El hostigamiento a las personas delgadas del que nadie habla

“Come”, “Qué flacas son tus piernas”, “De seguro no comes nada”, “Siento todos tus huesos” son solo algunos de los constantes comentarios, que nadie pide, pero que suelen recibir quienes tienen un cuerpo escuálido. Aquí, cuatro personas nos cuentan cómo les ha afectado esta situación, tanto de manera física como psicológica.

Hace unas semanas Mauricio Oyarzo (29) notó una conducta que se le hacía conocida en una de sus alumnas. Siendo muy alta y delgada, la adolescente estaba ingiriendo muchísima comida en la hora de almuerzo. A ojos del profesor: era compulsiva, por lo que se acercó a hablarle.

—Tengo que comer más porque tengo que subir de peso. No quiero lucir así —explicó la estudiante. 

—No te tiene por qué importar lo que la gente opine, porque van a opinar igual. Cuando uno intenta cambiar para que los demás no opinen, en el fondo estás existiendo para ellos, y uno debería existir para uno mismo —le respondió su tutor.

El consejo brindado tenía conocimiento de causa. Mauricio Oyarzo fue diagnosticado con dismorfia corporal a los 17 años, la que fue desencadenada principalmente por los comentarios que solía recibir sobre su cuerpo: “¡Qué delgado eres!”, “¡Qué flacas tus piernas!”  “¿Por qué tan flaco?”,  solían decirle diferentes personas, desde desconocidos hasta amigos y familiares.

“Comentamos el cuerpo de los otros porque es lo más evidente y lo más cercano que tenemos a otra persona. También, culturalmente está instalado que es correcto hacerlo, lo que evidentemente hoy es algo que está en discusión”

“Es cuático que haya gente que sigue viviendo las mismas experiencias, y que encuentran las mismas soluciones que uno”, afirma el profesor, quien al igual que su alumna, cuando tenía 17 buscó en Google cómo engordar y encontró diferentes artículos que instaban a comer en exceso. Pero también encontró una opción aún más peligrosa: compró 4 dosis de testosterona por diez mil pesos en Mercado Libre. 

Eran esteroides anabólicos para ganar musculatura, que inyectó en su glúteo, al menos en 10 ocasiones, gracias a un tutorial que vio en Youtube. Las escondió en el entretecho de su pieza, y sus padres jamás se enteraron. Al no obtener resultados, e intuir que lo que hacía era peligroso, dejó de hacerlo. “Imagínate hubieran hecho efecto, ahí no me paran más”, reflexiona.

Hoy Mauricio critica el fácil acceso para adquirir este tipo de hormonas, siendo menor de edad: “Hay páginas que están dedicadas a vender anabólicos y no tienen ninguna regulación. Tú no tienes idea de lo que te estás inyectando, la compras y te la mandan”,  acusa.

CREANDO INSEGURIDADES

“Comentamos el cuerpo de los otros porque es lo más evidente y lo más cercano que tenemos a otra persona. También, culturalmente está instalado que es correcto hacerlo, lo que evidentemente hoy es algo que está en discusión” dice Valeria Radrigán, doctora en Filosofía, investigadora y coautora de Extremos del Volumen.

Isidora (21) y Paula (28), quienes prefirieron mantener su apellido en reserva para este reportaje, han sido flacas durante toda su vida y han experimentado en carne propia lo que significa ser blanco de comentarios respecto a su físico. 

“Me decían huesos, o palillos, o cualquier objeto de ese tipo. Nunca más quise abrazar a alguien porque cada vez que alguien lo hacía lo único que decían era como me podían sentir los huesos, de manera burlesca” cuenta Isidora. 

Isidora sufrió bullying durante casi toda su etapa escolar, pero en particular, recuerda cuando participó en las alianzas del colegio “Había que bailar en calzas, y cuando me vieron, la mayoría me quedó mirando con asco.  Fue muy fuerte, pero no dije nada porque soy muy tímida y me guardo todo”, explica la garzona. 

Al igual que Mauricio y su alumna, ella con tan solo 10 años, también buscó en Internet y siguió los consejos que ahí le entregaban: comía hasta más no poder, privilegiando la comida chatarra y evitando el ejercicio. Lo único que quería era verse “normal”, pero luego de un tiempo reflexionó: “No puedo ser lo que el resto quiere que sea, e intenté quererme a mí misma por como soy, porque a fin de cuentas soy así por genética y no puedo cambiarlo”.

Para Paula fue diferente. “De niña, siempre fui muy muy delgada, la gente le comentaba a mi mamá: «Uy que flaquita la Paulita, dale más comida»”, recuerda. A medida que fue creciendo, los comentarios fueron poniéndose más agresivos. En el colegio sólo era un tema para el profesor de educación física, quién le transmitía su preocupación por la masa muscular, pero cuando iba al nutricionista le decían que su peso era normal.  

Luego, en la universidad muchos de sus compañeros opinaban sobre su escualidez, usualmente a modo de  chiste. Por ejemplo cuando comía un tentempié, de pronto alguien decía: 

—Oye, pero seguramente tu llegas a tu casa y no comes nada más poh

—No, si después llego a mi casa y almuerzo— contestaba Paula.

—Yiaaaa— le respondían, de manera sarcástica.

—Si poh, ¿cómo no voy a almorzar?

—Seguro, ya— insistían. 

“Con esas insinuaciones, me estaban diciendo básicamente que tenía un trastorno alimenticio” afirma al teléfono, y asegura que recién cuando entró a la universidad, ser flaca se convirtió en un problema por primera vez. 

—¡Vamos a comer una chorrillana! —decía un amiga

—Pero a la Paula le encargamos lechuga —respondía otra.

“Siempre fue como en el ámbito de la talla, pero igual te empieza a molestar porque es constante, es todos los días” explica la entonces estudiante de Ingeniería. Al poco tiempo, se cambió a estudiar Derecho en otra universidad y la situación empeoró. Inventaron que era bulímica y los comentarios sobre su cuerpo se multiplicaron. Entonces decidió ir al gimnasio y seguir una dieta con el objetivo de aumentar su masa muscular.

“Era tanto lo que comía que me dolía la guata y estaba todo el día pensando que tenía que comer”.

Contaba las calorías y comía 100 grs de proteína por día. Se levantaba a las 7 de la mañana incluso los fines de semana, solo para alcanzar a comer todo lo que necesitaba. “Si me faltaban 300 kcal, aunque fueran las 12 de la noche, me paraba a comerme un pan” , cuenta, mientras recuerda que más de alguna vez se acostó con dolor de estómago por exceso de comida. 

Al cabo de unas semanas, comenzaron a decirle: “Ahora estás más recompuesta, te ves mucho mejor”, sin que ella hubiese preguntado. Estuvo bajo ese estilo de vida, cerca de un año y medio, pero se detuvo cuando se dio cuenta que estaba poniéndole muchísimo esfuerzo, a algo que realmente no le interesaba y que solo lo hacía para encajar, porque era la única opción para dejar de ser tan flaca. Hoy recuerda esa etapa como agobiante “era tanto lo que comía que me dolía la guata y estaba todo el día pensando que tenía que comer”.

LA DOBLE CARA DE LAS REDES SOCIALES

Antonia (25) -quien prefirió mantener su apellido bajo reserva- siempre fue delgada, nunca opinaron sobre su contextura hasta que salió del colegio y optó por tener una alimentación vegana, y hacer deporte. “Mi familia y mis amigos me empezaron a decir «Oye estás muy flaca», «¿Estás bien?». Me trataban como si fuera enferma, como si me pasara algo, y eso me molestaba porque yo me sentía bien”, expresa.

Recibió tantos comentarios, que comenzó asustarse. Pensó que quizás era celíaca o tenía alguna otra enfermedad. Para salir de dudas, fue al doctor, quien encontró todo en orden. Pero los juicios sobre su físico continuaron.

Un día subió una foto a Instagram y un compañero del colegio le escribió «Oye, come». Ella se sintió mal y borró el comentario, pero desde ese día comenzó a hacer público lo que le pasaba con ese tipo de actitudes. Sin sospecharlo, se enteró que a más personas les pasaba lo mismo, a algunos desde siempre y otros desde que adelgazaron: siempre los hacían sentir como si estuvieran enfermos. 

Imagen referencial

Isidora y Paula también descubrieron que no eran las únicas que sufrían ese tipo de hostigamientos gracias a Twitter y de vez en cuando también comparten sus vivencias ahí. En redes sociales, se refieren a esta práctica como skinny shaming, que traducido al español significa “avergonzar a los delgados”. 

“Toda la gente asume que si eres flaco es porque eres anoréxico o estás siempre a dieta o estás matándote haciendo ejercicio. Te discriminan porque supuestamente estás haciendo esfuerzo excesivo para llegar a ese estado. No asumen que puedes ser flaca de manera natural, nunca” explica Paula. 

Si bien las personas flacas no sufren una exclusión u opresión sistemática, “opinar sobre la apariencia de los demás puede traer consecuencias en el campo del autoestima, en la distorsión de la imagen corporal, o generar una anulación del deseo de estar con su cuerpo, como actividades físicas, e incluso en el desarrollo de la sexualidad”, explica Radrigán.


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