos que el cuidado está dirigido solo hacia ciertos grupos. 

Lo que hemos vivido este año no va a ser fácil de olvidar, aunque queramos.  

-Dudo que la pandemia nos cambie, que seamos diferentes después de este año. Al menos espero que esto ayude a reflexionar sobre la dependencia e independencia y el cuidado, que no ha estado muy presente en el debate. Los que trabajamos con personas con demencia vivenciamos a diario cuán frágil y vulnerable somos. Todos.

Trabajas con personas con Alzheimer, ¿estás más alerta de tus propios olvidos?

-Soy bastante distraída (ríe). Estoy un poco pendiente, pero trato de no asustarme. Los médicos siempre nos asustamos. Recuerdo que cuando estudiábamos solíamos tener todas las enfermedades.

Andrea Slachevsky recibió hace dos meses la medalla del Orden Nacional de Mérito, una importante distinción que otorga el gobierno francés a quienes han sido un aporte en la cooperación académica. Andrea se emocionó con la noticia y pensó en lo que hubiera sentido su padre, ya muerto, con la noticia. Recuerda que su cabeza explotó de felicidad imaginándolo. “Es un ejercicio que hago con mi memoria: cuando me pasa algo bueno pienso en la alegría que hubieran sentido mis padres. No hay amor más gratuito que el de los padres”.

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