Camila Canales, la doctora en Química que triunfa en Islandia

Camila Canales, la doctora en Química que triunfa en Islandia

La científica de 29 años tiene el trabajo de sus sueños en la Universidad de Islandia, donde combina dos de sus pasiones: le enseña a los alumnos de doctorado y participa en diferentes investigaciones. “Me han abierto todas las oportunidades que no pude desarrollar en Chile”, dice en esta entrevista, en la que cuenta cómo su vida cambió de imprevisto en tan solo una semana.

«Es una broma», pensó Camila Canales (29), cuando recibió el mail de un profesor de la Universidad de Islandia que la invitaba a una entrevista de trabajo. Era el último lunes de marzo del 2019, un año que había empezado con sabor amargo para la doctora en Química de la Pontificia Universidad Católica y la Universidad de Pennsylvania, ya que por segundo año consecutivo no había sido seleccionada por el Fondo Nacional de Desarrollo Científico y Tecnológico (Fondecyt), lo que le impedía desarrollar las investigaciones con las que siempre había soñado.

Desde que iba en el colegio se destacó por ser buena alumna y su amor por aprender, aunque advierte: “Siempre fui súper bajo perfil, no me sentaba en la primera fila, ni nada de eso. Incluso era un poco rebelde”, dice. Al mismo tiempo recuerda cuando participó en la toma de su establecimiento durante la revolución pingüina de 2006. 

Por su excelencia académica, se ganó una beca para hacer un intercambio en Estados Unidos, donde cursó cuarto medio. Allí ocurrirían dos sucesos que serían clave para el futuro: aprender inglés y enamorarse de la química, carrera que entró a estudiar en la Universidad Católica. “Siempre me vi investigando, la mayoría de mis compañeros se fue a la industria, pero yo siempre dije «Quiero descubrir cosas»”, cuenta Canales por teléfono desde Reikiavik, capital de Islandia.

Archivo personal

En su generación, de 50 estudiantes solo cinco eran alumnas, hoy es crítica con esa situación: “La mayoría de las mujeres escogen carreras humanistas, porque se cree que las mujeres son para eso y si una mujer es buena en ciencia, generalmente elige Ingeniería Civil o Comercial”. La investigadora lo vivió en carne propia cuando dictaba charlas en colegios o participaba como jurado en ferias científicas, de repente las escolares se le acercaban y le decían: «nosotras no sabíamos que una mujer podía ser parte de este mundo». Pero Camila lo era y desde muy temprana edad. A los 21 ya estaba titulada y postuló a un doctorado en su misma universidad, el que incluía una cotutela con la Universidad de Pennsylvania. 

“Gané la beca de la Comisión Nacional de Investigación Científica y Tecnológica (Conacyt), te dan un sueldo y le pagan a la Universidad, porque de otra manera no hay opción, a no ser que seas millonario”, explica. 

¿Todo ese tiempo ejerciste como docente también?

-Sí. En el doctorado iba a Estados Unidos y volvía, y cuando terminé presenté dos proyectos Fondecyt distintos para hacer posdoctorados y el gobierno no me financió ninguno. Entonces vino toda la pena, toda la frustración.

Y mientras tanto, ¿qué estabas haciendo?

-Mientras tanto la universidad me apoyó, me contrató como profesor adjunto para hacer clases de Química Analítica y paralelamente estaba haciendo investigación. Hice un postdoctorado financiado por la universidad en Ingeniería en Minas y cuando terminé nuevamente no me gané el Fondocyt, así que me fui a Ingeniería Hidráulica, donde me ofrecían más oportunidades.

Estaba desarrollando ese proyecto cuando llegó el mail internacional. Lo primero que hizo fue googlearlo y confirmar que el profesor existía, porque le costaba creer que fuera real. Pero lo era, el docente la había encontrado gracias a ResearchGate, una plataforma académica que Canales define como “un Linkedin de científicos”. Desde la Universidad de Islandia estaban asombrados por la cantidad de publicaciones que tenía la doctora a sus 27 años, y lo comentaron en la entrevista que tuvieron mediante Skype. Esa misma tarde de viernes le avisaron que había quedado y el día lunes ya tenía el contrato en sus manos. “¡Imagínate, en una semana cambió todo!”, cuenta con emoción.

“DOCTOR CAMI”

Luego de cuatro meses de papeleo y de intensas visitas al Ministerio de Relaciones Exteriores, la Dr. Camila Canales llegó a Islandia en agosto de 2019. En un principio solo se desempeñaba como investigadora, mientras tomaba lecciones de islandés, -idioma que sigue aprendiendo hasta hoy- pero en 2020 le dieron la opción de dictar clases en inglés a los alumnos del doctorado, por Zoom claro. 

¿Te hicieron sentir bienvenida?

-Sí, súper. Cuando empecé las clases, a mí me preocupaba más cómo me iban a tomar ellos, siendo una persona extranjera dictándole clases a ellos, porque por ejemplo cuando yo hacía clases en la Cato, tiraba la talla, trataba de hacer la clase súper amena, obviamente también por la cercanía de edad, se generaba ese ambiente de confianza, pero acá me tiraron a hacer cursos de doctorado, entonces ya la gente es un poco más seria. He tenido que tomarme las cosas distinto.

¿Tus alumnos eran más grandes que tú?

-Hoy sí, mis alumnos en general son mayores que yo, sobre 30, tengo alumnos de 33, 34 años.

Y, ¿cómo se lo tomaron?

Súper bien desde el principio. Fue raro porque decían: «Oh, de Chile», porque allá siempre hay más profes de Estados Unidos, de Alemania, Polonia, eso es más común de ver. Pero una chilena es como ¿qué onda? Pero en el buen sentido, fue como “¡oh, que interesante poder aprender de alguien que viene del otro lado del mundo!”. Ahí recién pude respirar porque para ellos no fue como «qué hace esta sudaca acá».

No se imaginaban que en Chile habían buenos científicos

-Exacto, es como «oh, pero qué tal es el tema de la educación» y cuando les contaba que había que pagarla para ellos fue como: «¡Oh! ¿en serio?», súper sorprendidos. Pero dentro de todo súper bien, o sea hoy en día casi como que estoy al nivel de cómo hacía las clases en Chile, de tirar la talla entre medio, de tratar de hacerlo lo más ameno posible para ellos, de guiarlos, porque también dentro de los estudiantes que tengo coinciden alumnos que tengo de tesistas conmigo, entonces tengo más cercanía.

Archivo personal

Pese a la pandemia por coronavirus, “Doctor Cami” como le llaman allá, continúo saliendo de casa dos días a la semana, ya que el teletrabajo no era una opción porque no podía prescindir del laboratorio. Cuenta que tenía miedo de contagiarse, y que aún tiene, pero desde la segunda ola, el gobierno ha sido eficiente. “Si la policía te encontraba no respetando la cuarentena, te ibas a la cárcel”, cuenta. Y es que en Islandia incluso cuentan con una app de rastreo automatizado, impulsada por el Estado en el que monitorean si rompes la cuarentena.

Respecto a la situación chilena, Canales expresa: “Trato de no ver tanta noticia. No es que no quiera, pero de repente cuando yo veía mil y tantos casos al día, me deprimía y también tenía susto de que mis papás se contagiaran”. Dice que se ha enterado gracias a lo que le cuenta su familia, y dice no entender las decisiones gubernamentales.

“NO ME VEO VOLVIENDO A CHILE” 

De Chile solo dice extrañar a su familia y a los porotos con rienda, porque Islandia ya lo siente como su hogar. “Aquí hay una mentalidad mucho más abierta a lo que es la chilena, que todavía es bien conservadora. Son mucho más liberales, por ejemplo en hablar sobre sexualidad, de problemas de salud mental, del aborto, no son temas tabú”, explica.

Archivo personal

¿Cómo ha sido la experiencia?

-Me ha cambiado totalmente la vida desde entonces, y lo otro es que me han abierto todas las oportunidades que no pude desarrollar en Chile. Acá me dijeron, están los brazos abiertos, hay recursos, son súper buenas ideas, en algún momento las podemos desarrollar. Entonces fue un trato súper distinto. La perspectiva de ellos es siempre de involucrar, aceptar, decir que las ideas no son malas. Entonces para mí haber tenido esa segunda opinión de los profesores de acá, fue como: “chuta, en realidad mis proyectos no eran malos” 

Alguna vez te planteaste: “Quizás no me gané el fondo porque no soy tan buena”?

-Exacto, es el primer sentimiento que tenía, o sea te las llorái toda, dices pucha a lo mejor no sirvo para esto. A lo mejor debería dedicarme a otra cosa o buscar pega en la industria, para no tener tanta frustración. Pero seguí adelante. En ese sentido fue gracias a la Universidad, que no me soltaron y siempre tuve el apoyo de ellos. Pero el venirme acá y tener esta recepción, de que en realidad eres buena y hasta el día de hoy estoy en varios proyectos te llena el alma y el corazón, el poder decir: “no, en realidad no era mala. No era tan mala como yo creía que era”. 

“Acá me dijeron, están los brazos abiertos, hay recursos, son súper buenas ideas, en algún momento las podemos desarrollar (…) Para mí haber tenido esa segunda opinión de los profesores de acá, fue como: “chuta, en realidad mis proyectos no eran malos” 

Bueno, en Chile se lo perdieron…

-Sí, fue súper triste en ese sentido, porque obviamente que tú siempre quieres representar a tu país, que el país crezca y sobretodo en Chile que tiene tantos recursos, el cobre, el litio que ahora se viene súper fuerte, energía marina. Tantos recursos naturales que para mí eran como: ¡hay tanto que hacer! Al final fue frustrante, pensaba: “quizás no pertenezco acá no más y no se me va a dar la oportunidad”.

Archivo personal

¿Te pasa que miras atrás y es como que no te lo puedes creer?

-Aún, de repente. Pero ya estoy súper acostumbrada a estar acá. La verdad es que no me veo volviendo a Chile. Para nada. Incluso si me ofrecieran el puesto en la Católica, de quedarme de profe o lo que sea, creo que no volvería. Lo que sí hago es mantener colaboración con dos profesores en la Católica y la Usach para no perder contacto.

Tu vida ahora está allá.

-Sí, totalmente. Yo no me veo volviendo, excepto para visitar a mi familia, pero nada más que eso. 

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