Sol Serrano: “La Constitución no es nuestra casa común. Es nuestra palabra común”

Crédito: Comunicaciones UC

Sol Serrano: “La Constitución no es nuestra casa común. Es nuestra palabra común”

En esta entrevista, publicada en el cuarto número de la revista del IES Punto y coma, la historiadora Sol Serrano identifica los elementos más destacables de la obra del intelectual chileno Mario Góngora. A cuarenta años de la publicación del Ensayo histórico, quizás la obra más célebre de este último, la Premio Nacional de Historia de 2018 recorre algunas de sus influencias, sus modos de comprender el Chile reciente y algunos de sus anhelos para el debate constitucional.

Formada en el Instituto de Historia de la Pontificia Universidad Católica antes de la llegada de Mario Góngora, Sol Serrano reconoce en el autor del Ensayo histórico a un intelectual lúcido y profundo, en cuyos textos siempre vuelve “a ver algo nuevo”. Ambos reconocidos con el Premio Nacional de Historia —él en 1976, siendo el segundo galardonado, y ella en 2018, siendo la primera mujer en recibirlo—, sus caminos se cruzaron mientras ella se hacía un lugar en la academia nacional, de la que Góngora era una referencia inevitable.

En esta conversación, Sol Serrano analiza críticamente algunas de las polémicas tesis del Ensayo, que cumple cuatro décadas desde su publicación, y reflexiona sobre el papel del Estado en la vida nacional. Desde Góngora hasta el debate constitucional, Serrano destaca una vez más la importancia de la palabra y del lenguaje para la construcción de nuestra vida en común.

¿Cómo conociste a Mario Góngora?

-Mario Góngora era una leyenda cuando entré a estudiar historia a comienzos de los años setenta. No solo leíamos sus trabajos, sino que se le sabía sabio y más bien impenetrable, misterioso. No fui su alumna, porque llegó a la UC el 77, cuando yo era ayudante. Él era solitario, pero, contrario a lo que se pensaba, muy accesible. Lo fui conociendo en seminarios y conversaciones a las que me allegaba en el “patio del kiosco” de Campus Oriente, que era la mejor universidad.

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¿Y en ese contacto comenzaste a ser parte de su círculo?

-Tenía un círculo muy cercano —creo que su discípulo más estrecho fue Joaquín Fermandois—, del cual yo no formaba parte.  Tuvimos una relación formal y yo tenía demasiado miedo de decir estupideces. Varias veces fui a su oficina —modestísima y donde solo tenía en el escritorio el libro que estaba leyendo— a hacerle una consulta y, tal como en sus escritos, decía una frase, perdida entre otras porque carecía de énfasis, que paralizaba. “Las revoluciones agrarias generalmente son conservadoras”, me dijo a propósito de Emiliano Zapata. “Están luchando por sus territorios antiguos. Nosotros no hemos tenido una revolución campesina tradicional”. ¡Tremenda reflexión! Posiblemente no conocía el hablar banal. Sin presunción, en un seminario, en el pasillo o en el escrito, cada palabra suya había sido largamente rumiada. Tan reservado era —permíteme esta anécdota— que, cuando postulé a la Universidad de Yale (¡tuve que ir al Chileno Norteamericano para conocer la dirección del Post Office!), le pedí una carta de recomendación y él accedió amablemente.

Allá, por Richard Morse, supe que había sido profesor en Yale. ¡Era el único chileno que había enseñado historia en Yale! Le debo en buena medida, supongo, haber sido aceptada ahí.

“Las revoluciones agrarias generalmente son conservadoras”, me dijo a propósito de Emiliano Zapata. “Están luchando por sus territorios antiguos. Nosotros no hemos tenido una revolución campesina tradicional”. ¡Tremenda reflexión! Posiblemente no conocía el hablar banal. Sin presunción, en un seminario, en el pasillo o en el escrito, cada palabra suya había sido largamente rumiada”.

-Tuviste entonces una buena relación con él…

Sí, pero Góngora me hizo sufrir, y no poco. En el primer seminario en que expuse como académica formal —debo haber tenido unos veintiséis años—, abordé un tema tan cercano a él como las interpretaciones decadentistas de la historia moderna. Mi trabajo trataba de distinguir el periodo en que la Falange Nacional, desde su inicio como Juventud Conservadora, cuando asume plenamente la interpretación decadentista en su crítica al liberalismo y al marxismo, de la época en que asume el pensamiento desarrollista, que era obviamente modernizante. Él fue el principal intelectual del primer periodo. Mi trabajo lo citaba bastante, pero obviamente no lo mencioné en la exposición. Después, él tomó la palabra… y me subió y me bajó con pasión, incluso con un poco de rabia. Creo que además nos malentendimos. Daba lo mismo. Mario Góngora me crucificaba. Fue horrible. Pensé que no tendría agallas para dedicarme a la historia después de eso, pero a las tres semanas me llega una carta manuscrita suya. Me pedía disculpas por la forma en que me había tratado y me decía que un profesor no debía desestimular a los jóvenes. Me impactó mucho su nobleza. Le respondí y nunca volvimos a hablar del tema.

¿Qué crees que hacía de Góngora el gran académico e intelectual que fue?

-Góngora es el único historiador chileno que ha reunido las tres cualidades propias de un historiador de las grandes lides. Lo primero es su formación sólida en las humanidades, filosofía y literatura, en filosofía y teoría de la historia. Esa era una diferencia fundamental para él, porque si la primera es una interpretación trascendente o inmanente del sentido de la historia, la otra es la historia “sin metafísica”, como decía él, es decir, como ciencia. Lo segundo es que Góngora conocía muy bien la historia europea y la historia americana en todos sus periodos, y desde problemas muy diversos. Era versátil. Podía hacer historia de las ideas con la misma originalidad que hacía historia del derecho o económica y social. Y lo tercero es que fue un investigador de terreno sólido, original, sobre todo original.

¿En qué sentido era original?

-Como muy bien señaló Ricardo Krebs, mi verdadero maestro, Góngora era un “historicista”, entre comillas, porque lo que rescata del historicismo —antes de que viniera la crítica posestructuralista de mediados de los setenta y ochenta— es el sentido de los “hechos”, partiendo de la lógica de esa sociedad y de ese tiempo. No es un relativista, en el sentido de que la lógica de un tiempo jamás lo explica por sí solo (y en cierto sentido tampoco lo justifica). Góngora seguía de cerca la enorme transformación que significaban en los años cincuenta la Escuela de los Annales francesa y Braudel, aunque era una posición epistemológica distinta a la suya, muy estructuralista para él. Sin embargo, Góngora fue muy innovador en su metodología, algo que la escuela conservadora nunca fue. Sus estudios sobre el inquilinaje, la formación de la hacienda, etc., fueron y siguen siendo fundamentales. Y fue, francamente, pionero en temas que treinta años después serían cruciales.

¿Como cuáles?

-Sus escritos sobre el pensamiento utópico de Juan Egaña y la importancia del republicanismo clásico en el ideario de la independencia parecían un poco excéntricos en los años sesenta; sin embargo, la renovación historiográfica marcada por los bicentenarios ha rescatado ese tema, mostrando toda su riqueza conceptual. Y quizás, lo veo muy claro desde mi propio campo, lo más original fue haber acuñado el concepto de ilustración católica en un momento en que la principal historiografía mundial sobre la Ilustración descartó enteramente que pudiera existir tal cosa. Pues en los últimos 20 años —me siento parte de esa tendencia historiográfica— se ha renovado la historia de la religión, y del catolicismo en particular, y su relación con la modernidad, haciéndola mucho, mucho más compleja que la dicotomía entre liberalismo y catolicismo. Esa dicotomía la había instalado la historiografía liberal clásica, y la historiografía de raíces marxistas, e incluso posmodernas en su gran variedad, la perpetuaron.

“Góngora fue muy innovador en su metodología, algo que la escuela conservadora nunca fue. Sus estudios sobre el inquilinaje, la formación de la hacienda, etc., fueron y siguen siendo fundamentales. Y fue, francamente, pionero en temas que treinta años después serían cruciales”.

¿Hay algún hilo conductor en una obra tan multifacética?

-Si he de encontrar un hilo conductor en estos tres dominios que he destacado, diría que es la certeza (o esperanza) de que la historia humana tiene un sentido trascendente, y que su motor es el espíritu. Espíritu que la modernidad ilustrada, la ciencia y el capitalismo fragmentan en un sentido enteramente utilitario y funcionalista. El espíritu se expresa en la tradición, que es esa construcción de sentido que se forja en aquello que el tiempo mismo construye. En su veta hegeliana la expresa el Estado.

¿En qué se traduce ese sentido trascendente?

-Góngora tiene un rechazo sideral al pensamiento proyectivo. Es, antes que nada, antiliberal. Pudo tener un momento comunista, creo yo, por su carácter utópico, pero fue un periodo muy breve, porque el comunismo era una versión totalitaria del cambio radical. En cambio, esa pasión por lo absoluto en Góngora finalmente fue religiosa. Una religión más bien mística, milenarista muchas veces. La cristiandad medieval fue su utopía, y en ese sentido era un conservador integrista inspirado no solo en fuentes católicas, sino principalmente, creo, en el romanticismo alemán, que precisamente era una respuesta al racionalismo ilustrado.

-Con tal diversidad de influencias e inquietudes, parece un autor muy difícil de encasillar…

En lo personal, Góngora ha sido muy inspirador como historiador más que por la filosofía de la historia que lo anima. Sin embargo, más allá de lo propiamente historiográfico, lo que más le admiro y me conmueve es su dolor intelectual. Es su ethos sobre el sentido del saber y el pathos de su propia historicidad. De hecho, ahora que me haces esta entrevista, recordé que hace mucho tiempo me tocó presentar alguna edición de su Ensayo, y aunque sea horroroso citarse a sí misma, dije que mi generación había dejado olvidada en alguna carpeta de algún aeropuerto, entre seminario y seminario, aquel sentido del dolor del saber.

“En lo personal, Góngora ha sido muy inspirador como historiador más que por la filosofía de la historia que lo anima. Sin embargo, más allá de lo propiamente historiográfico, lo que más le admiro y me conmueve es su dolor intelectual. Es su ethos sobre el sentido del saber y el pathos de su propia historicidad”.

EL ENSAYO EN PERSPECTIVA

Entre las obras de Góngora, ¿en qué lugar pones tú el Ensayo?

-Es una gran obra que resultó ser la final por razones del destino, pero que no alcanza a ser, a mi juicio, algo así como su obra maestra. Resalto dos grandes méritos: la primera es que fue su única obra que trascendió al público amplio, y que ha sido crucial en una interpretación de la historia del Chile reciente, del 64 en adelante. La idea de los tres proyectos excluyentes estaba en el aire, pero él la articuló en una lógica de larga duración y de manera compacta, coherente y crítica. Poner las grandes reformas de comienzos de los ochenta, que en rigor sí pueden llamarse “neoliberales”, como el epítome de un proyecto abstracto, impuesto desde arriba y en que la sociedad sobre la cual se actuaba parecía no tener ni cultura ni tradición, una sociedad sin historia, era una interpretación muy audaz para un historiador casi controlado por su propia mesura y prudencia…

Mario Góngora

Siendo además un historiador conservador…

-Admiro que lo hiciera siendo él un historiador que encarnaba como ninguno lo que había sido la tradición intelectual conservadora, y que sin duda tenía un prestigio a toda prueba. ¡Fue su gran acto de rebeldía utópica! Y también su gran momento de intelectual público. ¡Vaya mérito! Y el segundo logro que resalto es la hipótesis central sobre la nacionalidad chilena construida

desde el Estado. Lo sustantivo no está tanto en su respuesta, sino en su pregunta, que todavía nos acecha como un fantasma en busca de un cuerpo.

¿Coincides en cómo responde esa pregunta, en que el Estado configuró la nacionalidad?

-No comparto los conceptos de su respuesta. El Ensayo oscila entre la filosofía de la historia y la “historia sin metafísica”. Por un lado, es el Estado concebido como espíritu que construye una “nacionalidad” que, en el sentido de Herder, es el alma de un pueblo. Su gran idea la va desarrollando históricamente; sin embargo, es como si la historia se le escapara por otro afluente. El debate se dio principalmente en cuál era el concepto de Estado de Góngora. Para mí, sin embargo, el problema reside antes, en qué se entiende por “nacionalidad”.

¿Por qué?

-El texto se refiere explícitamente a cómo una conciencia regional se transforma en conciencia nacional. Gran pregunta. ¿Porque ocurrieron las guerras? La verdad es que eso lo enuncia y apenas lo desarrolla. De hecho, el carácter “aristocrático” de la guerra civil de 1891 ocupa muchas páginas lúcidas del Ensayo, en el cual Góngora mismo prueba todo lo contrario. No quiero enfrascarme en un debate que me apasiona demasiado. Solo quiero decir que su tremenda pregunta requiere una respuesta historiográfica sin metafísica. Requiere de aquel “historicismo” que mencioné antes en la descripción de Krebs sobre Góngora. Requiere de verdad estudiar a los actores desde sus propias vivencias, desde sus propias experiencias de pertenencia. Con sus diversidades y desigualdades. La “nación” funciona aquí como un sustantivo, mientras que la “nacionalidad” lo hace como adjetivo.

¿En qué lugar queda, entonces, la relación entre el Estado y la nacionalidad?

-No es claro. Si el Estado es el constructor de la “nacionalidad”, que es un fenómeno que Góngora siempre explicita que es moderno, ¿por qué la retrata solamente en la élite? La cultura popular tradicional no es fuente de inspiración en Góngora. Habría sido muy interesante que lo hubiera

desarrollado. Por otra parte, ese fenómeno moderno parece lograr construir una tradición. Ella es la que no solo ignoran, sino desprecian los “proyectos globales”. Al mismo tiempo, y eso es fascinante, él admira como creaciones del “alma de la nación” obras tan modernamente transgresoras como la de Vicente Huidobro. En eso no es solo un conservador romántico. Ve el espíritu en obras muy diversas, donde efectivamente aquel se reconoce. Su incorporación de Vicente Huidobro es un tremendo guiño de la originalidad del propio Góngora. Francamente, ¡considerar que Huidobro y la Escuela de Arquitectura de la Universidad Católica de Valparaíso en Ritoque son las obras más originales del Chile moderno es notable!

“Si el Estado es el constructor de la “nacionalidad”, que es un fenómeno que Góngora siempre explicita que es moderno, ¿por qué la retrata solamente en la élite? La cultura popular tradicional no es fuente de inspiración en Góngora. Habría sido muy interesante que lo hubieradesarrollado”.

Un tema a seguir trabajando, entonces…

-La pregunta de Góngora es fundamental, sigue siendo fundamental; es muy inspiradora, pero creo que no arriba a buen puerto por su formulación. Para mí habría que preguntarse por la formación de la comunidad política moderna. Estoy pensando en cómo se forma la comunidad política moderna. ¿Cuándo el tiempo, la vivencia del tiempo pasa a ser un proyecto de futuro? Esa es mi pregunta de fondo.

¿Qué rol juegan las instituciones de la sociedad civil en toda esta construcción?

-Al reclamar la vigencia de los actores de la historia, lo que estoy reclamando es la humanización de ella. La sociedad civil se va construyendo en base a sociabilidades previas y eso es lo que hay que estudiar, las tradicionales y las modernas, las chinganas y los clubs, el rumor de la plaza y la prensa. Hay toda una trama respecto a cómo se construyen los vínculos sociales, en la cual la tecnología y la economía son fundamentales.

VERDAD Y MITO DE LAS PLANIFICACIONES GLOBALES

Hay un concepto que nos saltamos hasta ahora, el de las planificaciones globales. ¿Qué evaluación haces tú de esa tesis en concreto?

-El punto de partida de Góngora es la crítica al racionalismo ilustrado, potenciado infinitamente con el desarrollo científico y técnico. Así, el futuro no solamente era construible, sino planificable. Las ideologías eran, en parte, eso. Hay una crítica a ese racionalismo, sobre todo a la idea de que la razón es capaz de modelar sin errores, que es lo que propone la ciencia.

¿Estás de acuerdo con esa crítica?

-Estoy de acuerdo con Góngora en que toda planificación desde arriba, al despreciar el pasado por un futuro de rasgos utópicos, desprecia la construcción histórica y con ello la posibilidad de expresión de esa sociedad. Mi desacuerdo es que, en el fondo, Góngora critica la política moderna como un todo, y la política moderna se define por su concepción de un futuro a construir. Con ello, al final, descarta implícitamente la democracia como forma de gobierno capaz de construir un futuro con respeto a los derechos de las personas, y a la legitimidad de la soberanía popular como forma de convivencia en una sociedad plural.

¿Qué te parece aunar bajo un mismo concepto a Frei, Allende y Pinochet?

-No es lo mismo el proyecto de modernización de Frei, con todos sus bemoles, que el proyecto revolucionario que la UP quiso y no pudo construir —y cuya vocación democrática podemos poner fundadamente en duda—, y que, a su vez, el proyecto neoliberal en un régimen autoritario. La democracia no está en el análisis de Góngora. Por tanto, deja a la política moderna sin más alternativa que el autoritarismo o el totalitarismo. Góngora comparte la primera declaración de principios de la Junta Militar porque está en la línea del conservadurismo autoritario. Su crítica despierta con las reformas neoliberales y soslaya la violación a los derechos humanos. Él no los llamaría así, en cuanto hijos de la racionalidad ilustrada, pero en clave cristiana pueden considerarse como la dignidad inherente a la persona humana.

Al final tu balance sobre el Ensayo es ambivalente, entonces…

-Insisto, sin embargo, en que Góngora es un autor enigmático capaz de despertar siempre nuevas reflexiones. Roger Chartier tiene un lindísimo ensayo sobre las múltiples formas de leer a Foucault y su preferencia por leer los enigmas que planteaba. Por ejemplo, ya critiqué su tratamiento de la “nacionalidad”; sin embargo, citando a un sociólogo a propósito del tema, Góngora dice que el ferrocarril es “casi” toda la historia. Es una tremenda clave. Ahora que volví a leer el Ensayo a propósito de tu entrevista, reparo en una frase alucinante. Dice, sobre las reformas de los ochenta: “la planificación ha partido de cero, contrariando o prescindiendo de toda tradición, lo que siempre trae consigo revanchas culturales”. ¿No es una clave de lo que estamos viviendo? O, ¿qué quiere decir con que la “concepción masiva hoy dominante dará un pueblo sin analfabetismo, pero infinitamente menos cultivado que el de 1940 o 1970”? Hay algo más ahí que una visión elitista de la educación, que también lo es. Algo que nos remite una vez más a la pregunta sobre la cohesión social.

“La democracia no está en el análisis de Góngora. Por tanto, deja a la política moderna sin más alternativa que el autoritarismo o el totalitarismo. Góngora comparte la primera declaración de principios de la Junta Militar porque está en la línea del conservadurismo autoritario. Su crítica despierta con las reformas neoliberales y soslaya la violación a los derechos humanos. Él no los llamaría así, en cuanto hijos de la racionalidad ilustrada, pero en clave cristiana pueden considerarse como la dignidad inherente a la persona humana”.

Y en términos históricos, ¿dónde sitúas el Ensayo?

-Considero que el ensayo más brillante de la historia chilena del siglo XX es el de Alberto Edwards, y también lo consideraba Góngora, porque Edwards tiene un instinto del género ensayístico que Góngora expresa y a la vez reprime. Edwards era muy erudito y pone su erudición al servicio de una interpretación filosófica de la historia (de Spengler), con una hermosísima y envolvente retórica. Como género literario, creo que el Ensayo de Góngora no logra desplegar sus grandes alas, algo aprisionadas en su narrativa monográfica. Aun así, el Góngora siempre sorprendente está ahí en su plenitud y por eso hay que releerlo siempre.

EL ESTADO Y LA CRISIS

¿Qué tipo de Estado crees que necesita Chile de cara a los próximos desafíos y, en especial, de cara al debate constituyente?

-Un Estado que exprese empírica y simbólicamente que nos representa a todos. Necesitamos volver a creer en el Estado. Necesitamos un Estado que, primero, defienda a las personas del poder. Y entregue poder a las personas no solo en cuanto individuos, sino como seres humanos que vivimos con otros.

Eres optimista con respecto al posible resultado de esta discusión…

-Efectivamente, soy bastante optimista. Creo que podemos tener un Estado más robusto para ser eficiente, y un espacio público fortalecido en su legitimidad, para que nos legitime a todos y ninguno crea o sienta que la legitimidad le es propia si no es fruto de un acuerdo genuino.

¿Y cómo se logra eso?

-El debate consiste en cómo somos una comunidad política legítima, cuyos principios fundamentales inspiren las leyes reglamentarias. Los constituyentes tienen un deber superior que es darle un cierto ethos a la experiencia más inédita de nuestra historia. Si cada constituyente no siente en lo personal esa misión seguiremos reiterando los debates y errores del pasado. ¡Incorporar las lecciones del pasado! ¿Podrá aquello modificar nuestra cartografía cívica? La constitución no es nuestra casa común. Es nuestra palabra común. Es nuestra palabra en común.

Has estudiado en profundidad la historia de la educación. ¿En concreto, cómo esperarías que se refleje en una nueva Constitución?

-Quisiera que al menos consideremos esa declaración tan amplia de nuestras primeras constituciones y que logró tanto: “La educación es una atención preferente del Estado”, que ha guiado toda nuestra historia republicana y que la Constitución del ochenta sacó.

¿Y qué puede significar que esté ahí?

-Solo indico la importancia del lenguaje.

Un énfasis político.

-Y un guiño a la tradición.

“Los constituyentes tienen un deber superior que es darle un cierto ethos a la experiencia más inédita de nuestra historia. Si cada constituyente no siente en lo personal esa misión seguiremos reiterando los debates y errores del pasado. ¡Incorporar las lecciones del pasado! ¿Podrá aquello modificar nuestra cartografía cívica?”.

*Joaquín Castillo es subdirector del Instituto de Estudios de la Sociedad (IES). Es licenciado en Letras y Magíster en Literatura por la Universidad Católica de Chile, donde cursa un Doctorado en Literatura. Desde 2010 es responsable de la editorial del IES y editor revista del instituto, “Punto y coma”. 

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