Fotos: Ulises Nilo

Paolo Bortolameolli: “Desde muy chico sentí una fascinación por hablar de música. Es como una especie de confesión”

El director asociado de la Filarmónica de Los Ángeles y mano derecha de Gustavo Dudamel, fue uno de los miles de artistas en el mundo que debió bajarse del escenario por tiempo indefinido y tomar un avión de regreso a casa. Ya en Santiago, aprovechó de fortalecer el vínculo con su hijo, abocarse a otra de sus pasiones como lo es la divulgación artística y como efecto colateral, nació “Rubato”, su primer libro.

Antes de sentarse a conversar, Paolo Bortolameolli, saca a Olaf, el perro pandémico, de la pieza de ensayo y escritura. Al salir, se luce un amplio mueble que fabricó con su hijo Andrea, de seis años, los primeros meses de pandemia. El proceso fue mostrado, paso a paso por Instagram, red social que utilizó durante todo el confinamiento como herramienta para divulgar conocimiento sobre música clásica.

Cuando todo paró y los conciertos se suspendieron a lo largo del mundo, el músico y director asociado de la orquesta Filarmónica de Los Angeles, donde trabaja junto al director venezolano Gustavo Dudamel,  tomó un vuelo con dirección a Santiago y ya en la capital, estuvo confinado junto a su hijo por 11 meses. En registros cotidianos, puede verse a Bortolameolli apoyando al pequeño Andrea en teleclases, jugando y disfrazándose para combatir el encierro.

Un resultado colateral de la pandemia fue “Rubato” (La Pollera, ediciones), un libro tipo ensayo, que parte de la premisa de la carta de un padre a un hijo. Todas las noches, durante cuatro meses, se sentó a escribir en esa misma habitación que hoy muestra por zoom. 

“El libro estaba rondando en mi imaginación hace años, siempre tuve esta idea de que algún día iba a escribir un libro. Fue en pandemia, en estas circunstancias y en este específico capítulo de nuestras vidas, entre Andrea y yo, que este relato cuajó. De repente fue como ‘esto es de lo que yo quería escribir’, y las ideas se materializaron en páginas”, cuenta.

Al momento de esta entrevista, estaba a horas de despedirse de su familia en Chile y viajar a Estados Unidos en dirección a Houston, donde tras casi un año alejado de los escenarios, volvería a reencontrarse con una orquesta y el público, esta vez, en aforo reducido y durante sólo una semana, ya que la actividad artística en Los Ángeles sigue detenida. 

Paolo Bortolameolli. Crédito: Ulises Nilo 

¿Qué significó reencontrarte con esta vida fuera de los escenarios?

-Fue intenso e inesperado. Por un lado, está el contexto que nos aflige transversalmente que tiene que ver con la pandemia, las restricciones, la cuarentena y las dificultades económicas. Por otro, la abstinencia artística que nunca me había pasado. Pero también, y siempre tomando en consideración, con mucho respeto, las dificultades que han tenido que enfrentar muchas personas en circunstancias infinitamente más difíciles que las nuestras, igual fue una instancia de inesperada belleza. El mismo hecho de haber estado con mi hijo Andrea tanto tiempo sin separarnos, del día a la noche, y  no sé, haber tenido que encontrar formas de convivir de manera lúdica, sin ir al colegio, fue muy bello.

¿De qué forma te desafió ese encuentro 24/7 con la paternidad?

-Cuando estábamos en el confinamiento más extremo, era un desafío diario. O sea, “¿cuál va a ser el panorama hoy?”, me preguntaba. Haber llegado a desarrollar una dinámica papá-hijo súper partner, creo que fue lejos de las cosas más lindas de todo el año y me lo tomo como un regalo. Mi carrera es mucho de viajar, yo siempre he tenido una relación muy cercana con Andrea, desde que nació, pero obviamente ahora se intensificó, no sólo por la pandemia, sino porque nos tocó vivir un proceso familiar complejo con la separación, entonces creo que se alinearon para que se potenciara este lazo entre nosotros.

“El buen uso de las palabras también apela a ese llamado de atención y un poco insidiosamente se puede mover esa atención a donde tú quieras que eso ocurra. Entonces, la música y las palabras creo que se comportan de maneras similares”.

Te toca viajar a Houston, ¿cómo te imaginas ese reencuentro con el público?

-Hermoso. Creo que la palabra abstinencia es la que más sirve para describir la sensación vivida estos once meses. Es una abstinencia artística que pesa, que te duele, que se siente en la piel. El hecho de no poder estar arriba de un escenario, lo del público es súper importante y se extraña mucho. Pero llega un punto en que lo que más se extraña es simplemente poder hacer música, y en mi ámbito, que tiene que ver con dirigir una orquesta y tener esa sensación de reencuentro colectivo, artístico, de verdad que eso es emocionante. Qué rico poder tener un ensayo, tener un par de horas de hacer lo que más me gusta.

Cómo podrías describirme la sensación que sientes al estar ahí. 

Esto es lo que pasa: cuando hago música siento que todo está bien, que está todo funcionando en ese lenguaje universal maravilloso, con esa energía, con esa vitalidad, en total complicidad… Estar escuchando, estar colaborando por un fin mayor y estético, eso es muy bonito. De alguna forma, un ensayo es como una especie de cápsula temporal espacial, porque ocurre en ese momento, en ese lugar específico, que es un escenario, un teatro, mientras el mundo normal sigue dando vueltas atrás, donde lo que más nos importa es lo que estamos haciendo: la afinación, la articulación, el tempo y vamos perfeccionando ese pasaje. Al lograrlo, creo que hay un sentir colectivo de sentirnos plenos, y sobre todo, de sentir que estamos haciendo lo correcto, respondiendo a “lo que estamos llamados”. 

Aunque tu militancia conocida está en la música, tengo la impresión de que tienes un vínculo infiel con las palabras, la oralidad y la escritura. No sólo por tu reciente libro, sino también por tu vocación como divulgador.

-Me gusta el buen uso de la palabra infidelidad. Pero no sé si es tan así, porque al final la música igual se comporta de una manera retórica. O sea, la música igual te seduce y te lleva por el camino que ella decide. Uno no se da cuenta, pero es tremendamente tendenciosa en su seducción y bueno, las palabras también lo son. El buen uso de las palabras también apela a ese llamado de atención y un poco insidiosamente se puede mover esa atención a donde tú quieras que eso ocurra. Entonces, la música y las palabras creo que se comportan de maneras similares. Para mí hablar de música es un poco como lo mismo. Muchas de las cosas que yo hablo sobre música tienen que ver con la interpretación y se desprenden mucho de la manera en que uno se expresa en el lenguaje escrito y hablado. Justamente, el tema de las pausas, las expectativas, el cambio de dirección, de los contrastes. Más que ir por carriles separados, pienso que se complementan mucho y se me da natural el uno y el otro. 

HABLAR Y ESCRIBIR DE MÚSICA

A nivel personal, ¿cuándo construiste el puente entre la música y las palabras?

Partí muy joven escribiendo en blogs sobre mis viajes, cuando todavía las redes sociales no eran tan activas. Generalmente, cuando estaba en un viaje significativo para mí, me iba escribiendo en el avión o en el tren y eso después lo transcribía y se lo enviaba a mis amigos y mi familia. Así fui soltando la pluma. Cuando me decidí a escribir el libro, de verdad, fue un placer, porque igual era placentero encontrar el adjetivo que querías, la palabra precisa, el acento, dónde querías poner el punto, o cuando querías alargar la frase. La construcción de una frase es intensa y en ellas encontré muchos paralelos con la música, como construcción musical de una narrativa. Desde muy chico sentí una fascinación por hablar de música, para mí es como una especie de confesión. A veces pienso que a lo mejor no es una fascinación, sino una necesidad y esa necesidad se alberga en el mismo origen de mi vínculo con el público, que es esa necesidad de no sentirse solo, de sentirse acompañado en el proceso de comunicación. 

Paolo Bortolameolli. Crédito: Ulises Nilo 

¿Cuál es el aporte que entrega hablar de música antes de un show, por ejemplo?

-Cuando tú le hablas a la gente de la música que tú vas a tocar, estás generando una tensión particular, porque la gente va a esperar reconocer eso de lo que tú le hablaste. Entonces, con esas pocas palabras, haces una invitación que genera un cambio click en el oyente y esa activación hace que la audición sea mucho más comprometida, te acompaña de cierta forma y se forma como una comunidad directa entre escenario y público. Cuando fui creciendo, me fui dando cuenta con el feedback, que efectivamente hacer eso no es solamente útil, sino que lo agradecen enormemente. Porque efectivamente llega mucha gente a escuchar música temerosos de a lo mejor no estar entendiendo lo que se “supone que debieran entender” (hace gesto de entre comillas con las manos).

¿Por qué entre comillas?

-Porque nunca se supone nada. La música nunca supone que tú deberías entender algo, la música es música, es una expresión sonora. Son sonidos, ritmos, acentos, silencios, no es más que eso. Todo lo demás lo pone uno. Pero sí es cierto, de un acercamiento súper personal, como decir que a mí me parece que la música dice esto, o contextualizar históricamente, dando como datos, por qué fue creada la obra, la gente efectivamente como que escucha distinto. Cuando fui ya más grande y estaba dedicándome profesionalmente a la música nunca dejé de lado eso y siempre sentí que era necesaria hacer esa vinculación. No solamente con “Ponle Pausa” -proyecto de difusión de Fundación CorpArtes- o Ted Talk, que son proyectos determinados para hablar de música, sino que el puro hecho de hablarle al público antes del concierto. Tengo la convicción que con esos cinco minutos previos, los relajas, sonríen y escuchan distinto.

La música clásica tiene mala publicidad. Se dice que es elitista, que es aburrida, pero lo cierto es que hay canales de difusión de ese conocimiento, ensayos abiertos, variedad de estilos. ¿Cuál es tu diagnóstico? 

-En general, yo soy súper positivo para mis approach, entonces siempre pienso que si uno toca como la fibra precisa, el estímulo exacto, la gente si va a reaccionar positivamente. En mi experiencia, cuando llevo gente que nunca ha ido a un concierto, la mayoría de las veces tienen una reacción súper positiva, y no solamente positiva, sino que sorprendida por cuán distinto era de lo que ellos pensaban que era la experiencia: se han encontrado con mucha pasión, con mucha energía, con una experiencia súper intensa. Es decir, todo lo contrario a esa idea de música ambiente o para estudiar. Hay una idea con la música clásica que es calmada, pasiva, casi académica y eso es tremendamente equivocado. En realidad es por lejos la música con más contrastes que existe, es casi esquizofrénica. Pasa de un estado de ánimo al otro en dos segundos y te sorprende, choca, es dramática, es llorona, te hace reír. 

¿Por qué se trunca, muchas veces, ese vínculo entre la música clásica y las audiencias? 

-Creo que como en todo, hay muchos matices. Muchas veces tiene que ver con el guía. El que se atreve a introducirte en este mundo tiene que tener súper buen ojo con que, ese primer título, ese primer encuentro sea lo más estimulante posible. Porque obviamente como en la literatura, en el cine o en lo que sea, siempre va a ser clave ese primer encuentro. O sea, si a un niño por primera vez le muestras películas de Ingmar Bergman, puede que no le guste, que no lo entienda. A diferencia de que si le muestras Disney o Marvel. Eso no quiere decir que eso solamente sea el cine, pero tiene mucho que ver con ese primer estímulo. Lo mismo con un libro, o sea por algo no nos hacen leer El Quijote al principio, porque hay que estar preparado para leer eso. 

“Hay una idea con la música clásica que es calmada, pasiva, casi académica y eso es tremendamente equivocado. En realidad es por lejos la música con más contrastes que existe, es casi esquizofrénica. Pasa de un estado de ánimo al otro en dos segundos y te sorprende, choca, es dramática, es llorona, te hace reír”

Según tú, ¿de quién es la responsabilidad de esa primera experiencia?

-Por un lado responsabilizo a quienes generan ese puente. Pero también es un asunto de  políticas públicas. Que los que redactan las mallas curriculares entiendan lo relevante que es ese primer acercamiento, lo importante que es que no sea un conocimiento elitista. Las oportunidades existen para abrir este conocimiento, todos los teatros hacen sus mayores esfuerzos por abrir sus puertas, pero la mirada general no es así y todos creen que esas puertas siempre están cerradas, que esas puertas son sólo para algunos, los elegidos con llave mágica. Pero en la vida cotidiana del arte no funciona así, el problema está en el muy mal marketing que tiene.

¿Cuál es el origen de esa mala publicidad, entonces?

-Para mí, viene principalmente, desde cómo se nos plantea desde el día uno en la educación. O sea todo lo que nos digan a los cinco o seis años lo vamos a creer, ese es el punto, para bien o para mal. En el caso del arte en específico, he tratado de ser súper enfático: creo que hay una gran diferencia entre separar la relevancia que tiene un producto artístico, el consumo de arte y hacer arte. No es lo mismo que nosotros tratemos de objetivar cuán importante es leer el Quijote o cuán importante es tal ópera, sino que es mucho más relevante tomar en cuenta que nosotros tengamos un acercamiento al arte de forma natural, porque es eso lo que nos va a rendir frutos de manera integral. 

Paolo Bortolameolli. Crédito: Ulises Nilo 

Claro, que se emocione, que sienta curiosidad…

-Exacto. No importa tanto al final si a un niño le gusta o no leer el Quijote, lo importante es que lea. Tampoco importa si a un niño no le hace mucho sentido una obra de teatro de Shakespeare, pero sí es importante que tenga un acercamiento a la expresividad que otorga el teatro. Haber hecho teatro en el colegio, haber sido partícipe de una orquesta juvenil, todas son experiencias tremendamente positivas, que desarrollan sus habilidades cognitivas, sus habilidades sociales, el desarrollo de la fuerza de voluntad, de disciplina, de empatía, de concentración. O sea, todas estas cosas que estoy diciendo que generalmente se relacionan al deporte y que todo el mundo dice que es bueno, bueno el arte es exactamente lo mismo.

¿Por qué es importante que los niños, niñas y niñes conecten con el arte?

-En el arte, puedes encontrar más verdades que en varios momentos específicos de la historia. Se trata de volver a ir a los museos, de estar conectado con todas las manifestaciones artísticas que son eternas, que han estado desde siempre, que te hacen entender la humanidad de una manera mucho más concreta, a pesar de que son mucho más abstractas. Pienso que entrar en el alma sensible de una creación, de escuchar, ver cómo alguien vio ese momento de la historia del mundo es mucho más fructífero que a veces leer un libro de historia lleno de datos. El acercamiento a la música clásica, a la danza, a la ópera, los cuadros, a la literatura, al arte en general, es un bien necesario para hacernos personas más completas. 

Hace un rato apuntabas a la educación, como uno de los lugares donde debía ponerse el foco.

-Sí, el llamado siempre es el mismo. En el colegio debiese existir un replanteamiento en el  vínculo con el arte. No que las horas de música sean dos horas a la semana y que simplemente las tengan para cumplir, subir el promedio o como esparcimiento. Hay que cambiar el paradigma, porque al final de cuentas fomentar el arte tiene que ver con acercarnos a la esencia de los seres humanos. Lo que me frustra tiene que ver con una búsqueda quijotesca de respuestas. Necesito entender bajo qué argumento no se prioriza el arte en la sala de clases. ¿Por qué siempre tenemos que estar teorizando? “no, lo que pasa es que el arte, lo que pasa es que el acceso, lo que pasa es que es muy elitista”, pero igual son puras especulaciones. 

“Las oportunidades existen para abrir este conocimiento, todos los teatros hacen sus mayores esfuerzos por abrir sus puertas, pero la mirada general no es así y todos creen que esas puertas siempre están cerradas, que esas puertas son sólo para algunos, los elegidos con llave mágica. Pero en la vida cotidiana del arte no funciona así, el problema está en el muy mal marketing que tiene”.

¿Tienes alguna aspiración política de participar más activamente en estos temas?

-O sea, si me preguntas si me gustaría ser parte de una nueva redacción de una malla curricular de la educación, por supuesto que te diría que sí. Porque siento que hace falta ese input duro, también con cifras, con investigaciones, en el libro también hablo mucho de eso, o sea yo me valgo mucho de la neurociencia, de conversaciones con economistas, lo mío no son conclusiones de un fanático del arte, también estoy buscando respuestas concretas. Pero independiente de eso o no, el amor por la divulgación sigue siendo motivado por el mismo fósforo: cómo conectar a la audiencia con lo que está pasando en el escenario. Quiero que esa experiencia que vive el auditor realmente sea transformadora, que no salga igual que como entró. En ese sentido me parece que divulgar es necesario e imprescindible, y para mí, abocarme a la música no es suficiente. Pensarlo así siempre lo he visto un poco egoísta, me falta conectarlo con quien lo va a observar, escuchar y disfrutar. 

Libro: Rubato
Autor: Paolo Bortolameolli
La Pollera ediciones
397 Páginas


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